La frase “La técnica es la técnica y sin técnica no hay victoria” parece haber sido pronunciada por el tricampeón olímpico cubano Teófilo Stevenson; sin embargo, se hizo célebre un poco más tarde en boca del exboxeador Félix Savón, sólo con un ligero cambio: “La técnica es la técnica y sin técnica no hay técnica”, planteando un retruécano, convertido con el tiempo en asiduo chiste, que acentuaba la importancia del oficio, la maña, como estratagema para garantizar el triunfo. Y es que la propuesta del artista ecuatoriano Raymundo Valdez me hace recordarla al observar a sus “jugadores” haciendo alarde de fuerza y dominio técnico, al mismo tiempo que ingenuamente se convierten en objetos de animadversión. Son contiendas humanas nada ajenas a lo precario, al egoísmo y lo banal.

Desde el 30 de septiembre hasta el 30 de octubre se exhibe la muestra individual Punch Pown en Dpm Gallery (Guayaquil), conformada por lienzos, acuarelas, técnicas mixtas, escultura y una instalación, donde boxeadores, personajes provenientes del anime, el manga, la lucha sumo –proyectados en un combate cuerpo a cuerpo y dimensionados en su discrepancia, gracias a una apariencia zoomorfa que genera incomodidad por su carácter grotesco–, suelen recordarnos nuestra asidua y viciosa manera de afrontar la vida a través de la contienda. Diría la Biblia en Filipenses 2:3-5: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria”. Pareciera que el mundo entero queda reducido a la plasticidad de estos seres en pugna eterna por alcanzar el triunfo, y que refrendan la común sentencia de que el fin justifica los medios. Sin embargo, Raymundo Valdez me ratifica que le interesan los procesos, no va en busca de un resultado a priori. Nunca se ocupó de trabajar en series. Lo anterior encaja con su tesis: ¿Vale la pena el éxito si en el trayecto ocurre un proceso de cosificación, desvirtuación moral o ética, o una caricaturización de nuestras intenciones por sublimes que éstas sean?
Me cuenta que cuando inició los primeros cuerpos buscaba indagar sobre las metáforas que podían generar a partir de un estudio en la carnalidad humana. Todavía no eran precisas para él las posibilidades ampliadas de favorecer un discurso donde el propio material formaría parte fundamental de pronunciamientos álgidos sobre el interior humano, sus afanes y metas; y donde sus experimentaciones formales entrarían a configurar un universo de pliegues, tensiones, miserias y perversidades. Las obras de artistas como Lucian Freud, Jenny Saville y Alyssa Monks fueron parte de sus referentes primarios.
En su proceso de investigación buscaba con avidez imágenes de internet que le ayudaran a estructurar tramas sencillas; y que a su vez pudieran conjugarse con títulos onomatopéyicos para que el público se sintiera atraído por su ligereza, sin caer en una aliteración del discurso. Se pertrechó de personajes vistos en los shows de box, los sutiles héroes del anime, los voluptuosos luchadores de sumo, por sólo mencionar algunos prototipos. No hay paz en estas escenas, tampoco hay compás de espera, todo el tiempo la postura es el ataque, un gancho, un punch en cualquiera de sus variantes. Lo que pocos conocen de Raymundo Valdez, y que además se articula con lo que irradia su ligera y pequeña figura, (más que su obra salvaje, violenta, ríspida), es su anclaje con la vida espiritual; a partir de reconocer en cierto credo una sintonía con lo que él considera sagrado. Es de esos artistas que cuando una le conoce suele decir: no se parece a su obra.
¿Cómo es que quedamos “enganchados” con las batallas del ecuatoriano? El proceso de sublimación ocurre desde el humor, pulsado hasta la sátira y el sarcasmo. Su distanciamiento del caos y la querella queda patentado mediante la caricaturización de los personajes que contienden, a quienes en ocasiones les coloca encima de sus cuerpos antropomorfos cabezas provenientes del universo manga japonés, anime, de los cómics, animados o historietas en general; y en los casos más grotescos culminan con rostros de animales. La deformación, el grosor de los empastes matéricos, la turgencia de las carnes, el juego de contar con una humanidad en apariencia fuerte por su carácter beligerante pero impulsiva, irracional, exagerada, son ardides de una tramoya que atrapa porque además hay cierta puerilidad en ellos. Las dosis de escatología e ingenuidad son similares porque el autor busca complicidad en el público al mostrar a estos seres afanados en triunfar y que al mismo tiempo son víctimas de su propio deseo. Uno de los paratextos de la propuesta está relacionado con la compulsiva invasión y consumo de imágenes con las que traficamos a diario, sin apenas darnos cuenta, contenedoras en la mayoría de los casos de mensajes subliminales cargados de morbo y violencia, con altas cuotas de espectacularidad.
La palabra contienda deriva del verbo contender, que a su vez procede del latín contenderé, y significa dirigirse completamente a algo, esforzarse por, tender con todas su fuerzas a, encontrarse con (en sentido hostil), combatir, pelear; y ésa es una de las moralejas sugeridas por Valdez: no siempre se trata de ganar. A la victoria muchas veces se le sobrestima. También se trata de saber perder, de no enfrentar a nuestro semejante, de conseguir el objetivo junto a él. El fracaso, que muchas veces tememos, y llega a obsesionarnos, es el peldaño necesario para crecer aprendiendo de los errores, sin dejar de gozar el experimento, el entrenamiento y la curiosidad. Sobre todo, necesitamos enfocarnos más en nuestra vida interior, y eludir más la atención que reclamamos hacia la apariencia.
AMALINA BOMNIN
