Exposición Individualdic 2010 - feb 2011· Por Susana Benko

Mari Carmen Carrillo

Galería G7, Centro Cultural Los Galpones

La Galería G-7, ubicada en el Centro Cultural Los Galpones, expuso la obra reciente de Mari Carmen Carrillo. El título de la muestra, Línea de corte, condensa el trasfondo conceptual que subyace en su obra, siendo la línea una de las protagonistas formales de las obras expuestas. 

La exposición, constituida por collages, textiles (costura y bordado), piezas tridimensionales (esculturas y ensamblajes), reafirma las constantes temáticas que esta artista viene tratando desde hace unos cuantos años: lo femenino como condición herida (o hiriente); el cuestionamiento sociopolítico de la mujer antes y después de su emancipación moderna; la dicotomía entre lo puro (la ingenuidad de la infancia) y lo maduro (por llamar de alguna manera a la vida adulta), realidades todas que están escindidas por una línea de corte. Las diversas lecturas que pueden realizarse de estas piezas dan cuenta de cómo toda condición humana conlleva relaciones opuestas o ambivalentes. La candidez que se percibe es tal vez su condición más terrible, pues, desde esta perspectiva, la artista desnuda realidades que desmontan la trama en la que el ser humano sustenta su frágil existencia. 

Exposición Individual:  Mari Carmen Carrillo  — imagen 1
Mari Carmen Carrillo. Armadillo 19, 2007. Gasa, gesso, tela, espinas de rosa y maguey. 30 x 27 x 7 cm. (11 ¾ x 10 ½ x 2 ¾ pulgadas).

En el título de la muestra se desprenden varios ejes conceptuales que tienen como referencia la demarcación de un límite. Traspasar linderos, pasar al otro lado, diferenciar los opuestos a través de la línea entrecortada, son algunas de las alusiones generales que pueden percibirse en esta exposición, razón por la cual el trabajo con diversos medios expresivos es natural en el proceso creativo de Carrillo. Tan importante es la labor de corte y costura como la realización de ensamblajes y esculturas. Esta integración, esencial en el arte contemporáneo, es una de las maneras de proceder de la artista. El arte textil, en este sentido, se redimensiona. El bordado funciona como dibujo, como demarcación: como línea de corte. Pasa a ser un medio expresivo integrado a otros que la artista también trabaja. De este modo, Carrillo traspasa los límites de los medios con el uso de diversas técnicas y procedimientos.

Pero si lo formal tiene gran importancia, igual la tienen las reacciones que sus obras suscitan. La elaboración detallada de vestidos, cajas y collages, por ejemplo, tiene un sentido extremadamente profundo. Con ello, la artista no sólo muestra la condición de la mujer hacendosa con una vida aparentemente candorosa o la niña inocente que viste muñecas. Esta sumisión se revierte cuando la costura se convierte en cicatriz, cuando de la pureza blanca de los materiales aparece una línea roja que demarca –nuevamente– un estado de otro. Allí es cuando lo espinoso surge de lo suave y hermoso, ese lado hiriente de la rosa. La identidad entonces se resquebraja. Aparecen los recuerdos gratos de la infancia con sus juegos de desnudos para armar, pero con connotaciones que limitan con lo trágico. El argumento del cuento de la Caperucita Roja se revierte y la ingenuidad se vuelca contra sí misma (las espinas dentro de la capucha), en medio de esa aparente blanca neutralidad. Los vestidos, hechos con gasa quirúrgica y yeso, visten a una corporeidad hueca –imagen de una ausencia–. Sirven también de soporte para una escritura secreta como página desgarrada de un diario íntimo. La procesión va por dentro, y aquella condición de sumisión y silencio –muy propia de la época de nuestras madres y abuelas– lanza un grito ante las espinas punzantes que hieren debajo del ropaje. 

Cuando se establecen límites, decíamos, se visualizan dos situaciones opuestas. En esta relación de contrarios el candor y la ingenuidad se confrontan con la acidez y la corrosión, a veces expresadas con humor inteligente. Lo hiriente, en este caso, se vuelve sarcasmo. Lo cándido es a la vez violento y lo bello encarna asimismo lo terrible. La realidad duele y para muchos enceguece. Tan es así que hilos de cabello –imagen que recuerda a Rapunzel encerrada en la torre– tapan los ojos de las damiselas en los collages, última serie realizada por la artista. En estas piezas la ceguera es la constante. Una forma de no ver una realidad hiriente: tal vez esta condición sumisa y ensimismada de la mujer. Pero asimismo, el incorporar cabello femenino como elemento expresivo le da una veracidad incuestionable a la obra. La realidad, entonces, se hace partícipe de ella. 

Pero esta realidad no sólo encarna hechos incuestionables. También las imágenes simbólicas utilizadas: el traje de la Caperucita, prototipo de un candor ausente; la rosa roja y su condición ambivalente entre lo amoroso y lo hiriente; el juego inocente –Desnudos para armar– y a la vez agresivo, cuando la tijera corta el papel o la tela radicalizando aún más las líneas de corte. Todos estos elementos conforman un imaginario denso y evocador. Se narran historias y a la vez se condensan contenidos a través de la imagen y su habla simbólica. Todo ello recuerda a Rainer María Rilke cuando señalaba en las Elegías del Duino que “todo ángel es terrible”.

SUSANA BENKO

Mari Carmen Carrillo, por Susana Benko | artnexus