Un pajarito debió hacer un nido en algún lugar de la techumbre de la Galería Thomas Cohn, y quien visitara la exposición de trabajos recientes del pintor brasilero Oscar Oiwa podía oír su canto resonar en las salas de la galería, generando una banda sonora inesperada y fascinante, relacionada específicamente con la serie Nidos (2009). Bastante representativos de la producción de Oiwa por la libertad con que juegan con la escala de los objetos representados, los Nidos se apartan de las visiones apocalípticas que caracterizan sus trabajos más conocidos. Los hibiscos rojos, carnosos y sensuales, que afloran en la vegetación exuberante, indican una tranquilidad que, al parecer, nada puede perturbar. Hasta ahora, cuando pintaba la naturaleza, el artista incluía, generalmente, algún elemento inquietante, perturbador, algo así como la semilla de un deterioro que se anunciaba como inevitable. Ese germen de perdición, si por un lado remitía al motivo tradicional del memento mori, era también síntoma de una preocupación ecológica evidente, que constituye otro de los grandes temas que permean toda la obra de Oiwa. En la nueva serie, sin embargo, algo parece haber cambiado: la visión de la naturaleza no conlleva el presagio del desastre. Hasta el tema recurrente de la casa desconchada y derruida, con sus cuartos diminutos y dispersos, no transmite la sensación de fragilidad y desamparo que emergía de obras anteriores; más bien convida a una entrega total, a una ósmosis de la construcción con la naturaleza, cuya superioridad parece ahora indudable y hasta indestructible.

La disposición de los cuadros en el espacio reforzaba y subvertía simultáneamente cualquier lectura reconfortante. Al entrar en la galería, de hecho, el visitante podía ver solamente los Nidos, con su visión de una naturaleza lujuriante, y tener la impresión de haber llegado a las puertas de un jardín maravilloso. Pero en las paredes que quedan ocultas a una primera visión, y que se develan poco a poco, a lo largo de la visita, el artista instaló algunas obras más contundentes, como los Oil Ghosts (2007), en los que varias manchas de aceite negro flotan cerca de la superficie del mar: más que sus formas, que remiten claramente a la silueta (del mapa) de Estados Unidos y de otras naciones que compiten por el predominio en el comercio del petróleo, es la presencia de ojos lo que las torna inquietantes, dándoles una apariencia biomórfica, casi una personificación del poder abstracto e intangible que gobierna la sociedad contemporánea. En las entrevistas y los textos en que describen su trabajo, Oiwa insiste en la lectura metafórica, casi literal, de los innúmeros personajes, objetos y paisajes que componen sus pinturas, como las manchas de aceite, o los muebles que confieren a los paisajes idílicos de los Nidos un tono doméstico. Sin embargo, lo que el artista logra, en verdad, es una transformación ontológica. Todos los elementos que extrae de la realidad funcionan en otro registro, es decir, en el registro de la fábula. O sea, además de continuar remitiéndonos a la realidad de la que fueran extraídos, y de la que constituyen una alegoría bastante transparente, las cosas pasan a integrar una realidad peculiar de Oiwa, y es de esa relación aparentemente conflictiva, y ciertamente inestable, de donde emana, tal vez, la gran fascinación de sus cuadros.
Calamares gigantes que flotan entre los escombros de edificaciones; túneles que comienzan en Río de Janeiro y acaban en Tokio; flores voladoras que transforman Manhattan en un jardín enorme; almacenes que venden llamas de varios tamaños: el universo de Oiwa está habitado, desde siempre, por criaturas surrealistas y fantásticas, que, sin embargo, nos resultan curiosamente familiares. Como si, a pesar de ese carácter fantástico, las telas lograran crear una narrativa plausible, construir un universo regido por reglas ciertamente diferentes de las que regulan el mundo en que habitamos, pero que nos parecen coherentes. La convivencia de la representación naturalista con el registro fabuloso-fantástico es uno de los aspectos más significativos y característicos de la obra de Oiwa; permite aproximar su producción a la tradición literaria, brasilera y latinoamericana en general del llamado realismo mágico. El universo de autores como Jorge Amado, Alejo Carpentier, Isabel Allende o Gabriel García Márquez, para citar algunos de los más conocidos, está caracterizado por una oscilación análoga, es decir, por la convivencia de descripciones meticulosamente naturalistas, con frecuencia profundamente comprometidas desde un punto de vista sociopolítico, y páginas de literatura fantástica, repletas de fantasmas, milagros y metamorfosis. Lo posible y lo imposible parecen convivir, lo absurdo y lo inexplicable se hacen plausibles, lo fabuloso se torna natural y hasta esperado. El insomnio, la lluvia y la amnesia que afligen a los habitantes de Macondo en Cien años de soledad, por ejemplo, son eventos míticos, casi bíblicos, comparables con la nieve negra que caía sobre São Paulo en la magnífica Black Snow (de 1997, no incluida en la exposición) o con el inmenso huracán que se configura en la monumental tela titulada Hurricane Valley (2009), que amenaza con destruir todo lo que encuentre en su camino.
JACOPO CRIVELLI-VISCONTI
