Landscape, la más reciente muestra personal de Agustín Bejarano, inaugurada el pasado 11 de agosto en Galería Habana, es una exposición que sobresale ante todo por su profundo acento ecológico y medioambientalista. La relación del hombre con la naturaleza deviene el eje temático rector de este conjunto de lienzos de grandes formatos; una relación que se da siempre mediante el vínculo afectivo, de tintes románticos. Se trata de una suerte de retorno a los orígenes, a la vegetación primigenia, a un entorno rural prístino, descontaminado de la acción “civilizatoria” y a la vez destructiva del ser humano. Aquí observamos al individuo en ese goce íntimo de la soledad campestre, del silencio y la quietud que nos niegan las agitadas atmósferas citadinas. Hay mucho recogimiento en estas imágenes, retiro espiritual, paz. Y en medio de semejante contexto, el hombrecillo protagonista de la obra del autor (ese que lo ha acompañado en todo momento) se decide a hacer el fuego a la luz de la luna, tal vez para dejar su huella en ese inquietante y seductor paisaje que lo atrae de manera irremediable, al tiempo que lo minimiza, lo disuelve, lo anula (Hoguera, 2010). Tal vez se esconden también algunas reflexiones en torno a la llama como fuente de vida, como el germen de la familia, del hogar.
La idea del vacío resulta igualmente medular en estos trabajos. El infinito, la nada, ese punto cero o estado ausente que provoca la meditación más reposada en nuestras mentes. Y en este sentido la concepción museográfica de la exposición es muy orgánica, acertada, en cuanto se pone al servicio del contenido de las piezas y apela de manera perspicaz al espacio vacante de las propias paredes del recinto como un elemento esencial de significación. Asimismo ocurre con el manejo de las luces, básicamente tenues, sobrias, lo cual es muy coherente con la atmósfera de estatismo y el sentido minimal de los paisajes expuestos. Nuevamente, Galería Habana demuestra ser uno de los espacios de exhibición de mayor impacto y agudeza museográficos de nuestra ciudad (algo no muy usual en nuestro sistema galerístico).

Dentro del conjunto de la obra toda de Bejarano, esta muestra representa cierto punto de giro (más de continuidad que de ruptura) en lo que respecta al par figura/fondo, o, lo que es lo mismo, sujeto/entorno. En comparación con trabajos anteriores del autor, en estas telas el individuo pierde considerablemente espacio y protagonismo en relación con el ambiente que le circunda. El típico hombrecillo al que estamos acostumbrados se va haciendo cada vez más pequeño, ínfimo, a la vez que el entorno se maximiza. Tanto es así que en piezas como Tempestad y Dos caminos llega a desaparecer por completo, quedando sólo algunos vestigios de su paso, como el humo del fuego –quizás ya extinto– y un angosto sendero en la hierba. Las preguntas serían: ¿a dónde se ha ido? y ¿por qué? Pareciera que estamos divisando una secuencia cinematográfica, en la que un sujeto llega, contempla y goza el hermoso paisaje, hace una hoguera y decide pernoctar, lo atrapa una tormenta (o la lava de un volcán: ), y luego todo queda en suspenso, sin que sepamos qué sucedió con él, si sobrevivió o ha muerto, si se extravió o marchó por voluntad propia, si está a salvo o corre peligro… Y todas esas dudas confieren un atractivo adicional a dichas imágenes.
Estamos ante paisajes que se alejan de estereotipos, de clichés, sobre todo en lo que atañe al tan llevado y traído mito del colorido y la intensidad de la luz y la vegetación tropicales, elementos sobredimensionados en ocasiones (todavía hoy) como una fórmula fácil al servicio de cierto “exotismo” de souvenir. La gama cromática empleada por el artista privilegia los ocres y los grises, la neutralidad y frialdad del color, lo que refuerza ese ambiente casi siempre sombrío, donde no hay sol, ni palmas, ni bohíos… Y es que nuestra isla es más que todo eso. Su dinámica (material y espiritual) es mucho más compleja. Ella también puede presentarse lúgubre, entristecida. Bejarano lo sabe.
PÍTER ORTEGA NÚÑEZ
