¿Qué se puede decir de una obra abstracta que no responde a los parámetros abstractos de la modernidad? Posiblemente, que es muy personal, pero nunca lo será tanto como para no estar inscrita en el pensamiento que continúa presidiendo ese arte.
La idea de hacer una obra muy personal ─característica indudable de la modernidad─ podría ser interpretada como la actitud típica de muchos artistas de hoy ante la sensación de vacío que pueden sentir al haberse liberado de las muchas y, a veces, muy estrictas constricciones que imponía la modernidad. El arte moderno impactó de tal modo en ellos que algunos pueden haber experimentado esa libertad como un sentimiento de orfandad. Por ello, muchos siguen de un modo u otro afectados por la modernidad, y, bien sea que la nieguen o la reafirmen, siempre tratan de rehuir su influencia. Algunos toman ciertos aspectos del arte moderno para llevarlos a diferentes extremos; otros lo ignoran e intentan hacer una obra propia, que no tenga nada que ver con lo que la modernidad hizo. Tal vez por ello, en la actualidad hay muchas propuestas que apelan a lo autobiográfico.

Si bien estas obras de Azcárate no pueden ser consideradas como propiamente autobiográficas, es un hecho que el medio social donde son creadas influye poderosamente en ellas, porque la artista se identifica con el lugar del mundo en el que eventualmente se integra, y revela la relación artista-materia-medio-obra. Así fue con sus obras anteriores, realizadas bajo la influencia de un viaje a India, cuando a la usanza de las mujeres del lugar comenzó su trayectoria recuperando desechos, bien fueran del cuerpo humano (leche, sangre) o animal (cera, bosta), o bien del cuerpo social (basura artesanal o industrial). Ello sucedió con los despojos del carnaval de Puerto España, restos del vestuario especial de la fiesta: abalorios, cintas, pañuelos, anteojos y otros. Recogidos en las calles al finalizar el evento, fueron pegados luego a cartulinas en el estado arrugado, sucio y abandonado en que eran encontrados, y lanzados al suelo de una galería, para reivindicarlos como obras de arte. Del mismo modo, podemos considerar la pieza construida con chapitas de refrescos, que, recogidas en las calles de diferentes ciudades del Caribe, lavadas y aplanadas, fueron organizadas en los muros de galerías como grandes mandalas, que relacionan los objetos industriales encontrados en esos lugares con la sociedad de la cual provienen, y ponen así de relieve el aspecto sagrado (escatológico) que pueden tener, cuando vienen a conformarse como un medio para meditar.
La obra actual de Emilia Azcárate, Sudoku, responde a un problema muy específico que la artista se ha propuesto en esta ocasión como tema. Consiste en solucionar y, por lo tanto, en llenar las casillas de ese juego matemático que usualmente publican los periódicos de todo el mundo, en este caso mediante el color. En la exposición, este trabajo se resume en cinco conjuntos de piezas (cada una de ellas formada por dos diferentes en tamaño y parcialmente en contenido). Muestran el problema planteado en el periódico (concebido en formato grande) y la solución (en tamaño menor), a través de la pintura.
El interés de Emilia por el Sudoku comenzó en Madrid, donde habita usualmente, y fue impulsado por su padre, quien, conociendo su facilidad y gusto por resolver problemas matemáticos, le hizo ver lo interesante que podría resultarle ese juego. De modo que comenzó a resolver de los sudokus periódicos que usualmente adquiría, inicialmente mediante números, luego asignando diferentes tintes a esos números, tintes que, como los números, no debían colidir en el trabajo pintado. Este proceso está magníficamente demostrado en la sala en una instalación que por uno de sus lados presenta la resolución del acertijo por números, pintado luego en el propio periódico con el sudoku resuelto, mientras el reverso muestra la realidad gráfica del momento.
A pesar de que ahora estamos ante una obra totalmente abstracta, continúa refiriéndose a la realidad de donde ha surgido, bien sea gráfica, como reflejo de la realidad real (tal como es interpretada por el periódico), bien sea social, de acuerdo con el medio en el que la artista se integre temporalmente, y continúa siendo una obra construida con desechos, procedentes del medio.
Vemos así que Emilia Azcárate se acerca cada vez más al aspecto racional, intelectual, del arte moderno. Tanto al plantear los grandes mandalas, que no dejan de aparecer como cuerpos sagrados, como al resolver mediante la pintura los problemas del . De ese modo, un esquema geométrico dado (presentado en el acertijo del periódico) le permite construir bellísimas abstracciones, en el sentido abstracto que tienen los números, a los que el color reemplaza, en especial cuando, al eliminar las líneas de separación entre los campos de color, éste se intensifica y transforma ese problema matemático en otro pictórico y conceptual, como un modo de construir obras nuevas y personales y dar nacimiento así a un arte moderno de nuevo tipo.
IRIS PERUGA
