Con cerca de 10.000 metros cuadrados y una historia que se remonta a 1978, cuando fue inventado en el papel, el Museo de Arte Moderno de Medellín se consolida como una de las instituciones culturales de mayor proyección y crecimiento en América Latina. El pasado 2 de septiembre de 2015 se inauguró el segundo edificio de este complejo museístico, que desde 2009 habita el sector de Ciudad del Río, justo en el centro del área metropolitana, después de haber pasado más de treinta años en Carlos E. Restrepo (un barrio de clase obrera, muy cercano a las dos universidades públicas de la ciudad y las únicas en ofrecer programas de Arte en su momento), donde tuvieron lugar el ya mítico Coloquio de Arte No objetual y Arte Urbano (1981), los Salones Arturo y Rebeca Rabinovich (1981-2005), y se entregó a la nación colombiana, por parte de la pintora antioqueña Débora Arango, su legado (1987), representado en más de 230 obras, entre óleos y acuarelas, que hoy constituyen un patrimonio determinante para los colombianos.

Quienes conocieron el museo durante las dos últimas décadas del siglo pasado podrían, con toda razón, decir que hoy el MAMM dista mucho de lo que fue, incluso, que no es para nada lo que visitaron, una percepción que no sólo se queda en la apariencia espacial. Se pasó de un contenedor modesto pero ágil, y con una gran empatía con su entorno urbano y social, a uno imponente y solemne, por no decir dramático, muy profesional claro está; algo que le ha valido asociaciones con instituciones y galerías internaciones que han permitido a los paisas asistir a exposiciones de artistas como Sophie Calle, Carlos Garaicoa, William Kentridge, o las producciones de artistas nacionales y locales con los más altos estándares de calidad.
Desde su inicio, el Museo de Arte Moderno de Medellín evadió los preceptos normativos de la institución museal. Una muy certera combinación de frentes, entre los que se contaban disciplinas como la arquitectura, el cine o el diseño; las nuevas manifestaciones del arte como el video, las instalaciones y los trabajos con el cuerpo, perfilaron un modo de ser y hacer que validó una identidad propia. Con el tiempo, y como es natural en este tipo de ejercicio, la capacidad de almacenamiento quedó corta. Fueron muchos los intentos de ampliar o expandir la capacidad de acción, siempre asociada con la suma de metros cuadrados a su programa arquitectónico.
Es común ver cómo buena parte de los retos de la institución-museo, en la actualidad, tienen que ver con transformar sus condiciones espaciales: ampliar su aforo, expandir sus metros cuadrados y, últimamente, cúbicos, para albergar la experiencia estética de las artes contemporáneas, en algunas ocasiones como si en el tamaño radicara el sentido mismo de la oferta cultural. A lo anterior habría que agregar que no es un misterio para nadie que un organismo grande consume más recursos que uno pequeño; así, la clave para alcanzar el éxito tras las ampliaciones en entidades culturales es, definitivamente, tener la capacidad de igualar la adhesión de área con la financiación de sus programas, en una relación directamente proporcional a lo existente, y en el caso del MAMM, sumando nuevos recursos para fortalecer su colección.

La expansión, como es llamada por la institución la segunda fase en Ciudad del Río, es un edificio complejo en su planteamiento volumétrico. Cinco niveles, más un sótano para parqueaderos, complementan el repotenciado Talleres Robledo, un galpón industrial donde operó una de las siderúrgicas de la ciudad desde 1939, y que, gracias al más reciente plan de reordenamiento territorial, debía ser entregado a la comunidad para acoger una iniciativa cultural de los propietarios, quienes debieron correr con los costes de adecuaciones generales en ese momento.
Por contraste, la expansión acude conceptual y simbólicamente al crecimiento espontáneo de los espacios habitacionales en las laderas del valle de Aburrá, algo que se conoce desde los estudios urbanísticos como “arquitectura espontánea o sin arquitectos”. La superposición de bloques a manera de acumulación de contenedores y una circulación exterior que enfatiza la disposición pública de la institución, le sirvieron a las oficinas de arquitectos Control G (Medellín) y 51:1 (Lima) para encargarse de dotar al MAMM con sus más sentidas necesidades: mayor espacio para las reservas, salas para muestras de carácter permanente de sus colecciones, espacios para los proyectos educativos y un auditorio que volviera la mirada al cine y a las artes vivas, manifestaciones que le valieron al MAMM su reconocimiento inicial.
Con seis exposiciones formales y tres proyectos no convencionales, además de una nutrida programación que reactiva su vocación y convicción frente a los lenguajes audiovisuales del cine y el video, el MAMM estrenó su nueva oferta cultural para la región y el país. Talleres Robledo, en este nuevo escenario, se define como el espacio para exposiciones y proyectos temporales. José Antonio Suárez Londoño, con la curaduría de la española Yara Sonseca Mas, presentó Muestrario, una selección de dibujos, sellos, grabados y libretas con altas cualidades estéticas que dejan ver un ejercicio constante y dinámico, donde la realidad y la ficción se entrecruzan en uno de los trabajos más notables de la escena artística colombiana en la actualidad. El programa C, que se ha venido fortaleciendo con el tiempo, tuvo como invitados a la pareja de artistas bogotanos Román Navas y Henry Palacios, quienes con la interlocución del curador Inti Guerrero presentaron una suerte de toma arquitectónica de la sala de proyectos especiales del museo, ahora llamada Sala C. En su interior, una construcción elevada en palafitos invita a pensar el espacio como el resultado de la contingencia habitacional en la que se encuentra la inmensa mayoría de los ciudadanos latinoamericanos. El lugar agobia y a la vez atrae. En el Salón de Fundiciones y la sala restante se presenta En y entre geografías, un ensayo curatorial que gira en torno a la pregunta recurrente por las diversas nociones de territorio y mapa, bajo las complejas relaciones de localidad y globalidad, atravesado por la multiplicidad de formas de relación entre los habitantes de esta parte del hemisferio, todo esto como metáfora de la condición misma del MAMM en su expansión. El curador jefe del museo, Emiliano Valdés, invitó a artistas locales como Dora Mejía, Margarita Pineda y Tulio Restrepo a correlacionar sus propias geografías con las de artistas nacionales como Nicolás Consuegra y Milena Bonilla, que a su vez se suman a nombres del circuito internacional como Alexander Apóstol y Tania Bruguera.

El nuevo edificio, conectado de una forma limpia y acertada con Talleres Robledo en su parte posterior, es claramente un buen ejemplo en el que la arquitectura contemporánea no roba protagonismos al arte mismo, sin perder elegancia ni presencia. Las salas expositivas de la expansión son apropiadas, aunque más pequeñas de lo que deja ver su volumetría en la parte exterior. Aquí está la gran sorpresa. Con la compañía de la colección de Artes Gráficas Panamericanas (AGPA) y una pequeña selección de obras de artistas que participaron en los salones Arturo y Rebeca Rabinovich, se encuentra la magnificente obra de Débora Arango. La vida con toda su fuerza admirable es el nombre que lleva esta exposición, que se recrea con una solución museográfica novedosa: un juego de cerchas metálicas que sirven de soporte a acuarelas, dibujos y pinturas de esta artista salida de todo esquema, molde o posible caracterización. Sin lugar a dudas, es el gran patrimonio de este museo, y enhorabuena ha llegado a su espacio. La decisión de entregar la sala mayor a Débora Arango es apenas lógica, era una deuda del museo con ella y con sus visitantes, y hasta consigo mismo. Definitivamente, estas salas concilian la realidad del museo con su origen y su historia; aquí esta la esencia misma de lo que esta institución tiene para aportar, y desde donde puede y tiene derecho hablar a su sociedad.
Para cerrar, es importante anotar que Medellín, desde su administración municipal, en sus tres últimos periodos de gobierno, ha entendido que la cultura y el arte cumplen un rol determinante en la trasformación social de una ciudad que fuera catalogada como una de las más violentas del mundo cerrando el siglo XX. Así, esta ciudad colombiana, famosa por el funesto recuerdo de las violencias perpetradas por el narcotráfico y la desigualdad social, algo que es sumamente visible en el arte que genera, enarbola una actividad cultural notable en el panorama latinoamericano. Esperemos que el reto se soporte con la entereza que hasta ahora lo ha hecho esta insigne institución con su propia realidad, que los presupuestos se amplíen tanto como los metros, y que llegue la hora de ver recogida la producción de los creadores locales y nacionales en una colección que hable desde su tiempo y anhelo.
OSCAR ROLDÁN-ALZATE

