Carlos Rivera Villafañe (Ponce, 1966) es uno de los artistas originales –con Aaron Salabarrias, Ada Bobonis, José Jorge Román y, luego, con Allora & Calzadilla, Chemi Rosado Seijo, Ignacio Lang, Arnaldo Morales, Rabindranat Díaz, Ramón Berrios, Javier Cambre, Jesús “BUBU” Negrón, sólo para mencionar algunos– de lo que se conocerá como la importantísima Generación del 90, que verdaderamente internacionaliza el arte contemporáneo puertorriqueño. Pero aparte de ser “fundador” de un movimiento, Rivera Villafañe es uno de los mejores y más respetados artistas de Puerto Rico, ya que desde muy temprano en su carrera –a fines de los ochenta– se convierte en el verdadero cronista visual de la violencia constante de la isla que llamamos “La Isla del Encanto”.

Criado en una familia de veteranos –Corea, Vietnam (los puertorriqueños tienen que pelear en las guerras de Estados Unidos, ya que son ciudadanos estadounidenses), y rodeado de violencias de todas las clases (puntos de drogas, violencia doméstica, constante violencia política de tipo verbal/existencial: Puerto Rico no ha resuelto su estatus político; de hecho, es una colonia en el siglo XXI, y esto tiene a la sociedad puertorriqueña brutalmente dividida; el invente del Estado Libre Asociado de Puerto Rico por parte de Luis Muñoz Marín no es más que una ficción a la Disney y dejó de “funcionar hace décadas)–, desde sus años como estudiante en la Escuela de Artes Plásticas de P/R., el joven artista comienza, a través de su arte, a combinar su realidad existencial, su terrible entorno. ¿Cómo lo hace? Utilizando lo que luego conoceremos como un postmo-pop lleno de dolor, ironía y parodia, que crean un humor negro muy provocador.
Como era de esperarse, este discurso fue primero rechazado por los amantes de las artes visuales y coleccionistas burgueses (hubo una coleccionista cuyo marido la obligo a devolver una de sus mejores obras de los noventa: Cristo aterrizando…), pero luego se dieron cuenta de su talento, originalidad y valentía y reconocieron que Rivera Villafañe creaba extraordinarias “radiografías”/escenarios de lo que se había convertido en la realidad cotidiana de Puerto Rico. El joven artista les había probado que el arte, la creación, el discurso estético y ético son una forma de vida. Y que en aquel momento era abrirles los ojos a los que se comenzaban a mudar a urbanizaciones/barrios “cerrados”/de acceso limitado.
La primera exposición de importancia de Rivera Villafañe fue en 1990, titulada Pintura local, donde presenta una serie de pinturas sumamente dramáticas: retratos de delincuentes y víctimas. Luego viene la exposición que lo convierte en uno de los artistas más importantes de su generación: De cacería, en l992, donde presenta cuadros de la importancia de El punto (un punto de drogas donde hay un “duelo” entre un diablo azul y uno rojo) Descenso de Cristo y La casa en llamas, todos cuadros de museo. Luego vienen sus originalísimas instalaciones, como la que expuso en el Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico, y luego este crítico llevó a la Bienal de Lima una instalación interactiva, donde después de tomarte una foto polaroid te disparabas con un arma real para “matarte”, y la controvertible Bullet and trajectory: 2000 y 2001, donde utiliza una sala para presentar “muñecos” baleados/agujereados por balas, presentada en el Museo de Arte de Puerto Rico en 2001. Rivera Villafañe también hace grabados –xilografías– de gran calidad, como Pecado clásico (1997).
La reciente exposición de Rivera Villafañe, titulada De Ponce a San Juan (que se presentó primero en San Juan y pronto viajará a Ponce) es una interesante muestra de pinturas, medios mixtos, obras tridimensionales y/o instalaciones y fotografías donde el artista combina, con efectividad, la iconografía que ha definido su carrera desde fines de los ochenta. Primero, ésta es una excelente exposición porque Rivera Villafañe ha logrado utilizar los “nuevos” medios, tales como el grafiti y el cutting edge pop, de una manera elocuente y provocadora. En esta exposición parece decirle al público: esto es parte de lo que somos: un pueblo lleno de encantos pero de injusticias y contradicciones, un pueblo rico comparado con América Latina pero a veces pobre de/en espíritu y vacío por el terrible consumismo, un pueblo que parisea/fiestea constantemente pero con muchas ganas de entender su identidad. Y no es que este artista que ha dedicado 21 años de su vida a enseñar arte en escuelas públicas de Puerto Rico no crea en su gente, es que le duele verla muchas veces sufriendo, perdida, totalmente enajenada. Hay tres elementos “nuevos”: la Virgen de Guadalupe; las letras que componen el nombre de Ponce, por las cuales el artista es muy reconocido, uno de los proyectos de Arte Público bajo la administración de la gobernadora Zila Calderon (fue uno de los mas exitosos); unas letras POP gigantescas, que, a la Hollywood, anuncia la entrada a Ponce, la segunda ciudad de Puerto Rico (es fascinante como estas letras le han dado una nueva identidad a Ponce, un nuevo orgullo, una nueva felicidad); y un vejigante (personaje carnavalesco de orígenes españoles y africanos, con facetas oscuras y otras llenas de bondad y generosidad —que se ha inventado, y que aparece fotografiado en los lugares menos imaginables, formando parte de su obra actual—) a la Hichcock.
Un buen artista no recrea la realidad total, un buen artista interpreta la esencia que lo rodea, la recrea, le da nueva vida; de hecho, un buen artista es un inventor de realidades ya existentes, y Carlos Rivera es un excelente artista.
MANUEL ÁLVAREZ LEZAMA
