Es muy evidente que los artistas jóvenes más prometedores de nuestro país están de un modo u otro tocados por la modernidad. La más reciente producción del artista Juan Iribarren, expuesta en Faría+Fábregas Galería en Caracas, así lo demuestra. Esta obra, según ha dicho Luis Enrique Pérez Oramas en alguna ocasión, “puede vincularse a una de las tendencias generales del arte de nuestros días, especialmente en Latinoamérica y específicamente en Venezuela: aquel que revisita, reconsidera, deforma, traviste, cuestiona, o hace sarcasmo de los fundamentos y de los restos simbólicos de la modernidad”. No podemos meternos en problemas de altísima cultura, por ejemplo, acerca de las relaciones que hizo el manierismo entre las excrecencias líquidas y sólidas (conglutinatio, las llamaban los manieristas), sin que por ello dejemos de considerar que las primeras tendencias hacia la modernidad se generaron, en efecto, en aquella época, y han continuado marcando de un modo u otro al arte hasta nuestros días.
Es muy significativo que al primer enfrentamiento con el trabajo actual de Juan Iribarren la influencia, el gusto, la imagen, las obras de Piet Mondrian se hagan evidentes de inmediato, pero se trata de un Piet Mondrian muy a la manera de Juan Iribarren, bien diferente del Mondrian que todos conocemos: son inmediatamente evidentes las diferencias de color, y, asimismo, el modo en que se manifiesta en Iribarren la ortogonalidad característica de Mondrian.

Parece que el artista no sólo no ha querido ceñirse a los colores canónicos, rojo, amarillo, azul y blanco (o gris), tras la reja ortogonal negra de sus trabajos más conocidos (ver Juan Iribarren, Editorial Goliardos, p. 12), sino tampoco a su racionalismo abstracto. Por ello crea una versión colorística muy personal, relacionada con sus propias vivencias. Así, el color que aparece en sus obras supuestamente tiene que ver con el que se refleja en una de las paredes de su taller de Nueva York a través de un gran ventanal, de acuerdo a como cambia la luz de la ciudad no sólo durante los veranos e inviernos, sino con el paso de las horas. Muy cálida: con amarillos, anaranjados-rojizos y verdes-limón o violetas en las tardes de otoño y con grises-rosados fríos, blancos grisáceos y azules en otras épocas en que la luz y, con ello, el color se enfrían. Afortunadamente, para hacer más gráfica la presencia de la ventana reveladora, Iribarren ha decidido mostrar simultáneamente dibujos en los que esta aparece sin color pero nítidamente configurada.
Aquello que en primer lugar y de modo más evidente trae a la memoria las obras de Mondrian es su famosa composición ortogonal, que crea campos rectangulares de color, pero esto queda inmediatamente puesto en cuestión al observar las obras de Iribarren en detalle y al intentar una comparación. No sólo porque en esta pintura esos campos de color no se conforman en el interior de una grilla (una reja consistente y nítidamente trazada) sino como líneas sensibles, pinceladas de color más o menos gruesas que en algunas obras aparecen nítidamente trazadas, o bien se diluyen para integrarse a la textura y color general de la obra, pero porque este trabajo en general presenta una textura activa: pinceladas muy evidentes y expresivas que ponen de relieve su procedencia subjetiva.
Hay que anotar que, a pesar de provenir de una realidad fáctica, esos campos de color no pueden ser sino invenciones del artista, recreaciones, podríamos decir, de algo visto o imaginado que responden bien a necesidades anímicas del momento o bien al requerimiento cromático de la propia obra. Algunos de ellos muestran un gusto por la pincelada expresiva, otros son más impersonales. Como estas luces en sí son cambiantes, fugitivas, constituyen un magnífico recurso para la invención.
El espíritu de Mondrian está allí, sin duda, pero transfigurado en su esencia. Por eso, la obra es nueva. Toda la racionalidad de Mondrian se transforma ahora en gesto expresivo, aunque un tanto contenido. El gesto se explaya sin desbordarse nunca, se contiene lo necesario para que siga evocando a Mondrian: sólo evocándolo. Al servicio simultáneamente de los impulsos personales de Iribarren y al de la lógica modernista, la emotividad, que puede surgir por la luz cálida o fría que se cuela por la ventana, debe ser captada de manera instantánea antes de su desaparición definitiva hasta el siguiente día, cuando todo habrá cambiado de nuevo.
IRIS PERUGA
