Al entrar en el Museo de Arte Contemporáneo (MoCA, por su sigla en inglés) del Pacific Design Center de Los Ángeles, el visitante encontraba un video admirablemente sencillo y sin embargo ingenioso titulado 1dm004 Eleuttherodactylus Coqui (2004), de la artista Magdalena Fernández. El enigmático título de apariencia formal enturbiaba su animada picardía. El video en blanco y negro presentaba un rectángulo cuyas líneas cobraban vida propia a medida que se plegaban sobre sí mismas y se movían en respuesta al sonido de ranas coquí, una criatura que se encuentra comúnmente en el Caribe y en Caracas, donde la artista vive y trabaja. Las líneas del rectángulo parecían estar bailando al compás de las diferentes frecuencias emitidas por las ranas. Al incorporar la tecnología de un ecualizador, las líneas que componían el rectángulo visualizaban el coordinado y a veces caprichoso sonido de los silbidos de las ranas, adquiriendo a veces forma de triángulos y otras figuras vagas, en un enigmático llamado y respuesta. Parte de la serie Mobile Drawing (Dibujos móviles), 1dm004 era cautivadora, invitaba al espectador a un viaje en el que el orden de las geometrías se suspendía temporalmente.

Magdalena Fernández no es un nombre que un público estadounidense reconocería de inmediato, pero esta exposición dejó en claro que no debería ser así, debería reconocérsele al lado de sus predecesores más conocidos, los artistas venezolanos Jesús Rafael Soto, Alejandro Otero y Gego (Gertrud Louise Goldschmidt). La exposición, organizada por Alma Ruiz, una antigua curadora del MoCA de Los Ángeles, fue anunciada como la más importante de la obra de la artista presentada en Estados Unidos. La pequeña muestra que se incluyó no le hizo justicia a la profundidad de la investigación material realizada por la artista durante una carrera madura que abarca más de dos décadas. Esto es infortunado, y es obvio que la artista merecía una exposición mucho más amplia que familiarizara al público con su extensa y extraordinaria exploración de la geometría, la luz, el sonido y la percepción. Lo que se exhibió se limitó a seis proyecciones de video y una instalación luminosa, 2i015 Luciérnaga (2015), creada para esta exposición y ubicada encima de la escalera que conduce al segundo piso. En conjunto, las obras transmitían los principales puntos focales de investigación de la obra de la artista. Es evidente que, para ella, ocupar espacio con obras cuya geometría manipula la percepción óptica es una inquietud esencial. A menudo se dice que Fernández continuó el legado de sus antepasados cinéticos venezolanos. A Soto (1923-2005), cuya popular Penetrable (2000) está exhibida en el Museo del Condado de Los Ángeles, a unas pocas cuadras, se le menciona con frecuencia en particular, al igual que a Gego, cuya exploración de la línea en complejas instalaciones espaciales fue, sin duda, una influencia. Fernández no vacila en reconocer la importancia de sus predecesores, y muchas de sus creaciones han sido hechas en homenaje a esos artistas, de cuyos nombres da señales en el título de las obras. Por ejemplo, en el video 1pmS011 (2011), también incluido en la exposición, la S representaba a Soto. Las permutaciones, al parecer aleatorias, de números y letras de los títulos de las obras ocultan su claridad y su secuencia lógica; en este caso, el 1 representa el orden en el que esta obra se hizo durante ese año en particular, seguido de letras minúsculas que significan la serie de la cual hace parte la obra, para el caso, Pintura móvil; la letra mayúscula, cuando la hay, representa al artista a quien se le rindió homenaje, y, para terminar, los tres últimos números representan el año en que se hizo la obra.
En el segundo piso, el video 1pm006 Ara Ararauna (2006), también de la serie Pintura móvil, avivaba el salón. La proyección mostraba una retícula dividida en cuadrantes azules, amarillos y verdes que empezaban a moverse y a hacer presión contra las sólidas líneas negras que definían la retícula. Al principio parecía que el movimiento era errático, hasta que uno se daba cuenta de que en realidad respondía a los graznidos de la guacamaya azul y amarilla (Ara ararauna), un loro de los trópicos de Suramérica conocido por su habilidad para hablar. Al igual que en 1dm004 Eleuttherodactylus Coqui, la solidez de las formas geométricas le daba paso a la energía más entrópica de seres orgánicos. En las dos, el orden de la retícula era forzado y presionado por el desorden esencial de la vida natural. En ese ir y venir había una armonía renovada que no abogaba por la pureza y estabilidad de la abstracción geométrica sino más bien por una negociación constante de lo orgánico. Es difícil decir si Fernández estaba haciendo un comentario sobre la vida como artista en Venezuela, y éste no es un tema que yo haya visto tratado en los escritos sobre ella. Lo que sí es claro es que sus estructuras, ya sea en sus instalaciones o a través de sus proyecciones digitales, abordan la movilidad del orden natural y su efecto desestabilizador, aunque también vivificante, sobre el orden geométrico. El resultado, al menos en la breve ojeada a las obras expuestas, fue fascinante. Infortunadamente, no había un catálogo, y los textos que acompañaban las obras no eran muy explicativos. El sitio web de la artista, http://www.magdalenafernandez.com, cubre algunas de las lagunas.
ELENA SHTROMBERG
