Exposición Individualdic 2015 - feb 2016· Por Nelson Herrera Ysla

Rigoberto Mena

Lois Lambert Gallery

Rigoberto Mena no ha cesado de explorar desde que a fines de los años noventa del siglo pasado descubrió en la abstracción uno de los lenguajes poderosos de la pintura moderna y contemporánea. Sus primeras incursiones en lo abstracto surgieron ligadas a lo tangible arquitectónico que florece en las calles de La Habana Vieja, mostrando preferencias por esas manchas que la humedad y el tiempo remueven en muros, paredes, puertas, pisos, y por signos y símbolos a veces indescifrables que el hombre impone festivamente a su paso, en los que hallamos números y figuraciones asaz insólitas. Su pintura nació igualmente relacionada con la trama umbrosa de nuestras edificaciones coloniales y modernas, sumergidas en parcial oscuridad gracias a zaguanes impresionantes, vestíbulos que anteceden a la bulliciosa vida de cientos de personas en el interior de tantas viviendas compactadas.

Exposición Individual: Rigoberto Mena — imagen 1
Rigoberto Mena. Jardín de Bambú, 2015. Mixta sobre tela. 140 x 140 cm (55 1⁄8 x 55 1⁄8 pulgadas).

Con los años, su obra fue disipando las densidades de lo oscuro, los colores dramáticos, la arquitectura diseñada en las composiciones, para dar paso a movimientos intensos y a una mayor comprensión de la libertad expresiva. Mena comenzó a viajar por varios países del continente americano y europeo y se embarcó también al Lejano Oriente en busca de otros códigos. Descubrió la variedad del arte antiguo, moderno y contemporáneo de los dos hemisferios planetarios y aprovechó las muchas lenguas con que ha hablado siempre la pintura y el arte en general. Se lanzó a grandes formatos en telas y, sobre todo, papeles y nuevos materiales. Incluso, impresiones encontradas en viejas publicaciones y archivos familiares fueron materia prima de su pintura por primera vez, a la que incorporó dibujos infantiles y cualquier grafía natural o artificial.

Su sed infinita de experimentación anuncia hoy otra etapa en su densa y fructífera trayectoria expuesta el pasado julio en la Galería Lois Lambert (Santa Mónica, California), bajo el título Jardín de bambú. Allí mostró un sorprendente interés por ocres y amarillos, y un especial modo de acentuar espacios pictóricos con marrones, negros, enmarcados o encuadrados para definir una zona, un fragmento capaz de contrapuntear la totalidad con cada parte. Asume con plena libertad círculos, puntos, manchas y líneas aleatorias que nos recuerdan sitios arqueológicos, apuntes de cuadernos científicos o notas aleatorias en estado de éxtasis. Un registro íntimo de experiencias cromáticas y táctiles aflora en esas telas, donde el papel japonés, de fabricación manual e industrial, fascina su sensibilidad pues la textura ha pasado ahora a un primer plano. Los títulos de algunas de sus obras son elocuentes: El monje, Equilibrio, Flor de cerezo, Jardín de bambú, rememorativos de estados de quietud y paz en alguien que se sienta a la orilla de un lago a meditar mientras escucha una delicada flauta o arpegios nacidos de instrumentos musicales de una sola cuerda.

Collages de impresos o de orden fotográfico y textual se funden también con acrílicos y óleos para organizar estructuras visuales de belleza impar e inducirnos a reflexionar. En ocasiones divide la tela en dos pares pictóricos; en otras deja abierta toda posibilidad de enunciación y misterio, como si mirásemos a través de un microscopio para asomarnos sin prejuicio a ese universo de formas minúsculas en estado bacteriano y viral. Mena no tiene reparos en ocultar influencias señeras, como el primer Kandinsky, Cy Twombly en otras orillas del mundo, o de Julio Girona (con guiños también hacia Antonio Vidal) en el espacio cubano. Y nada le seduce tanto como el hecho misterioso y sobrecogedor de crear.

Jardín de bambú hace alusión a la naturaleza del oriente del mundo. Su experiencia en China años atrás, y sus estudios del arte antiguo y moderno japonés, le han guiado hacia la contemplación de su entorno natural como nunca antes y a observar la fijeza y los movimientos de lo viviente. Esta actitud contemplativa y sabia, a la vez la había asumido cuando se interesó por la energía latente y la fuerza matérica de la arquitectura a principios del siglo XXI: ahora se vuelca más hacia la naturaleza circundante y aquello que somos incapaces de detectar por su microscopía. De la gran escala urbana se traslada ahora a universos desconocidos por el ojo humano, y los inscribe así en esa suerte de “jardines invisibles” aludidos por el gran poeta cubano José Lezama Lima.

Para Mena no hay materiales ni materia minúscula en la pintura, ni arte mayor ni menor. Esta exposición en Estados Unidos así lo demuestra, y lo confirma como uno de los artistas más inquietos y persistentes de la contemporaneidad cubana. Su madurez, sin embargo, se guía aún, y parece que será así siempre, por una sorprendente intuición, sensibilidad e imaginación, que cultiva sin dejarse apabullar por las numerosas expresiones de la visualidad que hoy ocupan los planos estelares de megaexposiciones y eventos alrededor del mundo. Los nuevos lenguajes como resultado de las nuevas tecnologías no le subyugan tanto como una rama caída de un árbol, el gesto de un niño con un crayón en la mano o la ligereza y transparencia de una hoja de papel fabricada a base de fibras naturales en un modesto taller.

NELSON HERRERA YSLA

Rigoberto Mena, por Nelson Herrera Ysla | artnexus