A mediados de los años sesenta, la recordada crítica y escritora Marta Traba atravesaba Bogotá en un auto de marca francesa (que consiguió canjeándolo por una obra de Fernando Botero) con las puertas pintadas con diseños inventados especialmente por Rogelio Polesello (Buenos Aires, 1939-2014) para ella, que lo llamaba “el Mago”. La muestra Polesello joven 1958-1974 en el Malba, Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, descubre a un renovado público la genealogía de ésa y de otras decenas de relevantes obras del que fuera un multipremiado artista precoz. Por caso, pocos viajeros saben que el mural Eclipse (2001), que los despide en el aeropuerto internacional de Ezeiza, o que la escultura Energía olímpica (2013), una interpretación de los anillos olímpicos ubicada en la porteña Av. 9 de Julio, son de la autoría del artista que transmuta colores en un juego de formas sin significado manifiesto.

Polesello estaba trabajando en esta exposición antológica, junto al entonces director del Malba, Marcelo Pacheco, cuando lo sorprendió la muerte. Hoy estaría feliz de saber que entre las 120 piezas históricas, seleccionadas por un equipo del Malba encabezado por Victoria Giraudo y Mercedes Casanegra, hay también piezas que señalan su anticipada adscripción al nuevo diseño, faceta poco explorada de la carrera del artista. Así, en el marco de la muestra se realizaron varias jornadas sobre Ideas materiales: arte y diseño en la década del 60, donde se analizaron los vínculos anudados a través de agencias de publicidad, centros de investigación, universidades y espacios como bares y discotecas, que solían poner en contacto a artistas, publicistas, diseñadores y teóricos. En efecto, este cruce multidisciplinario, con tintes de arte pop y psicodelia, se daba en la casona que albergaba el taller de Polesello, donde convivía con estudios de bailarines, poetas, fotógrafos, músicos.
El artista inició su trayectoria en 1958, y un año después tuvo su primera individual en galería Peuser. Tal como señala Pacheco, desde los comienzos Polesello investigó “las posibilidades del arte óptico a partir de composiciones geométricas vinculadas a la corriente constructivista”. Aquí se despliegan monocopias, tintas, témperas, óleos, diseño gráfico, proyectos textiles, objetos, pequeñas y grandes placas de acrílico tallado, distribuidas en cinco núcleos.
Hay cierto ilusionismo en algunas obras de arte óptico que multiplican las imágenes siguiendo lo que aparece como un secreto y simétrico orden. Luces y sombras en sus abstracciones que se despliegan aquí como irreales paisajes y como escrituras sensibles. Su obra apela a lo lúdico, trabaja diversas facetas de la abstracción e incita a pensar en alegres calidoscopios. Espléndidas esculturas en acrílico tallado y/o pegado –óvalos cóncavos y convexos transparentes con efecto óptico alteran la percepción– filtran todo lo que las circunda y aparecen tanto formas distorsionadas como placenteros tonos del arcoíris; muchas están en residencias de coleccionistas de varias latitudes.
Asimismo, se presentan piezas documentales con imágenes de muestras, publicaciones, viajes, dando cuenta de un derrotero que incluyó la presencia de su obra en la escena internacional, con puntos sobresalientes en Medellín, Bogotá, Caracas, en consonancia con el surgimiento del célebre arte óptico venezolano; en México, hasta la legendaria crítica Raquel Tibol escribió sobre el “perfeccionismo óptico” de sus obras.
El artista fue seleccionado una y otra vez por directores de instituciones internacionales –como Thomas Messer, del Guggenheim Museum de Nueva York, y Miguel Arroyo, del Museo de Bellas Artes de Caracas– para muestras itinerantes, especialmente en Estados Unidos. Los críticos y curadores llegaban a ese, entonces, remoto rincón del mundo convocados por Jorge Romero Brest, director del Centro de Artes Visuales del Instituto Di Tella (1963-1970), que impulsaba el intercambio con el exterior.
La muestra refleja fielmente esos años centrales de exploración y crecimiento de Polesello, cuando comenzaba a ensayar materiales inéditos como la pintura en aerosol, con geometrías que pierden la rigidez y con líneas que se sueltan y parecen bailar. Ese período es también examinado por un catálogo de cuatrocientas páginas, pródigamente ilustrado y bilingüe. De hecho, el volumen es también un compendio de los vaivenes artísticos y sociopolíticos de Argentina y de algunos países de Latinoamérica como Venezuela; se suman los textos de las críticas venezolanas María Elena Ramos y Federica Palomero.
Y aun cuando, por ejemplo, a su paso por Caracas en los años sesenta mantuvo excelentes relaciones con los contestatarios intelectuales venezolanos del grupo Techo de la Ballena, Polesello siempre se mantuvo lejos de la política y cerca de las distintas formas de la abstracción. En ese sentido, el texto de Giraudo en Polesello joven 1958-1974 bien describe a “Un artista consecuente”. Entusiasta partícipe de la escena artística, al ritmo de su premiada trayectoria, desde muy joven también apareció en las revistas de interés general; contra la corriente de arte político, en 1969 no tuvo inconveniente en reconocerse como “frívolo”, convencido de que lo suyo era el arte por el arte.
VICTORIA VERLICHAK
