El encuentro con la obra gráfica de Jorge Tacla (1958) es con el momento germinal de su escritura: un lenguaje pictórico que emergió desde el neoexpresionismo chileno, a fines de los años setenta, y que –desde el momento de represión política de entonces– se fue desarrollando y recontextualizando en Nueva York, adonde emigró en 1981. Desde esa ciudad, y bajo la curaduría de Francesca Pietropaolo, llegó a Galería Animal Papel, una selección de 25 gouaches y de decenas de dibujos sacados de sus cuadernos de anotaciones. Muchas obras nunca habían sido expuestas, resultando un recorrido inédito y un cuerpo de obra autónomo.
El ejercicio gráfico ha sido fundamental en la producción de Tacla. Línea y gesto han conformado un imaginario sobre el paisaje, la arquitectura, la ruina y el cuerpo, donde el manejo de la mancha (y la humedad) ha determinado un código de bordes difusos, planos traslúcidos y construcciones fantasmales, de luces y sombras casi monocromas, que han vuelto el gesto un residuo.
La autobiografía ha teñido asimismo un repertorio que –desde la lejanía– solía recordar la naturaleza original, el desierto, ajustando la mirada hacia las grandes construcciones del centro hegemónico para revertir el poder icónico en un universo marginal. Entre esos parajes que recuerdan el desolado surrealismo de Yves Tanguy o los cuerpos sacudidos de Francis Bacon, encontrábamos a La Moneda (el palacio de gobierno chileno) en llamas, ícono repetitivo en algún momento, mutando en catedral derruida. Las vistas de Tacla se han plagado de escombros iluminados, citas culturales bajo veladuras, y manchas como heridas o humores sanguinolentos, exudando imágenes desde la memoria: el momento de ese tránsito, en que lo vivido se expresa, está precisamente en el dibujo.

Lo plantea Pietropaolo, ex curadora del MoMA, en el texto sobre la exposición: “Estos gouaches nos llevan así al mundo de las sensaciones y las emociones puras, que permanecen atadas con los delicados filamentos de les intermittences du coeur–dice citando la obra de Marcel Proust–. Es, así, un verdadero viaje al corazón del dibujo como memoria”. Varios trabajos fueron hechos entre 2003 y 2004, cuando su hija –de siete años por entonces– se fue a vivir a España. El acto de dibujar da señales de “la pérdida, la tristeza, el intento de una reflexión interna y la necesidad de remendar”. El resto de las acuarelas fue creado entre 2009 y 2010, y revela “un cambio temático”, agrega el artista, “una madurez; que entendí humanamente el proceso”.
Este repertorio nos abre un universo anterior o paralelo al ya conocido en las grandes telas. Es el momento de conformación de un código, de las estrategias y temas que pueblan su pintura; el momento de estudio de sus imágenes, en que se activa un vocabulario. Es la técnica y el signo depurándose bajo la emoción, íntima y vulnerable; la ligereza del registro fugaz, donde el dibujo es el contacto con el mundo. Manchas y grafismos decantan, analizan. Se vuelven pintura en su fragilidad. Como anotaciones sobre la piel, se ordenan sobre el blanco de los papeles, caligrafías, formas orgánicas, espacios de color, recursos composicionales y fragmentos de paisajes. Aislados y confrontados sobre los papeles, los elementos plásticos se vuelven figurativos. No son paisaje ni arquitectura ni ruina o seres vulnerables bajo el sino del tiempo, sino símbolos en su propia materialidad. Es el momento en que Tacla recoge los escombros de su memoria para extraer lo revelador, lo trascendente. Es cuando uno ve en los gestos, laceraciones; en las aguadas, los humores; en las manchas, vísceras o cuerpos, una llanura árida o células en su cielo acuoso. Hay de fondo un silencio; el retorno a la metáfora y la contemplación.
En medio de la sala, se suma a la muestra una gran mesa con papeles dispersos. Bajo el vidrio, bosquejos de modelos en el taller y fotografías noticiosas, del acontecer mundial, que redundan en el tema de la guerra, la violencia y la destrucción. Nos enfrentamos aquí a referentes más claros y a un instante más pretérito aún, evidenciándose el nexo con la realidad y un particular estado interior.
En el período posterior, hay mayor abstracción y limpieza visual; no obstante, la mancha sigue conformándose como un fluido que atraviesa el vacío y las zonas de color. Es la filigrana de un pulso que –volviendo al concepto de les intermittences du coeur, que retrae la curadora– vacila desde la íntima aflicción en el plano de las relaciones humanas, desde el miedo a la pérdida y al olvido. El cuerpo ha sido modelo redundante que en sus acuarelas es más bien sugerencia, resto y huella. La mancha, un cuerpo herido que susurra en medio de la nada. El cuerpo, una mancha que ya no se enfrenta a la arquitectura en ruinas o al desierto, sino al silencio y la soledad.
CAROLINA LARA B.
