Nuestro cuerpo es nuestro altar. Contenedor por excelencia del alma, el cuerpo es el espejo de nuestro yo interior.
Desde el temprano clasicismo griego se establece una clara empatía entre cuerpo y alma, amalgamados en entidad inseparable en la que la carne deviene recinto propicio para el espíritu. Entendido como cosmos personal que centra nuestras relaciones con los otros, el cuerpo se erige en símbolo de todas nuestras acciones, deseos y quimeras.

La producción artística de Cecilia Paredes está guiada por este precepto. El cuerpo –ese tabernáculo magnífico– se desdobla y transforma en alegoría bellísima. Pareciera que Paredes diera un vuelco rotundo a su cuerpo trocando interior con exterior y poniendo –en ese trance crucial– el alma al descubierto.
Fugitive Dreams (Sueños fugitivos) es el título de la muestra personal de esta artista que nos ofrece la galería Diana Lowenstein Fine Art, con sede en el Wynwood District. La exposición comprende una vasta selección de la serie en la que Paredes ha venido trabajando en los últimos años: Skin Deep (Piel profunda), así como una selección de dos proyectos escultóricos y una instalación.
Skin Deep es una elongación lógica del trabajo con el cuerpo que ha cimbrado la producción toda de Cecilia Paredes. Sólo que ahora Paredes deja de metamorfosearse con el reino animal para fundirse con el elemento vegetal, hasta desaparecer en esa suerte de ofrenda que es siempre su pintura. El cuerpo ahora se integra al paisaje. Un paisaje de evocación natural pero creado por el hombre y en el que el elemento ornamental es esencial.
La artista se basa en tejidos naturales –generalmente lino– con impresiones florales de delicado diseño al que más tarde se fusiona ella misma en actitud camaleónica. Uno de los elementos esenciales que anima la figura poética de Cecilia Paredes es el elemento lúdico de carácter sutil que anima su obra.
Asistimos en primera instancia a un rejuego entre cita y apropiación, donde el único elemento de originalidad posible es la naturaleza, sólo presente en el cuadro a partir de la copia. Tal vez, justo por ello, la artista se ofrece en reverencia última dejándose devorar por la creciente vegetación que termina en sus cuadros inundándolo todo. Este ofrecimiento es tal vez la clave para comprender por qué la artista renuncia al pincel, convirtiéndose más bien en sujeto receptor al acoger la pintura como tatuaje sobre la piel.
Su obra no es de fácil clasificación, cohabitando pintura, performance, fotografía y diseño como manifestaciones omnipresentes que entretejen el delicado entramado que constituye la propuesta de esta artista, cargada siempre de alta sensibilidad.
En su deseo de fusionarse con la naturaleza, la artista apoya sus estados anímicos en las estaciones. Así, aparecen obras como Naturaleza urbana, 2009. Otras veces, el gusto por el arabesco traza retruécanos coquetos, como son los casos de Rhythmic Garland (Guirnalda rítmica) o Art Nouveau, ambas de 2009, y, como si fuera corta la travesía, a ratos la artista nos toma de la mano y nos lleva por parajes lejanos, como ocurre con su serie Los cuatro rincones del mundo, también de este año.
Sin embargo, un sólido elemento unificador distingue toda su propuesta. Asistimos a un mundo de interdependencias, donde todo está relacionado en armonía feliz. Cada elemento en la obra de Cecilia Paredes nos recuerda que no somos sino un elemento de ese cosmos general que es la naturaleza y del cual el cuerpo es expresión prístina. De ahí que la disolución de su propia imagen en la naturaleza devenga signo identitario que la reintegra a ese cauce infinito que es la vida. El gusto por el trabajo con el elemento seriado que se repite sugiriendo el ciclo como símbolo recurrente de la existencia, y dentro del elemento seriado la preferencia por simples objetos anodinos (percheros, hojas, huesitos de la suerte, presillas), reafirma esta idea.
En este sentido, Shawl (Chal), 2009, merece especial atención. La artista ha procurado intervenir lo menos posible las crisálidas que conforman tan sui géneris paño, restringiendo su labor a tan sólo abrir una a una las doradas crisálidas –del griego oros, que significa oro–, para cuidadosamente unirlas una a una con puntadas de seda. El chal, insuperable, pareciera bordado en finísimo hilos de oro, cuando en realidad asistimos a una minuciosa obra de reciclaje de un desecho natural. Las implicaciones poéticas son disimiles; sin embargo, una central se impone.
La pupa o crisálida deviene símbolo esencial al resumir la idea de metamorfosis, de identidad en mutación, tan cara a la obra de Cecilia Paredes, al tiempo que destaca los niveles de sensibilidad que animan su propuesta artística. La obra establece además un nivel de empatía impresionante con el resto de la serie Skin Deep, donde la protagonista, inmóvil, recogida sobre sí misma, pareciera en medio de una transformación vital.
Shawl a su vez, en cuanto metáfora más general, nos sugiere el salto de la artista hacia otra serie, la anticipación de nuevos caminos de creación. Y es que es ésta otra constante de la obra de esta artista siempre cambiante, siempre nueva.
JANET BATET
