Betsabée Romero

Betsabée Romero. Ayate Car, 1997. Insite. Colonia libertad. Tijuana. Ford Victoria 1955 entelado y pintado al óleo con 10,000 rosas secas al interior.

Monografíadic 2010 - feb 2011· Por Santiago Espinosa de los Monteros

Betsabée Romero

Poética de lo urbano

Desde sus inicios, Betsabée Romero centró su interés en un entorno de enorme riqueza visual. La vida cotidiana de Ciudad de México presenta una gama especialmente amplia de referencias iconográficas que van desde lo prehispánico, lo colonial y muy especialmente, lo contemporáneo aderezado con factores que han ido alimentando nuestra iconósfera hasta enriquecerla y convertirla en un todo de gran presencia.

En 2005 asistí de manera recurrente al estudio de Betsabée Romero. Producía por entonces una de las piezas más importantes de su trayectoria: La casita de la huella. Consistía en una construcción de tabiques. Cada uno de ellos había sido hecho ex profeso y desde el molde en el que se fabricó se le había hendido la conocida imagen de la familia cruzando un camino, silueta en negro que se encuentra reproducida en las señalizaciones de las carreteras del estado de California fronterizas con México. 

Afuera de esa casa, como si saliese o entrase, una llanta a la que había labrado la misma imagen. La familia cruzando es un aviso a los automovilistas para que tengan precaución, pues muchos inmigrantes indocumentados, al huir de la policía migratoria, salen corriendo y cruzan autopistas para salvar sus vidas. La llanta fuera de la casa está lista para rodar llevando infinitamente con esa acción a la familia labrada que intenta escapar, ahora tocando el suelo debajo de una rueda que la contiene.

La infinidad de significados que se cruzan y entrecruzan es enorme y potente. Ese ha sido quizá desde siempre uno de los distintivos más recurrentes en la vasta producción de esta artista. 

Desde sus inicios, Betsabée Romero centró su interés en un entorno de enorme riqueza visual. La vida cotidiana de Ciudad de México presenta una gama especialmente amplia de referencias iconográficas que van desde lo prehispánico, lo colonial y, muy especialmente, lo contemporáneo aderezado con factores que han ido alimentando nuestra iconósfera hasta enriquecerla y convertirla en un todo de gran presencia.

Monografía: Betsabée Romero — imagen 1
Betsabée Romero. Joyas que encadenan. La cadena de plata, 2008. Instalación con llantas y pintura.

Algunas de las raíces más cercanas al trabajo de Betsabée Romero son identificables en una época que ronda los años sesenta, década en la que finalmente se malogró el proyecto de México, que intentaba ser un país inserto en el concierto de las naciones y con los ojos puestos en el Modernismo imperante. Me refiero específicamente a los últimos momentos de lo que se conoció como el período del “Desarrollo Estabilizador”. México se alejó  –sin prisa pero sin pausa– de modelos de crecimiento económicos entonces contemporáneos. Se vivieron los anhelos del Modernismo, pero ni llegó la modernidad ni tampoco la anhelada modernización del país.

En la industria, la política, las finanzas, el proyecto modernizante daba golpes de timón que poco ayudaron al avance en paralelo con otras naciones que sí lograron progresos importantes. Sin embargo, culturalmente las cosas eran diferentes. Si en el terreno de la cultura ya había un tono de modernidad fácil y rápidamente adoptado por creadores visuales, escritores, académicos y pensadores, el Estado, en cambio, marcaba una distancia cada vez mayor entre quienes pretendían regir ese nuevo proyecto de país de avanzada y quienes padecían, cada vez menos mansamente, los designios de un México que limitaba con rigor el acceso a nuevos bienes que suplieran las viejas adquisiciones.

Este es uno de los momentos que, con una mirada retrospectiva, marcan de manera indudable la obra de Betsabée Romero. Uno de los sectores más representativo de este intento modernizador es justamente el automotor, conocida zona de medición y toma de pulso que nos da buen parámetro. Quienes ya tenían un auto o lo podían adquirir, lo habían hecho con grandes esfuerzos, y ése sería su transporte por los siguientes diez o quince años.

Monografía: Betsabée Romero — imagen 2
Betsabée Romero. Bordado sobre viejas banderas, 2010. Instalación con llantas, pintura y banderas impresas.

El consumo en accesorios para ese auto que era ya como un miembro más de la familia, sin proponérselo, iba dibujando muy claramente las preferencias estéticas de los dueños. Ante la imposibilidad de la población mayoritaria de cambiar su auto por el último modelo de cada año, quedaba la posibilidad de personalizarlo, en aras de una actitud en apariencia deseable, pero que en el fondo estaba más cerca de una búsqueda de arraigo de las inconscientes reivindicaciones fundacionales de la cultura mexicana.

El automóvil que prototípicamente representó a un amplio rango de clases sociales es el hoy descontinuado Volkswagen sedán, o escarabajo. Conocidos también como los Vochos, estos autos eran una clara extensión del progreso, del avance social, de la posibilidad de autonomía de movimiento, pero también de adecuarlo al gusto personal. Después de algunos años de uso, estos vehículos empezaban a recibir adornos, pintura nueva, pegatinas, peluche en los tableros, imágenes sacras adheridas con imanes y un sinnúmero más de elementos que delataban el gusto personalísimo del dueño. Pero más allá se encontraba subyacente la reconstrucción de un entorno cargado de información simbólica que revestía al dueño del auto con su propia historia.

Es por esto que en la larga trayectoria de Betsabée Romero el automóvil es uno de los temas preponderantes en los que aglutina un sin fin de dispositivos que sirven para dar cuerpo a uno de los discursos más sólidos del arte contemporáneo mexicano. Los componentes periféricos al tema del automóvil se convierten en su trabajo en rutas que se desarrollan generosamente otorgando no sólo lecturas novedosas, sino incluso resignificaciones de muchos de los elementos que en otro contexto tendrían un uso distinto. 

Romero hace “descubrimientos” de los diferentes significados de las cosas. Un espejo, un capó, el parabrisas, una llanta, dejan de serlo para convertirse en extensiones del imaginario. Se trata en todos los casos de objetos ordinarios utilizados de manera extraordinaria. Esto obedece, en gran medida, a que esta veta del mexicano de atesorar, acumular y guardar cosas pone en evidencia que en el pasado no siempre tuvo la posibilidad de deshacerse de bienes y renovarlos rápidamente. Y el tema era no sólo guardar, sino alterar y modificar aquello guardado dándole incluso usos diferentes. 

Monografía: Betsabée Romero — imagen 3
Betsabée Romero. Ojivas de la memoria, 2008. Serigrafía sobre papel picado de colores. Diámetro: 100 cm. (39 1/3 pulgadas).

Sobre esta línea de trabajo, una de sus piezas más representativas data de 1997. Se trata del conocido Ayate Car, un viejo Ford Victoria de 1955 que fue llevado desde Ciudad de México hasta la ciudad de Tijuana y ubicado no sólo a unos metros de la barda que divide a México de Estados Unidos, sino también de un túnel clandestino por el que diariamente cruzaban centenares de trabajadores indocumentados. A decir de la propia Betsabée Romero, fue la primera vez que trabajó en una comunidad para realizar una pieza: “Tal convivencia cambió sustancialmente mi forma de concebir el quehacer artístico”.

Como es evidente en el título que dio a esta pieza, la mirada de esta creadora recoge también algunos de los momentos más conocidos de la creencia religiosa popular. El auto instalado en la frontera estaba no sólo pintado con rosas sino también lleno, pletórico de ellas en su interior, haciendo referencia a la leyenda que cuenta que del ayate del indígena Juan Diego cayeron rosas de castilla y develaron la imagen de la Virgen de Guadalupe, venerada deidad mexicana de potente simbolismo.

El capó de un auto ahora es un exvoto, y en él se han plasmado escenas en las que se narran historias como en el pasado se hacía también generalmente sobre pequeñas láminas que se dejaban en las iglesias para agradecer favores a los integrantes de las cortes celestiales. 

Es claro que una de las partes más destacadas de la producción de Betsabée Romero es aquella que fluye de manera paralela a una sociedad que produce, vive, ejerce y distribuye muchos de los objetos sobre los que ella realiza su trabajo. De ahí su intensa labor en comunidades y con grupos de personas que, aunque no siempre son creadores visuales, sí pertenecen a alguno de los campos en los que ella también actúa como “alteradora” de aquella realidad que en sus manos toma un cuerpo totalmente novedoso y lleno de nuevos significados.

Monografía: Betsabée Romero — imagen 4
Betsabée Romero. Símbolo masticado, 2005. Llanta, pintura.

El espacio urbano, campo de acción de enorme relevancia de esta artista, ha sido receptor recurrente de su trabajo. Autos ubicados en las aceras, parques, fuentes, rotondas a las que ha escrito un texto efímero con agua, llantas que ruedan entintadas para hacer larguísimas impresiones de lo que en ellas se ha esgrafiado, son sólo algunas de las estrategias de producción y creación de nuevos significados. A partir de descontextualizaciones, reunificaciones de piezas que antes de pasar por sus manos tenían otros significados, y, fundamentalmente, la creación de una nueva, singular estética que ocupa el espacio medio entre el objeto popular, el objeto artístico y la obra complejizada conceptualmente, encontramos que esa nueva pieza creada ahora es capaz de influir al entorno del que fue extraída antes de su resignificación. Es claro que la particular ubicación de las obras de Betsabée Romero es definitoria de la vocación de esas piezas y su comentario. El entorno, indudablemente, se convierte en parte de su pieza.

Recordemos que los rituales de los antiguos mexicanos, los prehispánicos, eran todos al aire libre. Quizá inspirada en esa vocación lo es también la práctica artística de Betsabée Romero, quien utiliza mayormente los objetos pertenecientes al uso de los espacios públicos (de ritualidad o de simple ejercicio civil), como parte del traslado contemporáneo, pensado para hacerse a cielo abierto. Lo urbano aquí se revela después de largos procesos de observación como el espacio asimilado y ganado a favor de un campo propicio de trabajo y relectura de sus propuestas plásticas.

Estos traslados implican igualmente una singular movilidad de significados que se da de manera intensa entre las diferentes culturas contemporáneas, especialmente aquellas que encuentran su mejor espacio de crecimiento en las macroconcentraciones humanas de México, India o Egipto, por citar a sólo tres de los países donde ella ha producido obra, por no mencionar las zonas fronterizas, muy especialmente la de Tijuana/San Diego, a las que ha dotado de piezas. Estos diálogos interculturales son, de alguna manera, el centro del trabajo de Betsabée Romero, quien despliega su interés trabajando entre los paradigmas culturales abiertos ahora desde sus simbolismos a nuevas lecturas.

Monografía: Betsabée Romero — imagen 5
Betsabée Romero. La casa de la huella, 2004. Llanta tallada, ladrillos y madera.

Su trabajo más reciente ha hecho más complejas aún las maneras expresivas ya de por sí montadas en estructuras plagadas de referencias. Grandes círculos de papel a la manera de los papeles picados usados popularmente en las festividades mexicanas, especialmente de los pueblos y barrios, son colgados a una distancia de unos cuantos centímetros del muro. Una luz los ilumina central y directamente. Detrás de ellos, una sombra que no es. Se trata de un círculo que Romero ha reproducido con pintura, justo sobre el área en la que caería la sombra real. Ha fijado de esta manera, y ubicado en lugar permanente, una de las formas más efímeras y delicadas de la imaginería popular mexicana, como lo son los papeles picados. Aunque parecía imposible, con esta serie de obras logra institucionalizar la fiesta o hacer indestructible la evocación de un mantra que cuelga ante nosotros produciendo una sombra que permanecerá ahí aún después de que se le haya retirado.

Una obra que condensa de manera singular los procesos de reflexión de Betsabée Romero es Símbolo masticado. Una llanta ha sido esgrafiada con el escudo nacional. En palabras de la propia autora, “Después de grabar las llantas en esa búsqueda arqueológica de lo atropellado por la modernidad, vino la idea de incrustar en la huella. El hule negro me invitó a buscar otros materiales de desecho y pensé en el chicle, que es el símbolo de la cultura que ahoga y asfixia la memoria, pues la historia tiene una piel viva y el chicle es sólo sabor que se consume y material que se tira. Esta llanta de tractor es para mí el instrumento de trabajo del campo, su residuo. Lleva grabado el símbolo patrio pero completamente tapado por chicles de sabores, lo que provee una versión superficial y desendulzada de nuestras cicatrices y surcos históricos”.

La rueda en manos de Betsabée Romero se convierte en un contemporáneo Ouroboros, metáfora de la serpiente que se muerde su propia cola. El traslado infinito del círculo que a su paso va reproduciendo aquello plasmado sobre ella puede llevar la imaginería resignificada hasta niveles insospechados en la iconografía contemporánea.

El tiempo circula y se multiplica mientras que la rueda existe sobre un camino. Ésta es una nueva poética de lo urbano que no está exenta de una melancolía de lo autoritario. Como espectadores, el maravilloso aparente desorden de la rica producción de Betsabée Romero nos deja un hondo, profundo y nuevo amor por lo mutable.

SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTERO

Curador independiente.

Betsabée Romero, por Santiago Espinosa de los Monteros | artnexus