La obra toda de Enrique Martínez Celaya es como una profecía que hurga en el pasado, para, desde los más recónditos recovecos del alma, atisbar el futuro. El artista así lo prefigura y como tal asume su misión ante el acto creativo. Misión que conlleva un compromiso social esencial en cuanto revelador de asideros para sus coetáneos.
Y, en buen grado, eso es el arte. En el fondo, no hay más que dos actitudes básicas ante el acto creativo. La primera, arrogante, centrada únicamente en el yo, busca desde la complacencia romántica la afirmación del ego y la confirmación de una pretendida genialidad. La segunda, de filiación filantrópica, se desembaraza del límite-ceguera que implica la primera mirada egocéntrica para centrarse en el hombre en cuanto ente ontológico y social. En esta segunda línea creativa encontramos figuras emblemáticas del arte contemporáneo como Joseph Beuys, Martin Kippenberger o Hans Haacke, cuyas obras se erigen en legado indispensable.

En el caso de Enrique Martínez Celaya, la aproximación al acto creativo irrumpe como una necesidad esencial que deviene catarsis, una purga que el artista reutiliza como aprendizaje y reificación. De este modo, la referencia existencial se erige en símbolo y punto de partida de una búsqueda que trasciende la experiencia personal para encarnar al humano y trazar, así, nuevos derroteros.
Cuando nos asomamos a la obra de Martínez Celaya, tenemos la impresión de asistir a una confesión íntima cuya profunda sensibilidad provoca la empatía del espectador, demandando de este sus sentimientos más auténticos. El enigmático universo de Martínez Celaya seduce al espectador, que, atrapado en un inquietante mundo de ensoñación, se aventura ante nuevas puertas: guardianes celosos de pasajes insospechados, no exentos de riesgo.
Durante el pasado invierno, el Museo de Boca Ratón, ubicado en el sur de Florida, nos regaló la muestra de Martínez Celaya titulada An Unfinished Conversation: Collecting Enrique Martínez Celaya (Una conversación inconclusa: coleccionando la obra de Enrique Martínez Celaya). La exposición, conformada a partir de la colección privada del cineasta Martin Brest, pone de manifiesto la versatilidad de un artista cuyo enfoque interdisciplinario ante el arte lo lleva al uso de la literatura, la filosofía, instalación, fotografía, escultura y pintura, todas en función de la singular cosmogonía que es la propuesta artística de Martínez Celaya.
La exposición está integrada por diecinueve obras representativas de su producción en los últimos años. En ella, el espectador podrá disfrutar lo mismo de la dimensión épica que distingue las pinturas del artista, que de la dimensión sutil, cuasi íntima, de sus acuarelas, y hasta de uno de sus emblemáticos bronces. La exposición explora temas esenciales como la memoria, la infancia, el viaje, el exilio, el aislamiento, la soledad y el olvido. Estos temas esenciales han sido un leitmotiv en la obra de arte de Martínez Celaya, siempre interesado por un deseo de comprensión del alma humana.
Tal vez sea esta la razón que conduce al artista a través de la exploración del ciclo. Todas sus obras, concebidas como elementos participativos, están interconectadas a un sistema intuitivo complejo, donde las ideas de ciclo y la interdependencia son cruciales. La producción de Martínez Celaya participa de una especie de eco: la pintura sólo es completamente comprensible a través de la poesía, y esta, a su vez, a través de la fotografía, y esta, a través de la escultura, y esta, a través de sus libros, y así sucesivamente.
Esta cadena de causalidades emparenta con la noción filosófica que anima al artista en su perpetua búsqueda de caminos y alternativas para el hombre. Cadena ascendente y recursiva que de un extremo encuentra al espectador que hilvana aquí y allá, mientras que el otro extremo va retrocediendo en el tiempo –potenciador de nuevos significados– hasta detenerse en la propia biografía del artista.
Nacido en Palos, Cuba, 1964, Enrique Martínez Celaya deja su país natal siendo niño. El sentimiento de abandono y la soledad cimbran desde entonces el camino del artista, obsesionándolo frente al acto creativo. La incertidumbre se convierte entonces en una especie de meditación metafísica sobre el yo, ese espejo certero del otro encarnado en el espectador.
El espacio en la obra de Martínez Celaya adquiere dimensión protagónica. Abierto, enorme, desolado, aflora como el emplazamiento esencial para sus personajes: siempre ausentes, como suerte de entidades arrojadas a la nada, en pleno reconocimiento existencial. Asistimos invariablemente a una figura solitaria cuya edad podría ubicarse en el tránsito de la niñez a la adultez, esa edad definitoria en la búsqueda identitaria. Los ojos, atónitos, se fugan en la distancia, más interesados en buscar dentro de sí mismo que en derredor.
El exterior, apacible, se erige en antítesis del turbulento mundo interior que abruma al personaje central y que se transmite al receptor, ahora también expectante. Ante sí, vasto, se erige el paisaje, cúmulo de posibilidades infinitas. Ante nosotros, la disyuntiva de escoger qué camino.
JANET BATET
