Exposición Individualmar 2010 - may 2010· Por Manuel Álvarez Lezama

Arnaldo Roche Rabell

Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico

Además de dos extraordinarios pintores de la afamada Generación del 50 que continúan pintando todavía, Domingo García y Francisco Rodón; además de la fenomenal pintura erótica/tridimensional de la cubana-puertorriqueña Zilia Sánchez, además de algunas obras de algunos cuadros de Noemí Ruiz y Myrna Báez, para este crítico de arte, los pintores activos más importantes de Puerto Rico en este momento son –con gran distancia entre ellos y cualquier otro– Arnaldo Roche Rabell y José Morales (que reside en Nueva York). ¿Por qué? Por la originalidad, fuerza, provocación de los imaginarios que traducen a sus lienzos; porque aunque nos pueden recordar distintos momentos y/o artistas de la Historia del Arte clásico, renacentista, moderno y contemporáneo, su obra es única, está llena de posibilidades visuales y posibles lecturas existenciales locales (la cultura/experiencia puertorriqueña) e internacionales.

Exposición Individual: Arnaldo Roche Rabell — imagen 1
Arnaldo Roche Rabell. El sueño de la razón, 2009. Óleo sobre papel enyesado. 406 x 806,4 cm (160 x 317 1/2 pulgadas).

Este fue el caso de Roche Rabell (1955) desde sus primeros dibujos y pinturas importantes a mediados de los ochenta. En aquel momento, el joven estudiante de arquitectura ya estaba más interesado en las magias del cuerpo humano –específicamente, el masculino– y en la creación de sus propias “mitologías”, fascinantes e inteligentes combinaciones sincréticas donde se veía ya una enorme valentía estética y ética (el artista trata de maneras sutiles pero claras temas controvertibles: raciales, sexuales, de clase, religiosos y políticos), y unas innatas ganas/valentía de poder hacer en su pintura lo que no se atrevía en su realidad: la transgresión erótica, donde la piel/el cuerpo/el deseo siempre iban acompañados de una nostalgia y un lirismo muy suyos.

Aunque muchos consideramos este período de la obra de Roche Rabell uno de los más originales e interesantes de su carrera, de pronto la obra de este artista –obra que siempre ha tenido el elemento autobiográfico muy presente– se convierte en un poderoso y enigmático espejo de sí mismo. Y es entonces cuando pinta dos de sus diez cuadros más importantes: Hay que soñar azul (también conocido como Blue eyes) (1986, de la Colección Belk-Zerapion) y Azabache (también de 1986, de la Colección Reyes-Veray).

Y es con estas dos obras maestras que se inicia el recorrido sugerido de la exposición Azul, un tipo de retrospectiva bastante mala y arbitrariamente curada, donde se pretende que entendamos la brillante carrera de Roche Rabell. Y es que el propósito central –y es válido– es exponer al público a su “período azul”; los encuentros y desencuentros de muchos de los temas más importantes de esta envidiable carrera, en donde hemos visto desde sus fenomenales mitologías hasta sus flores y obra orgánica (más decorativas), desde su “abrazo” con Van Gogh hasta su obra “política”, donde trata de captar desde el Puerto Rico de Luis Muñoz Marín hasta el de las más terribles desilusiones de esa paradójica sociedad.

Aunque ver la obra de Roche Rabell es siempre un regalo y un deleite, después de ver la exposición varias veces, Azul aparenta ser sólo una excusa para presentar la obra más reciente del artista, lo que ha estado haciendo mayormente los últimos cuatro años: pintar, en azul sobre blanco (papel o tela) los cuerpos de sus modelos, complejas alegorías, caras (¿monedas?), águilas y otras imágenes, que nos recuerdan, inmediatamente, desde el poemario Azul de Darío, pasando por el Período Azul de Picasso, hasta Yves Kline. No obstante, también inmediatamente sabemos que es Roche Rabell, que es lo que quiere cualquier gran artista.

Y es que Roche Rabell, tan conocido por las profundidades de sus períodos creativos, parece que quiere que sepamos que él también puede hacer lo que ha visto –o le han contado– que se está presentando como cutting-edge art en las distintas bienales y ferias de importancia en el mundo del arte globalizado. Esto no quiere decir que la obra Azul de Roche Rabell no sea de gran excelencia técnica y que su desmesurada imaginación no desempeñe un papel protagónico, sino que hay conocedores del arte latinoamericano que se están cuestionando si estos “caprichos” son verdaderamente necesarios para alguien cuyo lugar en la historia del arte de las Américas ya está asegurado. A algunos les puede recordar –en la búsqueda de notoriedad de los artistas que obtienen la fama temprano en su carrera– a los prisioneros iraquíes de Botero, a los divertidos juegos que exitosamente está haciendo Liliana Porter desde hace unos años; pero está claro que no compiten con la última etapa de Matisse –cuando le era físicamente imposible pintar–, cuando revolucionó el arte más que lo que había hecho durante casi toda su vida.

Muchos de estos cuadros son originales y atractivos y logran lo que todo gran pintor quiere: que su discurso pictórico se convierta en poesía, pero un artista que, como Roche Rabell, ha podido dialogar de tú a tú con Van Gogh en técnica y temática no puede pensar en algunos de los desdoblamientos del yo que presenta en Azul— donde hay, sin lugar a dudas, algunas obras de peso pero que pueden llevar a que los conocedores de su carrera artística y del arte latinoamericano se pregunten solamente “¿Por qué Roche Rabell sólo está pintando en azul?” y no traten de entender que quizás sea otro de los muchos espejos que ha inventado en su carrera para verse y que lo veamos. Aunque me gusta este período de su carrera –no tanto la exposición–, veo esta etapa como una transición: transición al reencuentro con el yo dolorosamente/gozosamente autobiográfico; transición donde se mezclan inteligentemente unos juegos con la contemporaneidad y con el “tienes que adquirir un Roche Rabell de este nuevo período”. Mi contestación: porque el Maestro Roche Rabell logra aceptar/traducir/redefinir las libertades que continúan abriéndose en arte contemporáneo, y como es un virtuoso, este período es y será importante.

MANUEL ÁLVAREZ LEZAMA

Arnaldo Roche Rabell, por Manuel Álvarez Lezama | artnexus