Exposición Individualmar 2010 - may 2010· Por Carolina Lara

Diego Fernández

Departamento 21

Diego Fernández (1973) emigró muy temprano en su carrera a Nueva York. A diez años de aquel momento, con varios logros y un lenguaje que de tan versátil e inquietante porta múltiples sentidos, sigue mirando al país de origen. Siempre se le puede sorprender refiriéndose a Chile como quien se asoma con sospecha desde la rendija. En su última exposición individual aquí, el humor y lo perverso se leen ya desde el propio título: Two more tumors.

Video, performance, música, dibujo, pintura, escultura, fotografía, collage: todo cabe en una propuesta caracterizada, además, por estrategias duchampianas y surrealistas, por su sarcasmo, antisofisticación y cierto espíritu punk. Con todos estos epítetos cómo no hacerlo dialogar con la endogámica, academizada e individualista escena local, a la que mucho le debe su rebeldía.

Exposición Individual: Diego Fernández — imagen 1
Diego Fernández. Spiegelzeit (instituto divorciado) y Life is Life, 2009. Espejo, reloj, tubo PVC pintado, cigarrillos. 200x100x50 cm (78 3/4 x 39 x 19 1/2 pulgadas).

Fernández siempre ha reaccionado a la situación del arte nacional, desde que emergía como artista en un contexto de mercado y reciente apertura democrática, a mediados de los noventa, hasta que –en esta última década– se situó esbozando una “avanzada chilena” en Brooklyn, junto a otros reconocidos autores de su generación, como Iván Navarro, Ian Szydlowski y Felipe Mujica. Antes de partir, fundó con este último –y Joe Villablanca– Galería Chilena, un proyecto nómade, de autogestión y corte marginal, en respuesta a la precaria institucionalidad cultural. Con los otros, ahora en NY, mantiene Instituto Divorciado (ID), iniciativa artística colaborativa, puesta al servicio “de eventos de arte pseudoefímeros y su discusión”.

En mis manos tengo un “libro” en papel roneo y hojas sueltas, Miroslav Holub. Síndrome del pulmón evanescente, que reedita –sin permisos– poemas del inmunólogo checo fallecido en 1998 a los 75 años de edad, reconocido también por su agudeza e ironía. Una obra de ID que integra imágenes foto/gráficas de artistas invitados y que regala en eventos como, la VII Bienal de Mercosur, en Porto Alegre, Brasil. Algo de esta choreza, como diríamos acá sobre una manera de irrumpir desmarcándose, hay también en la exposición abierta entre diciembre y enero.

En la apertura, Fernández realizó la performance Generación de mierda, donde –al ritmo de una guitarra eléctrica y de golpes de puño en el pecho– su pelo y barba fueron cortados por los dos galeristas con filosas tijeras que tenían a algunos con una sonrisa temblorosa. En dos salas, una serie de “pinturas” o dibujos están poblados de formas humanas, animalescas y objetuales entrelazadas como símbolos culturales, sociales, religiosos y mitológicos emergiendo de una suerte de línea autómata, en escenas dignas de un delirante cómic. Las caricaturas –fotocopiadas, coloreadas y ampliadas hasta exhibir las fallas del sistema– fueron además veladas con colores planos y barnices, en un efecto de mal plastificado. El artista habla así de los miedos “que mueven la historia”, al borde de lo arquetípico en Chile: el miedo a uno mismo, al descrédito, a la cesantía, a lo nuevo, al sexo y al origen.

Parte del recorrido es una escultura al muro, un gran espejo redondo con dos pequeños punteros que no dan la hora, pero marcan el paso del tiempo, interponiéndose, entre este artilugio metafísico y el observador, una suerte de conducto orgánico hecho con tubos de PVC dorados y 400 cigarrillos insertos.

En otra sala, una escultura móvil que recuerda la máquina onanista de Duchamp representa un ave de diseño geométrico, agachándose repetidamente para picotear algo inalcanzable, con su gran cabeza redonda y transparente portando un líquido negro, y un video al otro extremo que exhibe unas manos partiendo huevos en loop. Aquí, también, una serie de instantáneas relacionan fotos caseras de mal gusto y objetos sobrepuestos como clavos, una galleta, una ampolleta quebrada e incluso un escupo. Mientras que en la oficina de la galería cuelgan dos collages, uno con recortes del rostro de Lady Di y el otro con leyendas de cajetillas de cigarrillos formando una cruz e informando en distintos idiomas: “Smoking kills”.

Fernández dispara todo: su lado perturbador y su faceta lúdica, cierto desparpajo ochentero, el recuerdo de su padre muerto, una mirada sobre el arte, las tensiones culturales que le han tocado vivir, la rabia, la burla, el miedo al dolor y el deseo de redención. Lo que es el encuentro aparentemente azaroso de elementos dispares –o disparatados, más bien– es un intento de orden después del caos. Pero de un orden propio. Esa sensación de ingenio casero que salva la incongruencia de signos genera un espacio todavía escéptico después del grito anárquico frente a un país silenciado por los poderes que manejan su historia y entregado a un estilo de vida “tóxico”, situación que finalmente puede resultar global. Si el arte (chileno) no puede decir más, hacer más, sacudirse de su cubículo entronizado, entonces el desborde rabioso de este punk surrealista y lo absurdo del intento, donde el miedo y el deseo van tan de la mano.

CAROLINA LARA

Diego Fernández, por Carolina Lara | artnexus