Durante los meses de octubre y noviembre pudimos presenciar en la Galería El Museo dos exposiciones de gran calidad: Condenados, del artista español Germán Gómez, y Abecedario emocional, de la artista colombiana Catalina Ortiz. La obra del primer artista, quien fue galardonado con el premio Revelación en FotoEspaña 2008, utiliza la fotografía en color como soporte, pero rompiendo –esta palabra debemos asumirla literalmente– “la promesa del recuadro”, por utilizar esta bella expresión de mi colega Pablo Acosta. Es frecuente encontrar fotografías que se circunscriben a los límites del recuadro; esto es una obviedad. Sin embargo, cuando la fotografía rompe tal límite, lo desborda, adquiere otra materialidad, que yo he llamado fotogénesis. La fotogenia hace del sujeto y del objeto fotografiado un lugar especular donde el reflejo genera otros lugares, otras formas, otras identidades.
En el de la obra de Gómez podemos ver cómo la forma se desarticula, se rompe, se fragmenta para recomponerse y cristalizarse de nuevo a través de la costura. Sus condenados son una exploración del cuerpo desnudo, de su cuerpo, que en ocasiones se mezcla promiscuamente con otros cuerpos, como intentando reconfigurar una nueva identidad. Estos retratos nos muestran una manera diferente de abordar la identidad. La identidad se configura a través del estadio del espejo, nos dice el psicoanálisis. En este caso, el espejo se ha roto, se ha fragmentado. El artista intenta recomponer esta imagen, uniendo los fragmentos como si se tratara de un rompecabezas. El resultado es una imagen, donde se pueden ver las rasgaduras, los recortes y cortes como si se tratasen de heridas, que a su vez están unidas minuciosamente por una sutura.

El cuerpo desnudo parece flotar en un profundo vacío como si se tratara del único lugar posible donde pueden estar los condenados después del Juicio Final. Aquí surge un referente importante de la historia del arte: Miguel Ángel y sus Esclavos esculpidos en mármol para el monumento funerario de Julio II, y ese fragmento del fresco de la Capilla Sixtina, El juicio Final, que sin duda inspiraron a Gómez durante su estadía como becario en la Academia de España en Roma. Los cuerpos en la obra del artista renacentista están siempre en una contorción y sufrimiento perennes como producto de la lucha entre la carne efímera y el alma inmortal. Los cuerpos fotogénicos de Germán Gómez, como en Condenado II, están sin lugar a dudas relacionados íntimamente con esos condenados de Miguel Ángel, donde los demonios atrapan esos cuerpos aún corpulentos para descenderlos a los infiernos. Gómez insiste de una manera magistral en que los condenados somos, en efecto, todos los mortales, que seguimos siendo al fin y al cabo carne en esencia.
Este referente se acentúa también formalmente: los que hemos presenciado el fresco de Miguel Ángel podemos comprobar cómo los bordes de las figuras se van uniendo poco a poco, dejando entrever los límites. Gómez va más lejos, haciendo evidente estos límites; estos bordes, estas desgarraduras del papel fotográfico, terminan amalgamándose con la forma, creando una superficie donde el hilo y los cortes producen una nueva imagen.

La obra de Catalina Ortiz tiene la particularidad de exaltar el dibujo y el collage dentro de una perspectiva conceptual. En verdad, es muy reconfortante ver obras de este tipo, con una factura impecable, una técnica depurada y una carga conceptual compleja, que hacen de cada obra un espacio plástico complejo: por ejemplo, en la obra titulada Utopía, donde vemos a un personaje de espaldas que fotografía una imagen fotográfica que se abre frente a él como si fuese un cuadro. La imagen fotográfica hace visible una casa de madera de dos plantas. En una de sus ventanas del segundo piso hay un letrero, como aquellos que se pegan para anunciar la venta del predio, que dice: Utopía.
Sin duda, esta imagen enigmática logra generar en el espectador una serie de interrogantes que, lejos de encontrar un respuesta inmediata, abren una perspectiva para la reflexión. Tal reflexión, por supuesto, se sitúa lejos del entendimiento. El significado de la obra parece encontrar un asidero cuando en la parte inferior vemos la siguiente frase manuscrita: “Todo parece mejor desde la distancia. Porque la gente real, habla, opina y siente”. En efecto, la obra de Ortiz es una insistencia sobre la realidad y sobre lo que las palabras e imágenes construyen en esa realidad.
En estas obras de pequeño formato, la imagen, la palabra y los objetos, tales como hilos, logran crear una atmosfera hiperreal que cuestiona la realidad. En otra obra, Aferrado/Aterrado, encontramos a un personaje que sentado al borde de un precipicio mira hacia abajo con cierta aprensión; en la parte inferior, una vez más, Ortiz escribe: “El miedo es una costumbre y no sólo se aprende (también se enseña)”. La artista dice lo siguiente sobre su proceder: “En un principio voy recolectando imágenes de revistas, anuncios publicitarios, artículos científicos, enciclopedias virtuales y libros de fotografía. Luego, doy pie al surgimiento de una nueva imagen a partir de la interacción de las anteriores, para finalmente concluir el proceso con el renombramiento de la nueva imagen a partir de un concepto emocional (‘Yo’, ‘Transición’, ‘Dominio’, ‘Aterrado’…) que se complementa con una frase que cuestiona su significado convencional. De este modo busco relativizar los cánones del espectador, de tal manera que se abran sus sentidos y se replantee su manera de relacionarse con lo que lo rodea”.
En este volver a nombrar la imagen con otras palabras, la artista insiste en lo que estamos viendo, sin temerle a la e-videncia, y sin intentar desvirtuar la relación entre las palabras y las imágenes, tan antigua como cuando el filósofo y poeta Horacio enunciaba su famosa frase Ut pictura poiesis: la imagen como si fuese un poema, y el poema como si fuese una imagen.
En suma, estas dos exposiciones nos ofrecieron dos perspectivas contemporáneas, recordándonos que lo contemporáneo no está determinado por una técnica, sino por una actitud frente al tiempo y al mundo que nos rodea.
RICARDO ARCOS-PALMA
