Qué más adecuado para recibir las instalaciones de sitio específico de Adrián Villar Rojas que la denominación de Marian Goodman para las dos secciones de su muy establecida galería neoyorquina: norte y sur. Dos soles, como se titula esta exposición, ahonda en lo transitorio y en las peculiares maneras en que lo perecedero se revela en la obra de este artista. Su obra es un efímero que se sobrevive parcialmente a sí mismo, que se visualiza pero no se reconoce y que va perdiendo/modificando su ADN. Entre cortinados que obturan la luz emergen los pisos de mosaicos articulados en tonos de grises, amarronados y azulinos desgastados, en diseños irregulares que se llevan amigablemente de a tramos y que se interfieren abruptamente entre sí. Al llegar a la galería, los “ropajes” de cortinados grises dejan entrever la instalación conformada por esos pisos, e indican y acompañan al visitante a lo largo del angosto corredor hasta llegar a la otra sala. En ella, la penumbra deja lugar a mayor iluminación en los pisos de azul y gris, incrustados con numerosos elementos como conchillas, trozos de papel, plásticos y latas de bebidas. Una metáfora física de “haciéndose la luz” es la gran figura de un reclinado David de Miguel Angel. Esta réplica atraviesa los tiempos, está acostada como en reposo mortal, aunque también está sostenida por dos columnas que le permitirían dispararse hacia el futuro a través del tiempo.

Diríamos que en el trabajo de Villar Rojas, en especial en Dos soles, nada surge de la nada. El medio con que trabaja es el reciclaje de partes de otras instalaciones que viajan de una a otra sede, donde el artista realiza un proyecto en forma de acción/dirección, junto con sus ayudantes/actores, a las que alimenta con dibujos, planos, descripciones y experiencias. No hay un boceto ni un prefijado plan de acción. El material del que están compuestos los azulejos de los pisos es básicamente arcilla, a la que el artista decide agregar diferentes cantidades de barro, basura recolectada en los remotos lugares donde Villar Rojas se ha presentado, algo de cemento, hojas, piedras, arena, y también materiales orgánicos como carne, fruta y peces. En los pisos se ven ciertos desechos industriales propios de esta civilización –latas de refrescos y trozos de ¿moneda argentina devaluada?–, acompañados de incisiones y texturas diversas. No hay duda de que Villar Rojas está interesado en el paso del tiempo, específicamente, del pasado hacia el futuro. Es un descreimiento de la existencia actual del arte, es un desgaste de lo humano en este planeta.
En sus diversas exposiciones han habitado también un robot de alta tecnología, el David de Miguel Angel, un dinosaurio y otros engendros. Asociados a través del tiempo sin cronología que los contenga, estos elementos dan referencias incluso de las varias culturas populares, de las sociedades del planeta Tierra, y tientan a enfocar aquello que podrá constituir el arte de un futuro extraplanetario. Cuando los artistas visuales trataron de crear/dejar rastros sobre la tierra para civilizaciones futuras, las pocas propuestas mayormente de orden conceptual estaban íntimamente ligadas a la geografía, a la reforestación y a la resistencia de materiales –a temblores, lluvias ácidas, bombas y otros agentes conocidos–. Adrián Villar Rojas, nacido en Argentina en 1980, es antecedido en las reflexiones de orden land-art por Joseph Beuys, Frans Krajcberg, Nicolás García Uriburu y Robert Smithson, entre otros. El nace casi veinte años después del ejercicio de los mencionados autores, quienes enfocan la sustentabilidad. ¿Villar Rojas catapulta una mezcla de esta civilización hacia otra?, ¿otras? ¿hacia dónde? Con esto confirma reconocer la actual barroco-decadencia y la búsqueda postrera.
El enfoque de Adrián Villas Rojas y de los previos tiene un corte diacrónico que podríamos denominar “una teoría de la elasticidad”: llevar lo salvable –estirarlo– hasta el próximo estadio e incluirlo en la masa/el planeta/el hábitat nuevo. En esto se centra su sucesión de instalaciones. La diferencia consiste en que Villar Rojas acentúa la movilidad en su hacer, en que lo suyo son instalaciones de sitio específico pero que a la vez se autosobreviven miniparcialmente. Asimismo, el es un artista que lleva su taller y, en buena medida, su troupe de ayudantes viajando de lugar en lugar. No sólo son la itinerancia y la minisobrevivencia de los materiales sino la implicancia del tiempo en las acciones. El artista viajando solo versus el artista viajando con el lastre de civilizaciones cargadas, agotadas, mezcladas y con destinos institucionales o de galerías comerciales. Estas arcillas arqueológicas del siglo XXI adquieren un objetivo reflexivo.
GRACIELA KARTOFEL
