Exposición Individualdic 2010 - feb 2011· Por Andrés I. Santana

Carlos Estévez

Galería de Arte Luz y Suárez del Villar

Carlos Estévez inauguró su primera muestra personal en España bajo el hermoso título Itinerarium Mentis, en la Galería Luz y Suárez del Villar. Se trata, esta vez, de una exposición que no partió de una tesis curatorial al uso basada en el encargo, sino que, por el contrario, basó su operatoria discursiva en la recuperación de los itinerarios múltiples de más de cincuenta piezas que circulaban por Europa como memoria de exposiciones anteriores del artista. El resultado, luego de una equilibrada maniobra de selección y de organización de la obra, a tenor de asuntos o tópicos que resultan invariantes temáticas y conceptuales de su trabajo, ha sido el diseño de una cartografía donde sobriedad y elegancia se convierten –sin duda alguna– en las señas de identidad más visibles de este proyecto.

Partiendo de una exigencia impuesta por el metraje mismo del espacio expositivo (bastante angosto pero sorprendente en sus posibilidades camaleónicas y travestis) y de la premisa de hacer conocer la obra del artista a través de una selección enjundiosa de piezas, la muestra se articuló sobre la demarcación consciente de dos áreas bien diferenciadas entre sí (aunque dialogantes siempre) que permiten una proximidad y acercamiento a la obra de Carlos Estévez. En una primera parte del espacio, el criterio de montaje sigue una línea depurada, casi minimalista en el modo de presentar la obra; mientras que en el área contigua a ésta se optó por recuperar la noción de gabinete decimonónico con el claro propósito, acertadísimo, de trazar una cartografía múltiple mediante la cual el espectador puede acercarse a la obra creando sus propios trayectos y recorridos sin una inducción premeditada que recorta la polivalencia perceptiva y los criterios de disfrute de una obra rabiosamente rica en cuanto a sensibilidad y profusión existencial se refiere. 

Exposición Individual: Carlos Estévez  — imagen 1
Carlos Estévez. Habana, 2000. Madera policromada, tela y ojos de vidrio. 70 x 30 x 20 cm. (27 ½ x 11 ¾ x 7 ¾ pulgadas).

Itinerarium Mentis advierte, por sobre todas las cosas, que Carlos Estévez es un hacedor de metáforas, un relator de experiencias esenciales, un arqueólogo del alma, un alquimista que hace transmutar el estado bruto de la materia en instante de poética. Su obra es, por tanto, un ejercicio de escritura, una desviación narrativa de la hermenéutica y sus usos culturales, un modo de articular profusas constelaciones que se solapan y colapsan en un palimpsesto enfático en el que se descubren las huellas del hombre en la urdimbre simbólica del universo y el cosmos. 

Estas láminas del Yo, del ser expandido que no reconoce para sí la tiranía de un único modelo de virtud, son convertidas entonces en una especie de tratado ontológico, en una suma de fragmentos que orquestan el coro de una subjetividad esculpida desde la pasión, y no así desde el régimen de la razón que parece regir la lógica de la existencia. Lo racional aquí se repliega, negocia su más rancia hegemonía y se supedita a una emotividad que trenza el tejido axiológico de la obra. 

Mientras los dispositivos retóricos de la modernidad rindieron tributo a la razón y a la noción de progreso, basados en la idea de un modelo estéril que recortó los límites del hombre y del mundo, el trabajo de Carlos Estévez, por el contrario, sustantiva la erótica de un culto sofisticado y sutil al universo espiritual del hombre. Sus visiones, entre telúricas y místicas, diseccionan el cuerpo en cuanto arquitectura de la rigidez y del espasmo, reconstruyen sus fragmentos sujetos a la dispersión, a la pérdida, y dislocan el abecedario de la razón instrumental para inaugurar –entonces– otras identidades, otros modelos inéditos de la existencia que, acaso, puedan resultar más cercanos a la realidad misma. Modelos que –con mucho– escapan del escepticismo y la esterilidad del orden de lo real para hundir sus raíces en el reino de la utopía.

Sus obras señalan a un hombre que es a la vez cosmos y Dios, totalidad y fragmento, voz y escritura. Todas ellas cifran el relato de una comunión indeleble de profunda introspección y espiritualidad. Susceptibles de ser entendidas como variantes de una práctica antropológica y mística, estas láminas actúan desde los márgenes ecuménicos de múltiples cosmogonías. De ahí su apariencia de escritura cifrada y hermética, de mapa simbólico que marca sus propios trayectos hacia la emancipación y lo trascendental. La obra es convertida en plegaria, en proposición votiva donde se ausculta la dimensión ambivalente de la condición humana. Los opuestos se diluyen, se colapsan sus márgenes, se hacen explotar sus perímetros en un ejercicio de aniquilación, al mismo tiempo que de restitución.

El agnosticismo, la cabalística, lo esotérico, la magia, las disquisiciones sobre la existencia de Dios, los textos canónicos, el saber enciclopédico y el sincretismo de mitologías y visiones que se aposentan en el tejido de la historia, se amalgaman en una obra que reflexiona sobre el mundo de los objetos y de la cultura a través del prisma de una espiritualidad delicada y de un eclecticismo narrativo dibujado sobre un paisaje simbólico de claras resonancias poéticas. Cada pieza abre un interrogante que pretende buscar respuestas (posibles) sobre las experiencias cognoscitivas del sujeto y su relación con la historia. Tal y como afirma el propio artista, “pienso que las obras trascienden a las palabras y los actos; son un esfuerzo supremo del hombre por conquistar el universo que es él mismo, para lo que se requiere constancia, pues las obras son marcas que te mantienen vivo y te ayudan un poco –y sólo algunas veces– a presentir cómo es Dios”.

ANDRÉS ISAAC SANTANA

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