La exposición más reciente de Luis Terán (Buenos Aires, 1977) ofrece, además de la oportunidad para ver sus nuevas piezas, una invitación a reflexionar acerca de la tradición y vigencia de la escultura en la Argentina actual. Desplazada durante las últimas décadas por las nuevas formas desmaterializadas, y amenazada también por el reinado de la instalación, la escultura se volvió nicho de los maestros y, como tal, una disciplina generalmente evitada por los artistas más jóvenes. Sin embargo, desde una actitud apropiacionista y/o recicladora, durante los dos o tres últimos años algunos nombres locales volvieron a coquetear con ella. Artistas que utilizan el medio acorde a cada idea (y no a la inversa), capaces de saltar de la fotografía al dibujo o al objeto –Diego Bianchi, Nicolás Mastracchio, Carlos Huffmann y Nicanor Aráoz entre otros–, comenzaron a recuperar desde el presente una idea de tridimensionalidad que había pasado de moda. Luis Terán se inscribe en esa línea que vuelve a abrevar en el bagaje escultórico, aunque con la particularidad de que la mayor parte de su obra ya venía desarrollándose desde hace tiempo en el volumen. Terán llega a la idea canónica de escultura pensándola desde sus objetos lumínicos, piezas agujereadas que interviene con leds que filtran el color de adentro hacia afuera. En su flamante exposición queda sólo una de esas piezas –un conjunto de pequeñas rocas encimadas, perforadas, pintadas e iluminadas en su interior– y se abre paso una nueva secuencia de trabajos que comenta, entre otras cuestiones, el oficio de escultor.

Con la pulcritud que caracteriza a su producción, todo un rasgo de estilo, aun cuando utilice materiales baratos o técnicas casi destructivas, Terán lleva al extremo sus preguntas sobre las diversas ramas de la escultura vernácula. Lo hace como un antropófago, devorándolas: se propone crear esculturas “a la manera de”, permitiendo que su sesgo personal se filtre en el juego. El título de la exposición es Conserva, y resulta aquí apropiado preguntarse qué vale la pena conservar de las tendencias pasadas. ¿La austeridad minimalista? ¿El uso inteligente del conceptualismo? ¿La voluntad constructiva o la abstracción lírica? Terán se calza varios trajes, y todos le quedan bien: las esculturas lucen extrañamente contemporáneas, aun cuando recuerdan a autores de varias décadas atrás. Sin dudas, parte de la efectividad de la propuesta radica en las buenas decisiones del montaje; las obras aparecen dispuestas sobre una tarima blanca que las eleva por sobre el piso de madera de la galería, de un modo orquestal, como si se tratara de diversos intérpretes para un repertorio de intenciones y procedimientos. Netamente diferenciadas entre sí, y a la vez unidas por esa proximidad física que propicia la tarima, las esculturas hablan del pasado sin caer ni en la solemnidad ni en la irreverencia. Terán encuentra el modo de montarse sobre sus citas refinadamente, sin aplastarlas.
En la otra sala de la galería, la primera al entrar desde la calle, el artista presenta una pieza mural inicialmente pensada para ser vista desde el exterior. Se trata de un ensamblado de maderas finas, agujereadas y pintadas con aerosol, colocado delante de una ventana. De noche, la luz de la sala se filtra por los agujeros hacia afuera. Pero de día, al margen de este recurso, se puede apreciar una pieza contundente, dramática, en la que la pintura chorreada y las perforaciones anuncian un nuevo camino, acaso plano, listo para ser explorado desde la mente de un escultor.
EVA GRINSTEIN
