Sería coherente pensar que en medio de la selva uno intentaría primero “ver”. Creemos que hay que verlo todo, pronto y lo más claramente posible, para poder cuidarse, justamente, de todo aquello que sentimos, olemos, sudamos e imaginamos rodeando cada milímetro del ser –aquí extraño– que somos; para evitar que nuestra estancia-verde sea sólo una presencia ajena que anda como sin ver. Aun así, cuando el miedo a la ceguera, a lo desconocido, ruidoso y saturado empieza a convertirse húmedamente en una especie de mortal enamoramiento respiratorio denso y envolvente penetrándonos por cada poro, algo sucede en Fordlandia (2014), la obra en video más reciente de Melanie Smith, expuesta por vez primera en Ciudad de México en la galería Lulu.
Un estrecho pasillo, una silla entre plantas, y al fondo, el inicio de una angosta y descuidada escalera metálica –que parece prometernos, quizá, más amplitud y flujo visual– se olvidan cuando a la derecha se abre una puerta. Estamos en Lulu,–una galería no-pretenciosa con bajo presupuesto que ha logrado conformar dos salas (habitaciones de una vivienda pequeña en la Colonia Roma Sur), en uno de los espacios expositivos en Ciudad de México con más “frescura” estética, crítica, y lo más importante, con potencial (en todos los sentidos).

La estrechez que una acalorada mañana de septiembre saturó de cuerpos el usualmente tranquilo pasillo Lulu funcionó como preámbulo tan inesperado como idóneo para el delicado tiempo de observación que requieren las obras de Melanie Smith. En una sala que por no-ver nos hace dudar –doblemente oscurecido(s) por el sol y ese pasillo-antesala que sin planearlo nos había colocado todo y a todos a-la-mano–, las pupilas se ajustan conforme el oído se aguza para suplir la sensibilidad visual que tarda en llegar.
Inician las imágenes. Un vientre dormido de un hombre; una tela intensamente anaranjada; la textura de las uñas decoradas de la mujer. Melanie Smith comienza a ponernos todo tan cerca casi como para tocarlo, olerlo. La desbordada sensualidad del contexto al que esta vez nos lleva Smith (haciéndonos viajeros por ella como en obras anteriores) parece inevitablemente absorberlo y exudarlo, y el video ira develándolo entre cuerpos de hombres, animales y plantas.
De pronto, una voz en portugués confirma las coordenadas del sitio que (ahora, entendemos) estamos sobrevolando; ubicando el descenso para tomar una lancha que nos traslade a Fordlandia –esa especie de inoportuno sueño a-selvático tan fallido en resultados como fallado de orígenes que venimos a buscar. La hambrienta y ansiosa mirada –evidente entre los extractos de misivas cibernéticas con José Luis Barrios que hacen parte del libro que acompaña el video– confiesa los motivos más íntimos escapados al lenguaje por los que Smith persigue a otro constructor de mundos casi-posibles (recordemos Xilitla) que desde sus latitudes espera, tratando de ver su propio silencio.
Pues es imposible no darse cuenta de que el imaginario en ruinas que atrajo a Smith –Fordlandia– se abre a la mirada a pie de suelo solamente para que el cuerpo comprenda que la sobrevivencia en la selva (¿y en la obra?) depende de ese sentido que por instinto intentamos “precisar” desde el ingreso a la sala, la escucha. Deviene ley saber que lo que veremos dependerá de lo que podamos escuchar.
Parece asintónico describir desde el cuerpo-escucha (pace Jean-Luc Nancy) un video –considerando precisamente que la obra de Smith se ha solidificado en años pasados en este medio, en el que la veo moverse siempre entre el cuidado y el daño–, pero es esencial afirmar que en Fordlandia es la escucha el agente activo; un golpe de vida imprevisto e invisible.
Vitalidad que espera. Y ha estado esperando –como Fordlandia, como los caparazones de bichos muertos e inmensas maquinarias mal-abrazadas por vidrios sordos– ser (re)descubierta entre las texturas, tiempos y sombras que Smith sabe perseguir y esperar.
Comenzamos a escuchar lo que vemos. Y lo que vamos-viendo confiesa su absurdo; el cuerpo sonoro que la artista ha logrado capturar para esta obra coincide plenamente con la instancia que persigue. Una visualidad tan abrumadora como risible en una condición enmudecida, sabia y aparentemente inmóvil. La fútil y milenaria batalla contra la naturaleza que, a juicio del hombre, no es sólo posible sino obligado enfrentar y vencer.
Acertadamente, el video sondea precisas e impecables replicaciones micro/macro en un ejemplo perfectamente-trágico de esa eterna cuesta sin victoria de la modernidad: Fordlandia. Esa condición doblemente expuesta que sucede frente al cuerpo-espectador nos permite entender con serena lucidez cómo y para qué Smith enamora planos en distancias milimétricas, inabarcables, vistas desde el cielo o flotadas al horizonte. Sobre una pequeña barca sobre el río Tapajós, Smith intenta de noche escuchar-filmando el más trémulo resoplar de las fauces-lagarto: anticipando peligros que imagina, poco ve y mucho escucha. La artista viaja a ver lo que a sus oídos (y por ende, a su entendimiento y expresividad) hubiera permanecido incrédulo de otra manera. Smith filma el temible sosiego de la vida amazónica.
Esa vida densa de sonidos desnudos que alertan, albergan, acercan; ese cosmos robusto imposible de intuir o al menos interesar si no es traducido en ganancias financieras para su dueño, Henry Ford, el hombre más rico del mundo durante más de la mitad del siglo XX; conquistador del mercado capitalista, la producción en línea y la masividad del consumo con las incontables ventas de su famoso “modelo T”.
En 1928 Ford negocia el control y explotación de una sustancial extensión de la selva amazónica para extraer caucho, el único material involucrado en la construcción de sus coches sobre el que no tenía propiedad ni control absoluto. (Ford compraba el caucho para hacer látex a importadores colonialistas ingleses, quienes lo producían en masas-a-muerte en el sureste asiático). Pero Ford siempre quiso más y se escuchaba sólo a sí mismo. Cultivar un lucrativo plantío de “seringueiros” (árboles de caucho) sería una tarea tan fácil como cualquiera de sus multimillonarias empresas que producían cada insumo requerido en su gigantesca planta de producción a orillas del río en Michigan.
Ford intentó una y otra vez la tala sistemática de grandes extensiones de selva para plantar y producir árboles de caucho en grandes cantidades y en el menor tiempo posible, binario operativo aplicado en su vida de forma integral y sin tregua. Fracasó cada vez; plantaba demasiado cerca un árbol de otro; ignoraba cómo vencer las plagas, cuya voracidad era incluso mayor que la suya. Pero Ford se negó a escuchar consejos botánicos científicos como realidades aseguradas por los conocedores locales. En 1945 el nieto de Henry Ford puso fin al catastrófico desbanque de mil millones de dólares que jamás pudieron transportar una sola gota de caucho amazónico a una llanta Ford.
Para construir la destrucción anunciada de Fordlandia, Henry Ford se negó a escuchar al Amazonas. Para observar la desvencijada Fordlandia, Melanie Smith supo escuchar aquello inasible que el tiempo amazónico devora.
MARCELA QUIROZ
