Para su primera exposición personal en París, Gerardo Suter (Buenos Aires, 1957) decidió presentar una selección de sesenta obras, videos y fotografías realizados entre 1983 y 2009, cuyo tema principal es la ciudad. Podemos imaginar que para este artista, que trabajó durante mucho tiempo sobre el cuerpo humano, la cuidad –con sus cicatrices, heridas y llagas– se asemeja metafóricamente a un cuerpo viviente en el que el paso del tiempo se superpone y se afronta. Entre un terminar y un recomenzar, la ciudad no muere, se transforma. Se deshace de sus ruinas, renace. En su historia, el pasado evoluciona cada día y cambia de sentido.

El objetivo de Suter no es hacer allí una radiografía de la ciudad para catalogar sus estratos culturales. Lo que le interesa es la construcción-deconstrucción en movimiento permanente. Él aprehende la transición, muestra atmósferas, más que realidades, en donde los hombres están ausentes. Con una serie de documentos fotográficos y videos, la mayoría en blanco y negro e intercalados con textos, se trata para él de enfatizar los diferentes puntos de vista de la ciudad, pero siempre bajo el ángulo de lo transitorio, lo efímero, lo indefinido. En la primera sala, las fotografías (Penúltima región, 2009, inyecciones de tinta sobre papel y protección de acrílico, 100 x 200 cm y 50 x 100 cm) muestran la ciudad en construcción, acabada o inacabada, y presentan sus sombras reales (mediante sutiles superposiciones de imágenes, sobreimpresiones), sus sombras fantasmagóricas, sus estratos, especie de colcha de retazos irregular y densa. Para Gerardo Suter la ciudad es un lugar de tránsito y no tiene permanencia. Su sensibilidad estética está marcada por una visión más bien sombría; sus fotografías no buscan ser seductoras, más bien sumergen al espectador en paisajes urbanos uniformizados, casi intemporales, en donde los puntos de referencia son escasos. Una fotografía se diferencia, sin embargo, del conjunto anterior. Es la del campanario de una catedral, cubierto de andamios (Catedral, 2008, inyección de tinta sobre papel de algodón, 240 x 80 cm), sobre la cual los tiempos se leen y se descifran en la imbricación del uno sobre el otro, donde la superposición induce la desaparición, pero también la re-creación. El video Primer cuadro (3’30, México, 2009), muestra la capital, México D.F., a partir de su corazón histórico, la Plaza del Zócalo. En una especie de desfile en el aire y en el suelo, las imágenes nos dejan entrever un Zócalo desnudo, una ciudad de malla apretada, con rupturas y relámpagos y sombras, todo acompañado de sonidos metálicos. Una ciudad rápida y lenta a la vez, cuya vida es transitoria.
En la segunda sala, dos videos muestran dos visiones de México que se enfrentan y se complementan: la construcción, en 2004, del Segundo piso del bulevar periférico y la destrucción durante el terremoto de 1985. El primer video, intitulado Horizonte DF (7’10, 2008, video en blanco y negro), es una serie de vistas de la ciudad que desfilan a partir del periférico. Suter diseñó dos espacios de proyección de la misma imagen: en grande, sobre dos muros formando ángulo, y en pequeño formato, sobre un muro plano, ambas imágenes deformadas en proyección triangular. Estas dos visiones que se suceden de la misma imagen acentúan el vértigo de la mirada sobre el caos de la ciudad y hacen intervenir la velocidad como elemento de destrucción. El video Réplica (video en blanco y negro, 5’40, 2005) se compone de imágenes de archivo sobre el terremoto de septiembre de 1985, imágenes fijas o animadas, según negativos, superpuestas, como lo muestra el derrumbamiento. El texto de Carlos Monsiváis cumple allí un papel fundamental ( “collage de voces, impresiones, sensaciones de un largo día” ) y crea un clima de pánico reforzado por un sonido agudo, bastante monocorde, que se escucha durante todo el video. Frente a estos dos videos, varias fotografías en blanco y negro tienen por tema edificios anónimos en perspectivas distintas, especie de centinelas inmóviles entre construcción y destrucción.
La transición no es tan grande cuando, en el segundo piso, descubrimos otra temática, la de los sitios arqueológicos. En efecto, en la serie New mayas (videos en blanco y negro de 2006), compuesta de un collage de imágenes en donde se yuxtaponen y confrontan lo antiguo (grabados de Frederick Catherwood y fotografías de Alfred Percival Maudslay, 1890) y lo moderno (vistas y colores del país maya actual), Suter se mantiene fiel a ese mismo espíritu de oscilación entre dos tiempos dialécticos e inseparables, como lo es en su utilización conjunta del documento y la realidad. En varias fotografías, el vacío parece ser el verdadero tema, pues el elemento arquitectónico o escultórico ya no constituye más que un elemento secundario que permite resaltar ese espacio en majestad, permitiendo, sin embargo, su lectura final (Enfoques arqueológicos, 2008, inyección de tinta sobre papel y protección de acrílico, 120 x 120 cm y 100 x 100 cm). La última apropiación de un ícono arqueológico (el calendario azteca) por Suter (Anónimo, 2006, inyección de tinta sobre acrílico transparente, 220 x 300 cm en tres paneles) cierra la exposición enfatizando el efecto de espejo de la imagen, que es el resorte fundamental del discurso conceptual y estético del artista.
CHRISTINE FRÉROT
