Lampo, bella palabra con la que Macchi decidió dar nombre al proyecto en el que hace una profunda reflexión sobre la sombra y su presencia en el espacio, hace alusión a ese “resplandor o brillo pronto y fugaz, como el del relámpago”, a ese instante apenas visible y que por su fuerza nos permite un eco lumínico, que en un punto nos enceguece. Las preguntas por la sombra y su estructura material han estado latentes en algunas apuestas anteriores de Macchi; sin embargo, es en este proyecto de sitio específico en el que, enfrentado a la complejidad arquitectónica del espacio, resuelve dar materialidad al recorrido de lo que sería la proyección de las sombras de un foco que –por demás– está apagado. Con un estudio previo del lugar, el artista planeó durante un año cómo intervenir el espacio y cómo sacar provecho de las características físicas del mismo. El producto de estos procesos es Gloria y Homesick home, dos obras que soportan con maestría las disertaciones sobre esa invisibilidad de la sombra, que él hace posible con maniobras paradójicas.

En Lampo se revela la trayectoria de un artista que explora con entusiasmo las posibilidades del lenguaje visual y que entiende la contemporaneidad de la imagen. A su vez, el nivel de experimentación que ésta encarna, sin olvidar su historia y sus cambios como entidad que emerge de procesos culturales diversos. Gloria (2015), intervención potente que transforma el espacio y su recorrido, está constituida por estructuras de madera que dibujan en tres dimensiones las proyecciones de la sombra que produciría el foco que está en el fondo de la sala del primer piso si estuviese encendido. Un juego en el que el espectador se introduce en un efecto óptico aparentemente intangible, pero que Macchi ha convertido en materia. Al respecto, él mismo expresó en una conversación posterior al montaje: “como el espacio es muy grande, me dio la posibilidad de trabajar con una progresión de densidades que está relacionada con una supuesta intensidad de la luz. Es decir, que a medida que nos acercamos al foco, las estructuras son mucho más abigarradas, y a medida que nos alejamos, son más distantes. Es una progresión que se da de una manera paulatina […] Y otro punto fue la decisión de trabajar con los listones que se dirigen hacia la luz, usándolos –literalmente– como si fueran rayos emitidos por ésta. Entonces, pareciera ser que todas las estructuras tienen una fuga hacia el foco, hacia la ‘fuente’ de luz. Es fundamental para la instalación, el hecho de que esté apagado y que no haya una superposición entre la sombra y la estructura de ésta, porque de alguna manera se empieza a producir una suerte de realidad paralela”.
En la segunda planta del espacio se ubica la otra obra con la que Macchi refuerza sus ideas: Homesick home (2015), una alfombra blanca producida para el proyecto, tejida con el efecto visual que “aparentemente” produciría la lámpara que está dispuesta encima de su superficie. Macchi nos enfrenta con una contradicción que él mismo ha creado; de nuevo, la alfombra dibuja el simulacro de imagen-sombra que produciría el foco de luz si estuviera encendido. Juega con nuestra capacidad de percepción, desmonta la premisa de que la sombra es intangible. María Iovino, curadora del proyecto, señala al respecto: “El lugar a donde no llegan los efectos de los rayos lumínicos se demarca como sombra, pero no podría afirmarse por ello que ese espacio carece de luz. Todo está hecho de luz y la sombra pasa sobre ella, de manera también temporal e inmaterial. Si se comprende de esta forma, la sombra se revela como la luz que aún no se conoce, la que aún no se ha desvelado y entretanto, la que se mitifica por ignorancia, incluso, como algo tenebroso”.
Lo interesante entre la imagen que Macchi propone y sus posibles interpretaciones es que la instalación y la pieza de la alfombra ponen a temblar nuestras certezas como observadores, el artista confronta luz y sombra pero no en una pugna de negaciones, sino como presencias complementarias. Lo iluminado es posible en tanto hay un espacio sombrío. Homesick home dibuja la imagen de un contrasentido; en realidad, si la lámpara estuviese prendida, ésa no sería la graficación de su efecto. Es en esos detalles –nunca menores para Macchi– donde él activa las facultades del lenguaje visual: “hay un punto que a mí me interesa bastante y es el potencial que tiene la imagen como lenguaje. Cómo puede hacer uno para explotar al máximo el lenguaje visual, para no depender del texto, de la traducción del texto. A mí eso me parece esencial porque el lenguaje visual es muy específico. Lo que noto es que muchas veces sin el texto no existen las obras. Pero entonces, creo que ahí hay algo que la obra no está resolviendo a nivel visual. Y a mí me obsesiona eso. Porque considero que hay un montón de estrategias que dependen absolutamente del lenguaje visual y que nosotros manejamos por ser artistas visuales. Y que si hay algo que me parece clave es explotar esas estrategias. Por demás, el lenguaje visual engendra una suerte de inmediatez, y yo intento siempre recuperar esa inmediatez que está directamente relacionada con la experiencia”.
Jorge Macchi, artista argentino primordial en el relato del arte contemporáneo, vuelve a hacernos pensar –con Lampo– en el dibujo como herramienta determinante para la comprensión y el trabajo con el espacio. De su proyecto emerge una poderosa concepción de la imagen como un todo, imagen que deja al descubierto su conocimiento sobre campos indistintos y la repercusión en su obra de la rica historia cultural de su país.
ÉRIKA MARTÍNEZ CUERVO
