Exposición Individualdic 2015 - feb 2016· Por Julia Buenaventura

Gui Mohallem

Galería Emma Thomas

En Terra (Tierra), exposición realizada en la Galería Emma Thomas y curada por Gabriel Bogossian, el artista Gui Mohallem propone un juego específico, que consiste básicamente en traer adentro el afuera. O en otras palabras, llevar el exterior al interior del recinto.

Esta sería, de algún modo, la tarea del pintor de paisajes. El paisajista trae la montaña a la sala. En una intromisión que, sin embargo, siempre es mediada por el marco; el molde del cuadro hace las veces de ventana. Así, desde el sofá, el paisaje es la ficción de una ventana que nos muestra algo que está lejos.

Exposición Individual: Gui Mohallem — imagen 1
Gui Mohallem. Vista de la exposición: Diáspora No. 2, 2015. Tierra y parafina. Video en loop, 14 min. Dimensiones variables.

En Tierra, por el contrario, el paisaje anula su condición de ventana, rompe el marco y entra en la sala. El distanciamiento propio del género es subvertido a través de dos elementos fundamentales. El primero es un cubo geométrico, regular, sin ornamento alguno, elaborado con más de una tonelada de tierra y parafina, dispuesto directamente sobre el suelo de la galería. El segundo es el video (14 minutos en loop) de una nube que va cambiando, mientras su interior nos enseña los rayos y las centellas que preparan una tormenta. No cabe duda de que el cubo le encantaría a Donald Judd, el minimalista, mientras que la nube sería la fascinación de Turner, el romántico, ambos, vale anotar, paisajistas por excelencia.

El visitante entra a la exposición y de inmediato se enfrenta al cubo monumental, cuyo peso es contundente, y apenas vuelve la cabeza, ve la nube, fluctuante. La nube es el cielo, la tierra es el suelo, esto parece obvio, pero ese cielo y ese suelo inmensos, ahora están en el receptáculo diminuto de una galería de São Paulo. El vasto mundo ha entrado en la sala. La línea de horizonte es el borde del cubo, la cúpula celeste ha llegado por la nube.

Ahora bien, la imagen de la nube tiene la peculiaridad de estar tomada de frente, lo que crea un dislocamiento en la posición del espectador, tal como si estuviera en la cima de una montaña. En suma, vemos la nube desde arriba, pero al mismo tiempo vemos la tierra desde abajo, pues la superficie de ésta –del cubo– comienza a la altura del cuello del visitante.

Hay pues una distorsión profunda del punto de vista y el lugar (adentro y afuera, arriba y abajo), condición frente a la cual la empleada de la galería exclamó: “Gui, quiero que acabe tu muestra para poder pararme sobre el cubo”. Yo la apoyo. Queremos devolver el orden: mirar desde encima la tierra, observar desde abajo la nube. En fin, queremos saber dónde estamos.

Problema de ubicación geográfica que lleva implícita la cuestión: queremos saber quiénes somos. Asunto que, en efecto, atraviesa la muestra y buena parte del trabajo de este artista brasilero. En 2012, Mohallem se va al Líbano a buscar la familia de su padre, quien salió de allí en 1952, a causa de una guerra cuyos rescoldos llegan hasta el sol de hoy y que se hace patente en la migración siria de los últimos meses. Migración que es espejo de tantas migraciones humanas, de las ondas de desterrados que atraviesan nuestro presente; desterrados en toda la acepción del término, pues perdieron la tierra, y con ello, el documento de identidad, con todo lo que él supone.

“Nadie se va de su tierra porque quiere”, dice Mohallem, para después afirmar que no se sabe qué es más duro, si las condiciones de aquel que se queda durante la guerra –los tíos de Mohallem– o la nostalgia de aquel que se va. Tcharafna, la exposición realizada en 2013 tras su vuelta del Líbano, está llena de esa nostalgia, melancolía heredada, que es y no es del artista, parece la de un hijo intentando curar las heridas de su padre. En esta exposición, 2015, Mohallem se vuelve sobre Brasil, ahora su tierra; no es casual que Bogossian, el curador, comience el texto de la muestra con una mención a Ítaca, así como no es casual que la tonelada de tierra venga de Minas, la región que recibió a la familia de Mohallem, y el lugar geográfico que ahora sería su origen.

Pero se trata de una tierra ambigua. Las fotos de la exposición o videos como Paisaje no. 2 –que a través de varias camadas de película muestra el movimiento de las sombras de los árboles y, con éste, el viento que los mueve– son imágenes cuyo punto geográfico es imposible de identificar. Frente a ellas, el espectador está observando cualquier lugar del mundo.

Hay una pérdida de tierra, de identidad y de origen que Mohallem muestra a través de su historia, pero que revela una situación propia del individuo contemporáneo. Frente a esa pérdida, el artista lanza dos tentativas: la primera, hacer la tierra portátil, llevársela a cuestas, tal como lo hace Drácula en la novela de Bram Stoker; el conde sólo puede dormir en su propia tierra, por lo que al salir de Transilvania lleva más de treinta cajas, que pesan unas 60 toneladas, hasta Inglaterra. La segunda tentativa es volverse sobre sí mismo, construir una Ítaca adentro, de ahí la propuesta fortísima de la exposición por llevar el paisaje a la sala, por meter todo el vasto mundo en el interior de un recinto.

JULIA BUENAVENTURA

Gui Mohallem, por Julia Buenaventura | artnexus