Lograr hoy una proyección estéticamente sostenible en el arte abstracto es, las más de las veces, un desafío que tal vez no sea el mismo que el de la figuración, toda vez que esta ofrece un ilimitado campo de referencias difícil de plasmar cuando los elementos formales se intensifican y concentran un lenguaje visual de valores autónomos. Manida verdad que subraya también el hecho de que la representación figurativa exige una techné más rigurosa si pretende hallar soluciones composicionales de respeto, pues la abstracción implica mayor intelectualización del acto pictórico, una articulación altamente subjetiva de los componentes del cuadro, lo cual a su vez implique, paradójicamente o no, una conciencia más profunda del arsenal técnico. Por ello, cada anunciada muestra de arte abstracto no deja de producirme vacilaciones ante la eficacia de los posibles planteamientos plásticos de su autor; la sospecha en torno al lugar que ocuparía la propuesta en el corpus artístico actual y otros problemas de recepción, más allá de la relativa celebridad del pintor.

Bajo esa bruma de incertidumbres asistí a la inauguración de la exposición Minerva abstracta, que tuvo lugar en el Museo Nacional de Bellas Artes, específicamente en el edifico de arte cubano, el 9 de octubre de 2009. Confieso que intento siempre conseguir una cierta desautomatización, más o menos al modo surrealista, a la hora de enfrentarme a este tipo de obras, pues también sería injusto incurrir en criterios prejuiciados o en extrapolaciones apriorísticas. La artista Minerva López presenta un conjunto de cuadros de trabada coherencia estilística, tendientes a la organización puntillista del espacio representacional –ya sea con fondos homogéneos o de diversas tonalidades– que conducen al horror vacui, pero con la sensación de haber sido alcanzado con economía de recursos. En efecto, si por un lado las pinceladas instauran una red de relaciones estructurales que cubren casi todas las áreas, por el otro, el uso de los pequeños círculos como figura básica, sin alardes cromáticos, revela un sagaz y personal empleo de las estrategias del abstraccionismo.
Los títulos de las obras son muy elocuentes y desempeñan una función clave en la decodificación visual, pues establecen puentes sugestivos con lo representado y al mismo tiempo restringen y especifican el universo ideotemático de la muestra. Se produce lo que Bajtín designó como “vecindades inusitadas” cuando analizaba las novelas de Rabelais. En efecto, Minerva López pone a dialogar tópicos de las religiones sincréticas cubanas con un discurso abstracto, realidades ambas que se conectan orgánicamente en la relación texto-paratexto para generar una dimensión sui generis de notable consecución estética.
Quizás la serie dedicada a Obbatalá sea la más ilustrativa en este sentido. El color blanco predominante adquiere el simbolismo correspondiente, es decir, gracias a la alusión reiterativa del orisha en varios títulos (Obbatalá, Obbatalá y nubes, Ofrenda a Obbatalá, Merengue para Obbatalá) los cuadros adquieren una densidad semántica menos descentrada, de modo que sirve de punto de partida para que el espectador se introduzca en ese microcosmos mítico y se apropie de él. El blanco va más allá de connotar los semas tradicionales de pureza, luz, etc., pues como mezcla-resumen que es de varios colores y también, en este caso, la tipificación de Obbatalá, se manifiesta como una aprehensión abarcadora de la existencia, con sus propias leyes cosmológicas. No es fortuito que la deidad de origen africano se asocie con la creatividad y el intelecto; se trata de una instigación para que el receptor participe activamente de las resonancias de ese dialogismo entre la macroestructura formal y el referente verbal.
Otros cuadros confirman este procedimiento con títulos relativos a la espiritualidad afrocubana: Camino enredao, Su manto estropeao, Collar preparao, etc.; pero otros se apartan de ese campo asociativo y amplían el repertorio de lecturas. En Nubes de cristal, por ejemplo, Minerva López utiliza diversos matices cromáticos en fondos en los que se intentan esbozar ciertas figuras, rasgo este que se hace más patente en Cristal de nubes, donde aparecen formas humanoides como si estuvieran mutiladas e insinuantemente grotescas. Nótese cómo el quiasmo entre ambos títulos le imprime un carácter lúdico a la exposición. La pintora sabe que los vocablos “nubes” y “cristal” suscitan toda clase de imaginaciones, refracciones, equívocos, y de esa manera juega con el espectador a las posibilidades interpretativas.
Podemos advertir una relación intertextual con el infierno dantesco en Selva umbría, en la que focaliza dos zonas oscuras en el centro del cuadro, alrededor de las cuales gira el resto de los presupuestos compositivos ya explicados. La relación dialéctica entre pecado y virtud viene dado por el contraste negro-blanco y se revela como un fenómeno humano problemático, sobre todo por los brochazos de gruesa textura que complejizan la semiosis pictórica de líneas, puntos y manchas. Este recurso se observa además en Piedras de nieve, donde el blanco vuelve a revestirse de sentido y eleva el sosiego, la estabilidad, la introspección a la categoría de sublime.
Acaso lo que se resiente un poco en la muestra sea la marcada intertextualización con Jackson Pollock en algunas obras como Movimiento al café y Rehilete espacial –aunque con particularidades, claro está, que diferencian su diseño global–, las cuales remiten al Black and White del creador estadounidense por la inversión de ambos colores (por cierto, ¿quiasmo cromático?): el fondo negro y el dripping en blanco, técnica que, desde que fue divulgada, parece ineludible para la abstracción. Pero indiscutiblemente Minerva López ha presentado un conjunto de obras que dignifican la vertiente abstracta de la escena plástica nacional, puesto que no se limita a la simple recreación de la forma sino que reelabora ingeniosamente sus recursos expresivos en función de trasmitir ideas, sensaciones, concebir orbes imaginarios, polifónicos, reflexiones enfocadas hacia nuestro ámbito de actuación menos inmediato, más hacia la esencia. En una visión de conjunto, la experiencia sensorial rezuma un placer estético y una sensibilidad que plena el mundo interior del individuo. Es admirable la vitalidad creativa de esta mujer que sigue apostando por un arte en continua experimentación. Saludémosla entonces con beneplácito.
ANTONIO CARDENTEY
