El fotógrafo panameño David de Castro expone sus fotografías más recientes en la Galería Arlene Lachman en Ciudad de Panamá. Se trata de su primera exposición individual, en la que mezcla formatos grandes con piezas más íntimas; su serie de paisajes con otras que hacen referencias a algunos íconos de la Historia del Arte.
Lo más notable es la complicidad que De Castro ha logrado establecer con la luz. De alguna manera, su purismo conceptual no sólo genera una vuelta a la esencia de la fotografía, sino que manipula de manera lúdica los recursos digitales para denunciar sus carencias ante la magnificencia del ojo humano.
Describamos el proceso: en sus nocturnos el artista sólo selecciona el objeto y limita la composición a la escogencia del área enmarcada. Nada tan elemental. Pero las alteraciones llegan solas y con un efecto de inusitado lirismo: el obturador abierto por largo rato, sin trípode, que suele causar imágenes movidas adrede, pero que en estos nocturnos convierte una estrella en insegura luciérnaga, derivada del levísimo temblor de la mano del observador-poeta: la luna que pierde su nitidez para explotar o derramarse sobre las palmas y otros elementos circundantes. Pero en esta guerra de la luz contra la penumbra De Castro deja que la cámara se equivoque: utilizando las mediciones preestablecidas para luz día, luz noche, sobreexposición, etc., crea un abanico de tonalidades que desnudan los componentes del color, dependiendo de la longitud de onda que la cámara misma, en su programación, destaque.

El curioso resultado nos pone ante un mundo inusitadamente irreal a pesar de sernos familiar: una especie de hiperrealidad o, si se prefiere, una deconstrucción no del mensaje, no de la imagen, sino de la luz misma.
Esto significa que sus fotografías no echan mano de los múltiples recursos disponibles en la era digital, sino que respetan al objeto. En este sentido, él no podía prever un resultado tan sorprendente.
El artista no sólo no interviene posteriormente en el computador, en su reiterado afán de afirmar la pureza del proceso de obtención de la imagen. Literalmente, las variaciones cromáticas son el resultado de la exposición de diferentes capas de luz o longitudes de onda, es decir, facetas de una misma realidad lumínica ahora separadas, para sorpresa del espectador, que no sabía tanto. No es surreal, no es gestual, es realidad a la que nos acercamos capa por capa.
Adicionalmente, las imágenes tienen un gran poder de evocación. No sólo por su color, sino porque la imagen alterada tiene la capacidad de sugerir otras cosas, desde la mera atmósfera a lo Turner, con su gran dramatismo, hasta connotaciones sensuales o fantasmagóricas. El más sano ejercicio frente a su obra consiste en impedir el natural afán de identificar el objeto develado por la cámara y acercarse a la obra como si se tratara de una abstracción llena de veladuras y atmósferas: sólo allí hallará el ojo la verdadera intención del artista.
La otra serie presente, si bien tan sólo en unas pocas imágenes, evoca lienzos de grandes pintores como Zurbarán. Lo impresionante es la calidez lumínica que logra De Castro con sólo dejar el obturador abierto en su trípode. La calidad del óleo clásico, que es la calidez del personaje mismo, impresa en papel fotográfico. Hay que aclarar que las escenas elegidas son casuales, no buscan reproducir alguna Obra Maestra del clasicismo, sólo su espíritu, el reto que significa para el fotógrafo acercarse mecánicamente al claroscuro.
Lo que une ambas vertientes en la exposición es el entorno. Toda la exposición fue tomada en el Pacífico panameño, lo que da coherencia al conjunto. Incluso en el par de fotografías que incluyen un personaje: se trata de dar una dignidad particular a la fisonomía de la costa del Istmo: Calibán convertido en Próspero. Pero también paisajes que usualmente vemos a pleno sol, reducidos a un estereotipo: al ser investigados en su dimensión nocturna cobran un protagonismo inesperado.
Sin duda, el resultado sorprendente de este primer experimento de David de Castro ha dejado a un amplio público esperando más. Para esto deberán viajar a Buenos Aires, donde el fotógrafo tiene prevista su próxima exposición, a inicios de 2011.
Es importante además reseñar que la Galería Arlene Lachman ha estrenado su nuevo edificio en la zona de las galerías en San Francisco, con uno de los espacios más frescos e interesantes en el muy activo mercado del arte en la capital panameña. Se especializa en arte nacional, pero prevé incursionar en arte de la región.
KLAUS STEINMETZ
