Sinécdoque se presentó en una de las salas de Galería Moro como una retrospectiva “comprimida” de Arturo Duclos (1959). En unas 15 obras que recorrieron de 1988 a 2010 su producción bidimensional, fue posible un reconocimiento de sus códigos y estrategias esenciales, incluyéndose ejemplos de series como las Composiciones Suprematistas y, en menor número, algunas investigaciones sobre nuevas superficies y signos.
Desde los años ochenta en Chile, encontramos al artista dentro de un grupo que trabaja la pintura en forma crítica, con Juan Domingo Dávila (1946) y Eugenio Dittborn (1943) en el momento inaugural. Duclos se sitúa desde esa pintura crítica, relacionado también con los desplazamientos del grabado que en clave conceptual incentiva el maestro Eduardo Vilches –a partir de los postulados de Luis Camnitzer–, en la Escuela de Arte de la Universidad Católica. Duclos fue su alumno y sintoniza allí con esta vertiente, erigiendo un trabajo de controlada factura y economía formal, donde la gráfica es básica en el momento de manipular signos propios de la historia del arte, de la ciencia, la religión, y de las grandes ideologías del siglo XX.
Figuras como la cruz, la hoz, el martillo, estrellas y espadas cruzadas son características en su producción de los años ochenta y noventa. Lucen sobre la base de órdenes abstractos y fondos de parco cromatismo, que el artista trabaja pictóricamente como textiles o brocados en tonos ocres, azules y grises. El artista puede incluir además imágenes extraídas de un archivo continuo de mapas cosmológicos, tablillas del I Ching, fotografías encontradas, ilustraciones de libros, insignias, revistas populares y publicaciones esotéricas, así como textos, generalmente en latín. Lo que construye en cada cuadro es una suerte de emblema que parece ligado a la cábala o la alquimia, donde puede comparecer incluso el objeto.

Con este registro, Duclos se instala justo en el fin de las utopías. Con estrategias como la recolección, el recorte, el montaje, la fragmentación, el collage y la cita, se relaciona al conceptualismo, a la teoría de la comunicación, al posestructuralismo y el posmodernismo. Su fijación es suspender el sentido de los signos culturales; desde la ambigüedad y el misterio, trastocarlos. El artista descontextualiza y recontextualiza esos símbolos y signos en una pintura que es más bien diseño, donde los fondos de discreta pictoricidad soportan las representaciones gráficas multievocadoras y al mismo tiempo sin significados directos.
Duclos ha trabajado también con el ámbito objetual y la instalación, recurriendo a elementos como huesos humanos, sangre y orina, estableciendo un contrapunto entre ese trabajo con signos como corporalidad expandida de la historia y la cultura, y el cuerpo ausente-presente en sus indicios. Esta faceta no está en la retrospectiva. Tampoco bien graficado el salto que dio el último tiempo a una obra de gran limpieza visual, donde ha sorprendido con signos más crípticos aún que lucen aislados en fondos monocromos, fuertes y vibrantes, fosforescentes incluso. De hecho, en la muestra el cambio es tremendamente drástico: del repertorio reconocido, pasamos a algunas experiencias sobre textiles, y de pronto nos encontramos con dos cuadros en acrílico, que corresponden a una serie de los años 2006-2007, donde el artista intenta representar estados meditativos o de iluminación interior, el paso de la vida a la muerte tal vez, suspendiendo incluso el concepto para abrirse al infinito de telas que parecen resplandecer desde el interior. El salto se vuelve incoherente si no sabemos que de por medio hay toda una investigación sobre nuevos recursos plásticos, sobre la cultura oriental, y una profundización en signos esotéricos.
En esas visiones de signos perplejos y máxima retención pictórica, que evocan estados espirituales, Duclos ha dicho que entabla una crítica al exceso de conceptualismo y erudición del arte actual. Renegando de sus orígenes, ha buscado replantear la experiencia estética en la contemplación pura.
Retomar comprimidas en una sala piezas representativas de una producción de casi treinta años reflejó el buen olfato comercial de la galería, pero evidenció al mismo tiempo la mala administración de obra por parte de Duclos. Si esto es vital o no para un artista, se respondía a pocas cuadras de la sala, visitando la muestra de Eugenio Dittborn, por entonces instalada en el Museo de Artes Visuales. Allí no sólo se podía comprobar el alto grado de filiación de Duclos con el maestro chileno, sino un montaje a la altura, donde cada tela respiraba en un conjunto no numeroso pero capaz de interrelacionarse a través de cuatro grandes salas. La exposición era un recorrido exhaustivo a través de aeropostales, videos y un libro paralelo, obedeciendo claramente a las intenciones de un artista obsesivo por controlarlo todo. Dudo que Duclos haya operado a este nivel en Sinécdoque, donde el título entabló, eso sí, una relación coherente entre el tipo de montaje y el código conocido, operando en cada tela elegida el signo por el todo.
CAROLINA LARA B.
