En una pintura de 1974 intitulada Mi Homenaje al cuadro en la que, sobre fondo negro, cohabitan dos cuadrados del mismo color beige (uno está inclinado, y el otro, del que no aparece sino la mitad, presenta una línea de ruptura dentada), Águeda Lozano (México, 1944) se aleja definitivamente de las posturas supremacistas y minimalistas europeas o de las de los constructivistas y cinéticos latinoamericanos, que, por parentesco cultural, podrían serle mucho más cercanos. Frente al movimiento geométrico mexicano que marcó los años setenta, ella adopta el papel de y no desmiente la independencia asumida. Introduciendo en su propia geometría una ruptura fundamental –la línea quebrada–, que se convierte hasta hoy en la principal característica de su universo espacial, tanto pictórico como tridimensional, no sólo propone un choque dialéctico esencial para la lectura estética de sus obras, sino que introduce en su geometría una dimensión que podría calificarse de “sensible”. Cuando reivindica su proximidad a la pintura, se refiere primeramente al siglo XV, con Paolo Uccello (La batalla de San Romano), y luego a los mexicanos Gunther Gerzso y Vicente Rojo, y al estadounidense Rothko. Explica que si su trabajo escultórico proviene de la pintura, ninguna pintura precede jamás de una de sus esculturas, puesto que ella trabaja directamente sobre maqueta. Esta es, sin duda alguna, la manera original que tiene de conjugar pintura y escultura en una armonía conceptual: sabiendo situarse y diferenciar cada espacio de creación, dando prioridad al dibujo, apegándose al impacto del material y al papel que desempeña la luz, y buscando, dentro de un gran rigor, “hacer nacer la emoción en el observador”, que permitió a la artista mexicana imponer sus propios conceptos en un universo artístico globalizado, en donde las presiones de todo tipo hacen flaquear a menudo las mejores intenciones, hasta caer en la disolución y la repetición.

Artista abstracta desde siempre, ella dibuja y construye en sus telas y esculturas un “paisaje” escueto que está basado en un vocabulario formal en el que se incluyen curvas, volutas, plegados, ángulos agudos, sinuosidades, líneas quebradas, redondeces, inclinaciones, agujas y puntas, etc., con el interés permanente de exceder al material, para ir cada vez más lejos, en la búsqueda de las propuestas plásticas que surgen de ello. La exposición que presenta la Maison de l’Amérique latine en su nuevo espacio, con un hermoso conjunto de ocho esculturas de gran tamaño (2009-2010) en acero inoxidable, nos invita a entrar en la obra, a la vez compleja y rigurosa, de una artista que se caracteriza, desde hace más de cuatro años, por la constancia de su trayectoria íntegra y sin concesiones. El escenario escogido para esta exposición al aire libre, difícil por su forma arquitectónica circular (patio de una residencia del siglo XVIII) y por su suelo adoquinado, que le da una fuerte identidad, obliga a un diálogo con toda obra tridimensional contemporánea. Si Águeda Lozano aceptó inaugurarlo y logró salir airosa de este desafío, fue porque cada una de sus piezas es única y revela, en la experiencia de la visión, siempre algo inesperado. Inscritas en un ritmo que prioriza tanto el movimiento como la estabilidad, en una simbiosis constructiva en la que nada parece fortuito, sus esculturas son sin embargo el fruto de un trabajo que deja amplio espacio a lo imprevisto, a lo que el acero mismo propone, sabiendo al mismo tiempo superar los límites que dicho material impone. Águeda Lozano nos explica que realiza sus esculturas con la ayuda de un obrero y que el proceso de construcción es bastante libre, puesto que ella termina siempre por apartarse de la maqueta, pero que estos “accidentes” son beneficiosos, ya que permiten insuflar a la pieza un nuevo vigor, y a la artista nuevas ideas que la llevan cada vez más lejos en el descubrimiento de las posibilidades del material, para enriquecer finalmente el diseño inicial.
Su conocimiento del acero, al que permanece fiel desde hace más de treinta años, da testimonio de una estrecha relación, casi carnal, con un material cuya frialdad y rigidez ella transgrede, permitiéndose matices y juegos de luz y sombra en torsiones, diferentes formas de pulido, cortes, superficies curvas y planas, etc., sin olvidar nunca que esculpir no es un fin sino un medio. Ya sea que trabaje en formatos medianos o grandes, como vemos en esta exposición con La dernière page (La última hoja; 132 x 75 x 85 cm, 2009-10, acero inoxidable); Monarque (Monarca; 149 x 205 x 20 cm, acero inoxidable, 2009-10) o Ecoute céleste (Escucha celestial; 200 cm de altura, acero inoxidable, 2009-10), o en tamaño monumental (esculturas urbanas de Monterrey, Ciudad Juárez, México DF o París), las esculturas de Águeda Lozano metaforizan la fusión de arrebato y estabilidad, una dinámica en equilibrio y una depuración “barroca”, las cuales traducen lo que la artista intenta expresar sobre el cambio constante del universo: que el fin de una cosa no es más que el comienzo de otra y que la estética, en lo que a ella se refiere, puede llevar a una interrogación existencial.
CHRISTINE FRÈROT
