Exposición Individualdic 2010 - feb 2011· Por Nelly Perazzo

Eduardo Rodríguez

Galería Aldo de Sousa

Mapas de la imaginación, pliegues de una otra realidad, en los detalles y las vistas a distancia de las obras de Reflejos, la última y significativa individual de Eduardo Stupía (Buenos Aires, 1951), en la galería Jorge Mara-La Ruche. Las piezas, en técnica mixta sobre tela y papel, parecen repetirse imperceptiblemente en espejo con composiciones que, cuanto más conocidas, al igual que en la música, más exquisitas y sutiles son sus variaciones. 

Las obras exhibidas parten de una premisa, elaborada en conjunto con el galerista Jorge Mara, que –advierte el artista– “se apega a una matriz constructiva basada en la idea de reflejo, […] no tanto como una configuración de acomodada relación mimética entre las partes, sino como una suerte de rima visual disonante entre sectores del mismo cuadro y también como una analogía, a un tiempo estructuralmente afín y esencialmente refractaria, que se da entre todas las obras que integran la muestra”.

Actualmente, Stupía también sorprende con la exhibición de extraordinarios collages en el Centro Cultural Parque de España, en Rosario (Argentina), como lo había hecho meses antes con Obra reciente, en el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM) de Valencia (España). La mención de estas últimas exposiciones no es azarosa; alumbran otros aspectos de su obra, confirman la multiplicidad de sus intereses intelectuales (vinculados al cine, la traducción, la poesía) y refuerzan la presencia pública del artista en los últimos años, cuando, incluso, realizó una retrospectiva en el Centro Cultural Recoleta (2006) y participó, entre noviembre de 2007 y febrero de 2008, en la colectiva New Perspectives in Latin American Art, 1930-2006: Selections from a Decade of Acquisitions, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA). 

Exposición Individual: Eduardo Rodríguez — imagen 1
Eduardo Rodríguez. Infinito, 2010. Acero inoxidable. Diámetro: 180 x 70 cm. (70 ¾ x 27 ½ pulgadas).

El corazón de la exposición Reflejos está conformado por dos piezas de gran formato (195 x 300 cm), que introducen al espectador a un universo de imprecisas mutaciones y dinámicas y provisionales apariencias, originadas en el dibujo, verdadero protagonista de gran parte de su vida. Manifestación artística de pleno derecho, el dibujo es reivindicado por la praxis de excelencia de Stupía, que lo utiliza centralmente y no como mero boceto preparatorio.

En las obras Sin título de la serie Reflejos el artista trabaja primero minuciosamente la imagen en un sector; luego vuelca en espejo –a través de la fotografía y la proyección– en la otra parte de la tela esta arquitectura, para dibujar dentro de la misma una grafía diversa “centímetro a centímetro”. 

Escribe y reescribe sus dibujos sobre papeles y lienzos, hasta convertirlos en inspirados trazos, surcos y marcas que derivan en manchas y en frondosas acumulaciones de líneas, que adoptan un camino intermedio entre signos más o menos inteligibles y ritmos espaciales. Pero las obras no reflejan un sistema de representación binaria ni exactas simetrías sino un diálogo entre las que, inicialmente, aparecen como íntimas caligrafías o tímidas y disparatadas geometrías –que se agrandan, se independizan, hasta convertirse en una serie de inspirados movimientos–, y planos de pintura, veladuras que surcan la tela como ráfagas de viento que barren lo previamente dibujado.  

Siempre distintas, las obras aparecen construidas sobre una única estructuras; algunas se reflejan entre sí y otras duplican similitudes y atmósferas dentro del mismo cuadro. Poseen un eje y un equilibrio que generan una suma de agitaciones en tonos blancos y negros que, en ocasiones, viran al grisáceo y el azulado. Estas obras convocan al espectador a pensar en paisajes alucinados e inestables, en plantas y espesuras, cascadas y ruinas, núcleos oscuros que se dispersan, luminosidades que se despiertan, siluetas evanescentes.

Eximio dibujante, el premiado Stupía posee una singular trayectoria de más de 30 años, iniciada con una individual en 1973, en la que se dio a conocer con una historieta de pesadilla. Luego, el artista se despojó de los textos e inició un proceso de miniaturización de la representación de objetos y personajes, que se tornó cada vez más laberíntico e indiscernible. Desarrolló un trabajo, poblado de enigmáticas presencias de incierto significado, alejado de las modas y los distintos “ismos”. Incluso, con la misma matriz, hace dos años se volcó al color y la pintura.Pero en este conjunto de 2009-2010, con piezas que se proclaman especulares y cuyas mitades y cuartos no coinciden, volvieron a aparecer de manera intensa signos gráficos y alteraciones veloces, líneas que remiten a escenas que se desintegran, que sugieren silencios pero también sonidos, imprevistas construcciones, en donde pareciera haberse instalado la bruma del olvido, que tapa huellas y sugiere lo inasible, que impide certezas pero que permite al espectador multiplicar el sentido. A propósito de la exposición, la galería, junto a Rabobank International, editó un bello libro-catálogo.

NELLY PERAZZO

Eduardo Rodríguez, por Nelly Perazzo | artnexus