Para su quinta exposición en la Galerie Xippas, Vik Muniz (São Paulo, 1961) presenta dos conjuntos fotográficos realizados a partir de técnicas diferentes: uno en relación con varias obras maestras emblemáticas de la historia de la pintura occidental (Da Vinci, Picasso y Seurat), y el otro, con un cuestionamiento de la luz fotográfica en algunos de sus grandes intérpretes, Brassaï, André Kertesz o Robert Frank (en blanco y negro). Hoy hablaremos aquí sobre todo del primer conjunto, que fue diseñado expresamente para la galería.
Sería un error considerar a Vik Muniz únicamente como fotógrafo; es mucho más que eso, en la medida en que es un artista investigador e inventor a la vez pero también un artesano, en el sentido noble del término, curioso de las técnicas y de las formas inducidas por una utilización innovadora de los materiales. El proceso de elaboración de su “objeto” fotográfico –aquel que el artista organiza cuando aborda otra técnica– es complejo. Si para él son posibles nuevos modus operandi, es porque Vik Muniz posee un conocimiento profundo de la pintura, por la que confiesa sentir “una verdadera fascinación”, y a partir de la cual construye los universos materiales que servirán de base a la fotografía, la cual será su culminación artística.

Las últimas fotografías de Vik Muniz, realizadas a partir de rompecabezas, ofrecen versiones en color de la Mona Lisa de Leonardo da Vinci, La Grande Jatte de Seurat, el Guernica y las Demoiselles d’Avignon de Picasso, todas ellas obras famosas y muy difundidas, por lo que uno lleva en sí un recuerdo más o menos preciso de ellas, por haberlas visto muchas veces reproducidas en los libros de Historia del Arte o convertidas en elementos publicitarios. La visión iconoclasta de Duchamp en 1919 y el cortometraje humorístico de Boris Vian, La Démystification1 (1958) están en la memoria de todos. Vik Muniz explica2, como lo haría un artesano, su trabajo en torno a los rompecabezas y la descomposición de sus “gestos”. Comienza por “fraccionar” la imagen original en una serie de “zonas” formales ficticias, con diferencia de pocos milímetros. Luego, las hace reproducir industrialmente en la misma cantidad de rompecabezas (a veces hasta treinta), a partir de los cuales él reorganiza las piezas centuplicadas y reconstruye una imagen fiel al original. De esto resulta una obra virtuosa que no deja de evocar los recortes futuristas y las fragmentaciones coloridas y luminosas de los Puntillistas, con un guiño cómplice a los retratos de Arcimboldo. En este trabajo de observación y paciencia, se invoca otra dimensión, la cual da a sus fotografías una “textura” inédita: el relieve. En efecto, la acumulación de las piezas de rompecabezas crea un efecto matierista pero sobre todo cinético, cuya presencia táctil no llega a ser “aplastada” por la fotografía. La originalidad de sus últimos “montajes” encuentra allí una de sus especificidades.
Es el mismo trabajo de decodificación que Vik Muniz realiza con las fotografías, modelos para recrear una imagen, igualmente en relieve, con ayuda de fragmentos de papel negros, blancos y grises. Esa estrecha relación instaurada con las zonas de sombra y de luz crea un clima un poco más dramático, acentuando el carácter “animado” de la imagen fija y abriéndola así a una dimensión cinematográfica.
Desde los paisajes en hilo de costura (1999), las imágenes de chocolate, las “pinturas de polvo”, hasta los Caviar Monsters (Galerie Xippas, 2004), Vik Muniz realiza una especie de “efecto de espejo” conceptual y material de la imagen. No cesa de interrogar a la representación y devora con múltiples miradas la pintura que lo inspira. Se interroga y analiza con pasión los más mínimos secretos de su composición, saca a la luz los contrastes de color, la oposición de luces y sombras; advierte las líneas de fuerza, los detalles determinantes, etc., y los “retranscribe” inventando una técnica diferente para las nuevas imágenes que son sus fotografías. Para él, “la técnica inspira el tema y cada serie de técnicas genera una experiencia con una dinámica diferente”, pues da una importancia capital a “la tensión que existe entre el objeto y la imagen”. Lo que Vik Muniz ofrece al espectador es una lectura de la obra a partir de sus elementos constitutivos revisados y corregidos. En esta recomposición que pone en juego la realidad y su ficción, el artista brasileño se muestra un poco platónico, en la medida en que la ilusión creada se convierte en lo real. Sus diversas propuestas de deconstrucción y construcción nos conducen siempre a la obra original, pues la imagen creada, a pesar del mimetismo, no deja de enviarnos al punto de partida. Si existe desviación de la imagen, existe también recuperación y nueva creación. Así, pues, se trata de un reciclaje fiel e innovador, una “puesta al descubierto” de la estructura de la obra, con mucho sentido del humor e imaginación, que obliga a nuestros ojos a vivir nuevas emociones estéticas, conduce nuestra memoria visual a otros nuevos desafíos, abre la obra a otras lecturas, enriqueciéndola a su vez con nuevos sentidos.
Es en el más puro espíritu brasileño que Vik Muniz se entrega, para nuestro real disfrute, a una “antropofagia” iconográfica. “Picasso o no Picasso, ése es el dilema” podría escribirse a propósito de este artista, parafraseando a Oswald de Andrade.
NOTAS
1. La Démystification de la Gioconda, 1957, ganó el Gran Premio Internacional de Cortometraje en el Festival de Tours 1957 y la Palma de Oro en el Festival de Cannes 1958. Director: Henri Gruel (Eastmancolor). Guionista: Jean Suyeux. Comentario de Boris Vian. Con: Edmond Tamiz y Boris Vian (el profesor de sonrisa). Argos Films, París. 20 minutos.
2. De paso por ParÍs para la inauguración de su exposición, el artista brasileño, que divide su tiempo entre Río y Nueva York, nos concedió algunos instantes durante los cuales pudo explicarnos, en forma muy espontánea, sin reservas y sin invocar ninguna inviolabilidad de sus secretos de fabricación, los resortes “ocultos” de sus procesos.
CHRISTINE FRÉROT
