Exposición Individualmar 2010 - may 2010· Por Andrés Isaac Santana

Marcos López

Galería Fernando Pradilla

La idiotez con la que cierto frente de la crítica asume la lectura de una propuesta artística –mediante consideraciones teoréticas absolutamente equívocas y clasificaciones que responden a la anemia de un pensamiento reducido a lugares comunes– resulta una de las más graves patologías que afecta de un modo demencial el posicionamiento eficaz de los juicios de valor. La más reciente exposición del artista argentino Marcos López en la madrileña galería Fernando Pradilla se ha visto asediada por la concurrencia de lecturas críticas desproporcionadas que no han conseguido sino enaltecer el estereotipo cultural del “prejuicio desfavorable”, reducir la propuesta del artista a un lugar común que halla –presuntamente– en los territorios del surrealismo trasnochado su única razón de ser, al tiempo que se ejercita (de modo autoritario) una lectura reduccionista que opera por “selección” y “contraste” respecto de una realidad sociocultural y antropológica que bien se desconoce. 

Exposición Individual: Marcos López — imagen 1
Marcos López. La Terraza, 2009. Mural at Del Plata Building, Buenos Aires.

Ante una exposición sofisticada y elocuente como ésta –fruto de una mirada aguda y de acerada introspección analítica, que no es más que el relato visceral y, por tanto, representativo de una cultura instalada sobre el "palimpsesto discursivo, los cruces de tiempos, de accidentes históricos y de mitologías populares"–, la crítica de turno se precipita a hacer un uso rentable de las etiquetas y los comodines más improcedentes y demenciales dispuestos en ese “archivo o clóset epistemológico” al que se visita una y otras vez, cuando el ejercicio intelectual obliga a hablar "del otro, lo otro, lo desigual, lo diferente de mí". Resultan vomitivas, en extremo recurrentes y casi ya ilegales, las apelaciones cancinas a un repertorio de categorías provenientes de campos del saber y de ámbitos axiológicos eurocentristas para hablar de una cultura que opera en contextos dialógicos y referenciales muy distintos a éstos. De ahí esa convocatoria anoréxica a conceptos o categorías estilísticas para describir una obra que justamente activa un vaciamiento de esos órdenes estereotipados de la visión. Lo que queda entonces es el pasaje endeble de una escritura pretenciosa que, en el reciclaje de lo sabido, en la cita venida a menos, o en la apostilla incongruente, cree advertir la naturaleza polisémica y rabiosamente cubista (en lo que a aristas y a ángulos interpretativos se refiere) de una propuesta que, lejos de ser una mera representación al uso, se convierte en texto cultural. Esta obra última de Marcos López, resumida en Tristes trópicos, como mucho de su anterior trabajo, disfruta de esa extraviada cualidad en la escena contemporánea que consiste en convertirse en escritura relacional, en relato cultural y en representación pertinente y precisa de una cultura que se describe desde el respeto y la comprensión de su más honda complejidad ontológica. 

Tristes trópicos revela un agudo ejercicio de inversión epistemológica que consiste en advertir la falacia de esos discursos crítico que tan sólo operan a tenor de las taxonomías estériles y del régimen de las etiquetas impostadas a modo de parches. Esta muestra, en cada una de sus obras, revela que muchas de las lecturas e intromisiones en el contexto cultural del otro se asientan de un modo tremendamente pobre sobre una dudosa hermenéutica social que reproduce las ataduras de los modelos miméticos. Según los cuales toda realidad diferente a la europea ha de ser leída en virtud del recorte forzado y la yuxtaposición conflictiva de conceptos y argumentos que poco o nada tienen que ver con la realidad que esa obra señala y describe. Tristes trópicos no habla de todo aquello que la crítica española ha deseado interpretar, de manera escandalosamente patética, como “surrealismo latinoamericano” o “surrealismo criollo”, sino que, y muy por el contrario, señala los diferentes niveles de una cultura rabiosamente estratificada en infinidad de fragmentos, así como pone al descubierto los mecanismos traslaticios y transportistas de una lógica de comportamiento a un espacio textual y cultural que funciona de un modo absolutamente distinto del primero. 

Que la crítica local asuma el modelo del surrealismo retórico para explicarse todo aquello que le resulta ajeno, o cuando menos exótico, es duro y descorazonador cuando no puede ser más evidente que la idea misma de asentar la lectura sobre ese esquema no hace si no reproducir y amplificar la falacia de la periferia y la otredad como únicos índices interpretativos y, por tanto, engañosos desde los que se aniquila la auténtica riqueza de la cultura latinoamericana. Aceptar, de manera escandalosa, la otredad, el surrealismo criollo como etiqueta rentable al discurso centrista, supone asumir la existencia de un centro que dicta el discurso y, por tanto, el reconocimiento de un ideal superior de cultura que se arroga el derecho de hablar en mi nombre y me abandona a los límites, al borde, a la desventaja de los márgenes, en cuanto único ámbito de realización y de exhibición de mi diferencia. 

Tristes trópicos, no sé si ahora mismo el artista coincida conmigo, es un ejercicio sofisticado de interpretación cultural, una operatoria analítica que –lejos de lo pensado– arrasa con los entusiasmos y complacencias que celebran las cartografías alternativas. Cada obra es una propuesta de lectura, un mecanismo de distorsión y de negación de las hermenéuticas excluyentes y centristas. Todo indica, según su propia lógica interna, que todo afán legitimador termina resarciendo los mismos criterios excluyentes de los tenidos por centros hegemónicos.

ANDRÉS ISAAC SANTANA

Marcos López, por Andrés Isaac Santana | artnexus