Con una provocadora instalación se recibía al visitante en la inauguración de Muros reales, muros virtuales, muestra personal de Abel Barroso que se presentó en septiembre en la galería Villa Manuela. Allí, un “pasaporte” del Norte o del Sur resultaba ser el premio a quienes acertaron en ubicar más de un aro de madera en las barras sobresalientes de un gran planisferio. El público descubría al acceder a la exposición esa obra inédita, núcleo principal de lo que constituyó la presentación en La Habana de este proyecto de Barroso, que, comisariado por la investigadora Michèle Dalmace había sido exhibido en mayo en Espace Saint Rémi en Bordeaux, Francia. El juego que proponía Doble nacionalidad reiteraba el interés del artista en relación con el carácter lúdico y participativo de sus obras, en cuanto metaforizaba de manera notoria por medio de él diferentes aspectos de lo relacionado con la emigración, tema de incidencia global y particularidades contextuales, que resultaba puntualmente condensado en aquel sarcástico y azaroso divertimento con argollas en el mapamundi. Los vencedores eran recompensados simbólicamente por sus habilidades con el documento de identidad (en realidad, serigrafiado e intervenido), que permite a los individuos, desde la legalidad, desplazarse por el mundo.

Eran matriz xilográfica todas las piezas reunidas allí, desde cuyas superficies descarnadas la madera, como material, conformaba objetos tridimensionales y ofrecía un singular comentario. Sobre ella una y otra vez Abel Barroso dejó inscritos mapas, amplios territorios continentales impregnados de sentidos en su comentario acerca de los muros crecidos de los desentendimientos globales, hemisféricos y locales. Así, la ciudad pasó a ser una huella en la que todos resultábamos incluidos: la suma de historias, conflictos, sueños y frustraciones, que han tomado de lo acaecido en regiones diversas. Los rascacielos o torres y las simples casitas modelaban la idea acerca de un país, y también un símil que alcanzaba a definir a los hombres a partir del sitio de dónde provienen. Desde esas coordenadas el artista nos hacía llegar sus juicios acerca de los límites, fueran físicos o intangibles, estructurando en síntesis un tema a partir de esa fractura entre Tercer y Primer Mundo, entre espacios que se fragmentan y/o desarticulan, ya sean ciudades, individuos, familias, o la propia sociedad en su totalidad.
Se descubría una particular narración acerca del tema, lo mismo en la instalación que en las siete piezas escultóricas que completaron el sentido de aquella exposición, resultado de un proceso ascendente de trabajo, cuyo colofón transitorio se apreciaba en la unidad conceptual de esa muestra.
Las fronteras que nos separan/dividen, y hacen crecer el desentendimiento humano, son, más que geografías, consecuencia de poderes: políticos, económicos, ideológicos, religiosos, culturales. Esto queda recogido en la obra de Abel Barroso, muchas veces con una orientación de corte universal que pone en evidencia el tipo de relaciones que el Tercer Mundo sostiene con el mundo desarrollado. Tal era el caso de aquel globo terráqueo que emergía en la penumbra y se refería al trasfondo de intercambios (no sólo económicos), desfavorables y subordinados (Outsourcing o el Norte y el Sur), y también en aquel otro globo de naturaleza semejante, convertido en cesto para papeles y nombrado Basurero. A ese espíritu se sumaba Intolerancia o Cena en la frontera, que, pese a su contención, resumía violencia y desencuentros.
Si, en las piezas mencionadas con anterioridad, el fenómeno era avistado a partir de un enfoque global, en otro grupo de esculturas se hacía notar, a partir de su vibración existencial, la repercusión individual de esas barreras sobre las que Abel Barroso insistía en reflexionar. De ello hablaban el modo de pegarle a la bola exigido por el futbolín y las piruetas necesarias en la pista de monopatín, en Volver a casa y Casi llego respectivamente. Igual sucedía con El intruso y en La tierra de las oportunidades donde la geografía de las Américas pasaba a ser una escalera en la que se prefiguraban las tensiones de un ascenso escarpado en sus muy diversas travesías: físicas y espirituales.
Las dicotomías riqueza/pobreza, desarrollo/subdesarrollo, confort/precariedad, ilustran, a partir del crecimiento del contraste entre ellas, la ruta de la movilidad humana que ha sido acentuada por la globalización. Ese paso en favor del entendimiento que hay tras el comentario crítico de muchas de las irónicas provocaciones de Abel Barroso no impide sin embargo ver cómo todos los muros han tenido y tienen una sujeción a la historia, los reales y los virtuales, a no dudarlo. Sus márgenes han estado como un sonajero al viento de los tiempos. Se precisa hoy de fuerzas renovadas interviniendo en la negociación de efectivas movilidades o derogaciones de cotos, pero puede comprenderse, justo cuando vemos a la historia como una puesta en escena de intereses, esa idea que el propio artista gusta definir desde sus obras: un país es una ilusión.
CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ
