Existe un grupo de artistas emergentes puertorriqueños que han nacido y se han criado y han estudiado en Estados Unidos –o que van a estudiar sus maestrías en algunas de las mejores universidades de Estados Unidos y luego se quedan viviendo en ciudades como Nueva York, Chicago o Miami–, que se distinguen no sólo por la extraordinaria calidad de su obra (Ignacio Lang, Ángel Otero Sofía Maldonado, sólo para mencionar tres) sino por establecer inteligentes y complejos diálogos en su obra con las diferencias entre las “puertorriqueñidades” de Puerto Rico, la isla, y las de la diáspora puertorriqueña que comienza en los años treinta y llega hasta el presente. Un artista que ha venido demostrando su excelencia y originalidad por algún tiempo es Josué Pellot (nacido en 1979 en Mayagüez, de familia aguadillana (de Aguadilla) pero criado y educado en Chicago.
Con una sólida dedicación artística, que incluye un bachillerato en arte visuales de University of Illinois, Chicago (2003), y una maestría en arte visuales de Northwestern University (2006), Pellot se ha criado entre dos mundos: Chicago, la comunidad puertorriqueña/latina de Chicago, y Puerto Rico, donde viaja los veranos desde niño. Y es desde muy temprana edad que se da cuenta de los distintos Puerto Ricos: el romantizado/folclórico para aplacar las crudas realidades de la diáspora y el “real” de la confundida y contradictoria colonia que muchas veces no entiende ni acepta a sus hermanos que tuvieron que emigrar. Y es desde el momento que se da cuenta que es un artista con algo importante que decir que comienza su diálogo estético y ético con estos distintos Puerto Ricos –algo recurrente en nuestros artistas de distintas generaciones que viven en Estados Unidos–, desde Rafael Ferrer, José Morales y Juan Sánchez hasta los más jóvenes.

Pellot comienza a ser evaluado favorablemente cuando interviene en negocios puertorriqueños de Chicago haciendo ingeniosas instalaciones con objetos que definen a un Puerto Rico “turístico”: el Morro de San Juan, bailarinas exóticas y palmeras de luces en las vitrinas. Continúa con proyectos provocadores donde cuestiona los efectos emocionales y existenciales que ha traído este “exilio económico, político y cultural”, “este vivir entre dos mundos”, como expresa el artista.
Entiende claramente que ha habido una pérdida de identidad terrible, a la vez que se construye una nueva identidad, muy distinta (El laberinto de la soledad de Octavio Paz). Comienza un proceso de búsquedas e invenciones que, según Pellot, “le da sentido, fuerza, a su obra”. Su obra se convierte en espejo de la existencia tanto de los puertorriqueños que viven en Chicago como la de los mexicano-americanos y los centroamericanos que viven en esa ciudad. Muchos le dicen que él “puede captar esa división, esa esquizofrenia que viven los que trabajan o viven del welfare en Chicago pero tienen sus mentes en el pueblo que dejaron, y que probablemente ha cambiado radicalmente.
En su más reciente obra, que se presenta desde septiembre de 2010 en el nuevo Museo de Caguas, Puerto Rico, bajo el titulo de Dama a caballo, Pellot ha decidido utilizar unas de las obras icnográficas de la Historia del Arte de Puerto Rico, las Dama a Caballo del extraordinario maestro puertorriqueño del siglo XVIII, José Campeche; de las que existen tres pero la más famosa es Dama a Caballo, 1785, óleo sobre tabla, 15 ¾” x 12, Museo de Arte de Ponce; para esta vez establece un diálogo sumamente complejo con estos preciosos y elegantes óleos de importantes damas de la oligarquía hacendada (montadas a la inglesa y vestidas rica y magníficamente ante bucólicos escenarios naturales que evocan la esencia del rococó).
Pellot –quien siempre trata de revelar, analizar y criticar tanto las enormes diferencias entre los puertorriqueños de las grandes urbes de Estados Unidos y los de la Isla como las enormes similitudes entre los puertorriqueños de la Isla y los de las grandes urbes de Estados Unidos– contrasta en sus excelentes fotografías las blancas e impecables mujeres montadas en caballos de pura raza con sus modelos, jóvenes puertorriqueñas todas de piel morena (“La tipica puertorriqueña de Puerto Rico y de la diáspora”, según Pellot), montadas en los caballos comunes y corrientes que se encuentran en barriadas pobres o de clase media baja, usando de trasfondo residenciales públicos, casas humildes o espacios urbanos mal mantenidos. Lo que se propone Pellot, quien expondrá obras suyas en la magna exposición que está planeando el Museo de Arte de Puerto Rico para celebrar la vida y obra de José Campeche, es que nos demos cuenta de distintas diferencias: pintura vs. fotografía, las mujeres de la oligarquía caribeña y latinoamericana vs. la mujer típica de nuestros países, las caras rígidas y los cuerpos hambrientos. las caras llenas y los sensuales cuerpos, los entornos idílicos. los espacios urbanos de los que viven tratando de sobrevivir.
Para la inauguración de la exposición en Caguas, el artista organizó un impactante donde una de sus modelos –bella, trigueña, sensual, llena de magias– montaba un bello caballo “de la calle” por los espacios de la exposición. Estoy seguro de que Josué Pellot continuará desarrollando su honesto y provocador –y a veces doloroso– discurso estético y ético a niveles inimaginables, niveles que ayudarán a que esta nación dividida continúe entendiéndose mejor.
MANUEL ÁLVAREZ LEZAMA
