Exposición Individualmar 2010 - may 2010· Por Adriana Herrera

Juan Manuel Echavarría

Sextante /Arte Dos Gráfico

Réquiem NN, en la galería Sextante de Bogotá, expuso, a través de 85 fotografías lenticulares, ese descenso al reino del Hades que Juan Manuel Echavarría comenzó a cumplir desde cuando en noviembre de 2006 arribó al Cementerio de Puerto Berrío, donde ocurre un fenómeno único en el Magdalena Medio: las tumbas de los NN, rescatados casi siempre del río, adonde se los arroja para que los devoren peces y gallinazos, y enterrados por las autoridades en un mausoleo de caridad, son adoptadas por alguien del pueblo. Ese rito está ligado a la ceremonia que en “el mes de las almas” una medianoche realiza “El animero”. Este hombre vestido de negro abre las puertas del cementerio para que entre la gente y lo acompañen en sus rezos mientras toca cada mausoleo llamando a las almas para que así estén de nuevo entre los vivos y puedan socorrerlos.

Exposición Individual: Juan Manuel Echavarría — imagen 1
Juan Manuel Echavarría. Réquiem NN, 2006. Impresiones lenticulares.

Echavarría arribó a Puerto Berrío como otro punto del recorrido del artista-testigo que ha venido siguiendo el rastro de una violencia –invisible para las élites confinadas en la burbuja de las urbes–, desde que se abocó a ese destino. En 1995, a los cincuenta años, cuando lo agotaron las ficciones literarias a las que había consagrado su vida, y sólo conservaba la intacta fuerza de sus imágenes, encontró la fotografía. De esta surgió una perspectiva de mirada sobre la inenarrable saga de la violencia en Colombia. Pero también un arte que registra –con una poética que brota directamente de los más duros rincones de la vida– los múltiples modos en que gente anónima, marginal, se opone a la muerte y ejerce inadvertidas formas colectivas de resistencia. 

Echavarría encarna el arte político contemporáneo que no contiene discursos ni ideologías, sino el inapelable registro de la vida cotidiana, donde, como Agnes Heller lo advertía, hay un otro “espejo de la historia”. Sus ojos penetrantes son transparentes: dejan que a través de sus obras nos miren hombres y mujeres, incluso los animales (basta pensar en la mirada “casi humana” del esquelético caballo blanco de su foto El testigo), y que hasta las mismas cosas (maniquíes o huesos) cuenten el horror vivido. Pero también las reservas conmovedoras de afirmación vital. 

Basta pensar en la colección de insectos hecha por un grupo de mujeres secuestradas o en los rostros y las voces del video Bocas de ceniza, que surgió cuando en la televisión Echevarría escuchó el canto de un hombre de la Costa Atlántica agradeciendo a Dios haberlo salvado de una masacre, y no sólo no descansó hasta encontrarlo, sino que su voz lo llevó a buscar otros cantos similares hasta desembocar en el Pacífico, donde grabó a cappella ese otro registro oral de la historia de su país. En las tumbas convertidas en altares populares con pinturas, flores y signos sagrados, con los cuales se sella el ritual de escoger una víctima sin nombre de la guerra, y marcarla como un elegido, una elegida, hay también –como él mismo advierte– “una exultación coral, un réquiem que se eleva colectivamente, un modo de negación del olvido”. 

Sus fotografías documentan a través del tiempo esa manera en que “las gentes del pueblo escogen a los NN y les dan un nombre para elevarles peticiones, para desenterrarlos simbólicamente y devolverles un modo de vida”. Es decir, un modo de religiosidad en medio del horror: si por una parte lo milagroso parece ser el único resquicio de esperanza, esta brota del vínculo solidario con los muertos. De la compasión. 

Echavarría nos aboca en Réquiem NN al encuentro con una estética ingenua, primitivista, que a través de las ofrendas florales, de la invención de nombres –como “Jorge Luis”, “Carlos Mauricio” o, sencillamente, “Mujer”–, la adopción de afectos –expresada con dibujos de corazones y florecitas–y la confidencia de favores pedidos y recibidos transforma la tragedia en un modo de creación colectiva popular. Su papel como artista contemporáneo no es generar sino advertir la inmensa poesía visual –y su poder restaurador sobre la vida común– que durante décadas se ha ido generando en estas tumbas, donde también se incluyen textos que juegan visualmente con el espacio, como los poemas constructivistas: por ejemplo, a través de la repetición del conjuro: “escogido” dispuesto horizontal y verticalmente. A la tachadura de la sigla NN se superpone el nombre “arcángel”; y, por azar, el texto en negro “no borrar” se refuerza con chorreados. 

El uso de la técnica lenticular –a través del cual condensa en una misma fotografía ampliada al tamaño natural de una lápida dos o tres imágenes– no sólo contiene la alusión simbólica a que cada tumba es todas las tumbas, y un NN todos los de ese cementerio y los del país entero, sino la posibilidad de registrar las variaciones temporales. En los siete viajes que ha realizado en el curso de tres años, Echevarría ha podido fotografiar los acontecimientos en varias tumbas. La gratitud por los favores recibidos después de una “adopción”, los cambios de ornamentación, e incluso los abandonos y las nuevas apropiaciones, los bautizos, o la inclusión en los familiares, no reflejan sólo lo que sucede visualmente a los muertos adoptados, sino la vida del pueblo. “Cuando voy a Puerto Berrío –narra Echavarría– me quedo horas, días, y ahí conozco a sus dueños y me cuentan los favores que les han hecho los NN. Sus historias”. Ha ido escribiendo un diario de lo que escucha, que aún desconocemos. Réquiem NN es un proyecto abierto que contiene una estética visual surgida de la vasta extensión de la muerte, y lo seguirá contando “mientras la guerra siga en Colombia”. Las fotografías lenticulares capaces de registrar la historia de estas tumbas nos abocan una vez más a un arte que logra el encuentro entre los rastros más terribles de la violencia y la belleza de los gestos colectivos que permiten resistirla. Un antídoto contra los ríos del olvido. Un canto a la memoria.

ADRIANA HERRERA

Juan Manuel Echavarría, por Adriana Herrera | artnexus