“Esta exposición parece una remolino, va dándole vuelta a todo y la lectura no es lineal, entonces uno puede brincar de una obra a otra y jugar con la interpretación”, dice Luis Roldán en un diálogo con el curador de su exposición, Alejandro Martín Maldonado. Rompecabezas tiene una estructura o eje central que recoge varios fragmentos-obras a su alrededor; comenzando el recorrido, dos series dan inicio a la exposición: Eidola (2015) y Reflexiones (1989), como insistiendo en el inicio y el final, poniéndolas, en el comienzo de la vida y la muerte, cara a cara. La primera es una serie de pinturas tridimensionales o esculturas pintadas, donde la alusión misma desde el título a la imagen fantasmal de los difuntos es directa; fragmentos de columnas de muebles antiguos forman estas esculturas, donde se han ejecutado cortes muy precisos en los cuales se realizan las pinturas; aquí se inicia un rompecabezas visual, donde zonas de color pintan ciertas partes de maderas encontradas. Estas piezas se hallan dispuestas en una repisa que genera una línea en el espacio, la que a su vez está enmarcada por las pinturas que conforman Reflexiones, en pequeño formato, dispuestas en la pared. Las miniaturas crean un diálogo con las piezas más recientes de Roldán insistiendo en ese torbellino de la creación donde el principio se conecta con el final, inevitablemente.

Roldán plantea una pregunta que a mi juicio es fundamental y que sirve de pivote para que el espectador pueda realizar una experiencia estética coherente con su planteamiento: “¿Cómo [el espectador] mete dos espacios en un espacio?”. El juego está planteado, y en seguida nos vemos confrontados a intentar resolver esa pregunta recorriendo el espacio. Hay un segundo fragmento-obra de este rompecabezas: Secreta prudencia (2014). El pre-texto de esta instalación es la obra de Antónov-Ovséyenko Los tiempos de Stalin, que narra la persecución de la que fue víctima su padre, uno de los líderes de la Revolución Rusa. Roldán, inspirado en la lectura del libro, dispone de algunos elementos, como un par de gafas y un sombrero soviético, que reposan sobre algunos libros, mientras en el espacio hay una serie de “escrituras” realizadas con hilos sobre la pared, y una superficie negra en la que reposan algunos copos de algodón con una manchas negras, que parecen ojos sacados de sus cóncavas. El espacio es inquietante y deja entrever una cierta tensión propia de un régimen dictatorial como el de Stalin, quien aniquiló a sus críticos, pertenecientes a su mismo partido. Trabajos forzados, clandestinidad, persecución y exterminio parecen ser lo que predomina en esta sutil instalación, que para nada es panfletaria.
Un tercer fragmento-obra es Sueños-Rotos (2005). Aquí, cinco estructuras de papel dispuestas sobre la pared crean una extraña semejanza con las paredes derruidas. El papel está despedazándose, más bien digamos descascarándose, para ser más coherentes con la metáfora; esta superficie está a punto de caer al suelo. Pero hilos negros con los que el artista dibuja han creado una especie de maraña que impide que los fragmentos se desprendan. Esta pieza es muy hermosa; la sombra proyectada en la pared blanca, los pedazos a punto de caer y las líneas muy orgánicas crean una visión distinta sobre el dibujo. Los sueños se rompen, constatamos con sorpresa, pero pese a todo persistimos en mantenerlos unidos, cosidos, suturados. Quizá ésa sea la única manera de evitar que los perdamos para siempre.
El cuarto fragmento-obra, Circunstancias (2009), es una pieza clave: una serie de “gotas” o fragmentos de pinturas se desprenden de una pared. Sombras grises en la pared dan pie para disponer otras piezas de este gran rompecabezas: una especie de cuadro-ventana, conformado por veinte y cinco cuadros que componen una imagen en zoom en blanco y negro de un pueblo holandés a partir de la pintura de Vermeer: La vista de Delft. Esta serie parte de otro pre-texto, En busca del tiempo perdido de Marcel Proust: se recuerda el momento final de Bergotte, quien mira la pintura de Vermeer, donde predomina el amarillo de una pared que se ve iluminada por la luz del sol; esta pared, que custodia la iglesia de Nieuwe Kerk –donde estaba enterrado Guillermo I de Orange quien fue asesinado en su lucha contra los españoles–, es el detonante de este fragmento: Bergotte afirma que así él debió haber escrito sus libros, con la intensidad de ese amarillo, y Roldán parece insistir en que así debió haber realizado él todas sus obras. En el centro de la sala están suspendidas unas estructuras de madera que pertenecían a volets viejos. Estas ventanas, pintadas ahora de amarillo, mantienen algo de su estructura inicial, pero intervenida sutilmente hasta transformarse casi en un árbol. El sonido de algunos canarios que inunda sutilmente la sala se ve roto por el vuelo de una pareja de estas aves que nos observan con curiosidad mientras picotean por aquí y por allá. “El canario es como el termómetro de si esto es arte o no lo es”, termina diciendo Roldán. Y creo que el artista sí logró una obra llena de emoción y maestría.
RICARDO ARCOS-PALMA
