Exposición Individualdic 2010 - feb 2011· Por Adriana Herrera

Heriberto Mora

Alianza Francesa

En Tiempos modernos de Charles Chaplin todavía era posible hablar de amor. En el vértigo contemporáneo, aunque se discuta si ya terminó la posmodernidad, cada vez resulta más difícil hacerlo. Por eso la exposición de Heriberto Mora, The Home (Hogar), en la galería Carré Rouge de la Alianza Francesa de Miami trae a la mente la declaración de Roland Barthes: "Desacreditada por la opinión moderna, la sentimentalidad del amor debe ser asumida por el sujeto amoroso como una fuerte transgresión, que lo deja solo y expuesto". 

Mora se atreve a nombrar el amor humano no como desgracia, sino como propuesta de reinvención del mundo en el espacio de la pintura –Sophie Calle y Marina Abramovic han hecho célebres obras de performance en torno la ruptura amorosa–, de tal modo que propone imaginarios de regreso a la utopía. Un tipo de utopía que no es ya ideológica: por encima del desconcierto de nuestros tiempos deposita en la experiencia del amor una forma de esperanza común. Ese modo de regresar, en plena eclosión de la ironía, al territorio del sueño humano es en sí mismo una transgresión en el espacio pictórico contemporáneo. 

Exposición Individual: Heriberto Mora — imagen 1
Heriberto Mora. Eclipse total, 2009. Óleo sobre lienzo. 76,2 x 61 cm. (30x 24 pulgadas). Foto: Juan C. Mirabal.

Una serie de pinturas se desarrolla a partir del balance entre la presencia de una pareja sentada (posición que en numerosas tradiciones espirituales se asocia a la meditación) y la dinámica de un cosmos sostenido por esta. En todas las escenas, la imagen del oikos –casa, hogar–  funde los espacios de la intimidad con la presencia de lo colectivo instaurando una continuidad entre el adentro y el afuera, lo personal y lo social, y lo tangible e intangible. El oikos está en la pareja unida, pero también es la tierra del origen (Cuba, en su caso) o el tránsito por el universo que se cruza desde un modo de amor. 

Entre los objetos que aparecen reiterativamente en las pinturas están la máquina de coser y el hilo como alusiones al tejido de la realidad, a las posibilidades de remendarlo y, sin duda, a la conexión de cada ser con un campo de fuerzas común que está siendo hilado a partir del modo de habitar casa, nación, o la Tierra. En los antiguos Upanishads el hilo religa este mundo con el trasmundo, y a los seres entre sí. Esa simbología se preserva en su pintura y se aúna a dos elementos estructuradores: lo innumerable (asociado al carácter único y al tiempo integrado a lo multitudinario de cada individuo) y la luz.

Las multitudes aparecen en imágenes metonímicas, y aunque en algunos casos conservan la alusión objetual (por ejemplo, la humanidad representada en ganchos de ropa, vestidos o banderitas), a menudo aparecen como incontables manchones que, no obstante su contigüidad, mantienen la diferenciación de cada figura. 

La ventana, a partir de la cual se irradia la luz, funciona en su poética como umbral entre mundos. El blanco predomina en algunas de las más bellas pinturas de Hogar superponiendo su luminosidad a lo terreno. En Divine Providence la multitud se estructura en torno al cuadrado de una tela blanca, en cuya esquina hay una pequeña máquina de coser. El ojo descubre en ese pañuelo el tapiz del mundo en medio de la atmósfera festiva de las incontables masas de personas. La interacción con lo histórico –incluidas en ello las formas de identidad nacional– supone una atrevida (porque desoye el desdén que inspira lo romántico) forma de utopía. No en vano, Heriberto Mora exhibe también juguetes de madera con minuciosos engranajes conectados con grandes tradiciones filosóficas o religiosas, con un sentido lúdico, pero sin ápice de ironía. 

En Umbral, pieza que debe verse desde el papel de los juegos cósmicos oficiados por parejas míticas, las dos figuras humanas activan un mecanismo de luz y movimiento, el equilibro del círculo por el que se desplaza un tren de madera, y bajo una suerte de telar con una figura blanca protectora, se avizora una torre con los signos de banderas e identidades. 

En Gardening la pareja interactúa a través de figuras de enlace –cuerdas o listones (al modo de titiriteros)–, con la planta de bonsái iluminada por un intenso foco de luz, y su figura reverdecida genera una atmósfera nutricia y de cálida luz que se extiende a la multitud. En La otra orilla su presencia corporal es innecesaria. La obra se resuelve con las metáforas ancestrales del puente y un tránsito sugerido –por un sistema de poleas– hacia la luz total. En Vuelo ciego, la humanidad está sintetizada en el manchón azul de una sola ave que sobrevuela –demasiado al ras– un complejo y vasto laberinto. La perspectiva del observador permite una mirada doble: la del ave intentando sortear las intrincadas paredes y la del que ve, desde arriba, que sólo haría falta elevarse sobre estas. En cada obra opera la transgresión que supone depositar en la noción del amor la fuerza capaz de propiciar ese juego de las transformaciones.

ADRIANA HERRERA

Heriberto Mora, por Adriana Herrera | artnexus