La más reciente exposición del artista Ícaro Zorbar en la Galería Casas Riegner, en Bogotá, confirma que la asociación entre tecnología y contemporaneidad no siempre es acertada. Muy por el contrario, para Zorbar los problemas tecnológicos no son una preocupación; su humanización sí lo es. Sus máquinas, a las que llama “Pequeños monstruos”, contienen un valor estético fundamentado en la sencillez y en su evidente similitud a un juguete. Es más, el paradigma plástico que representan deambula entre la obra de arte, la máquina y el juego. Su obra, inteligente, constructiva y positiva, insiste en la fortaleza de la vida frente al imparable frenesí tecnológico que nos derrumba el goce por las cosas sencillas.
Estuvimos ahí, inaugurada en noviembre de 2009, consta de siete piezas de difícil definición, que reivindican, entre otras cosas, el romance, con títulos sugerentes como Víspera o Canción para un amor imposible. Funcionan como propuestas siamesas, debido a que comparten el poder de la sutileza y la perspicacia de aquello que parece igual pero no lo es. Estuvimos ahí invita ser leída como planteamiento integral, cobijándose bajo las palabras equilibrio, enigma y poética. Siendo complementarias, similares y aparentemente inseparables, las obras poseen la virtud de la seducción y la increíble cualidad de ser justas entre ellas. No hay elementos protagónicos ni sobresalientes que se posen en la memoria del visitante de esta exposición; es más, esta serie de objetos ratifican la soberanía de los valores humanos, como la justicia y el respeto, y exigen una mirada aguda y afilada para descubrir sus diferencias.

Como entidades aisladas, las obras se pueden describir como artilugios dotados de voluntad. Son construcciones que combinan materiales incombinables y que forman parte activa de la estética del juguete desarmado: una cajita de música que acompaña el movimiento de un motor que hace girar una tapa plástica donde germina una zanahoria; un proyector de acetatos funcionando como tal, sobre el cual se acciona el mecanismo de una caja de música que vibra emitiendo sonidos y se proyecta sobre una pared; un órgano de juguete puesto al final de la sala, que como monstruo solitario invita al espectador a tocar las teclas resaltadas con cinticas de colores y a curiosear la libreta de notas puesta sobre él. Dos intercomunicadores hacen posible que un desprevenido espectador accione esta pieza y algún otro visitante de la exposición se sorprenda al captar el sonido de un pequeño órgano de juguete sonando solitario al final de la sala.
Como habitantes de las fronteras, estos pequeños monstruos narran historias particulares e irrepetibles; las zanahorias, introducidas con esta serie al minimundo mecánico, representan la esperanza por encima de la incredibilidad. Ellas germinan aunque uno no lo crea y ese retoño representa la última esperanza de vida que tiene este pequeño ser. La luz, que como un pequeño astro las vigila, orbita a su alrededor siendo testigo presencial de este proceso. Zorbar, asumiendo el rol de fundador, logra correlacionar los componentes utilizando en vez de pegante un poderoso adherente, la ingenuidad, y de esta manera recoge y pega una multiplicidad de interpretaciones que convierten toda esta poética en realidad.
Tamaño y proporción son factores determinantes en sus instalaciones, y a su vez resultan ser un sello de marca; Ícaro Zorbar nos hace agachar, arrodillar, arrastrar, en fin, tomar postura frente a estos alucinantes habitantes que esta vez se tomaron la Galería Casas Reigner. Tal como él lo señala, sus instalaciones son asistidas, lo cual consiste en accionar, dar cuerda, mover, vigilar, entre otros, desencadenando una serie de efectos tanto sonoros como de movimiento que completan la obra de arte. Así como la escala es importante en las obras de Ícaro Zorbar, el tiempo también lo es. De la misma manera como el marco delimita el lienzo, la duración de la mecánica de estas obras es corta y limitada. El ritmo y la frecuencia directamente relacionados con la intervención por parte del público se hacen realidad al accionar la cajita de música, tocar el órgano o presionar algún obturador.
Tan enigmático como resulta el proceso que devino en una combinación paradigmática como el jamón serrano con melón, Zorbar logra establecer un punto de partida al combinar de manera ejemplar cables, parlantes, amplificadores y proyectores, que a modo de entidades de una misma familia establecen un diálogo con juguetes de plástico, tapas, libretas de notas y pedazos de lata de cerveza.
Las obras de Ícaro Zorbar fascinan y cautivan aun dentro del marco de una estética de difícil comprensión, aquella donde las máquinas desarmadas que exponen sus entrañas se convierten en objeto de deseo y de profunda admiración.
ESTEFANÍA SOKOLOFF
