El revelador espacio entre lo perfecto y lo ideal, ése es el terreno transfigurativo que Alejandro Corujeira plantea en sus pinturas abstractas pseudominimalistas. Líneas expansivas y sinuosas juegan sobre un fondo de formas tentativas. Las composiciones, de naturaleza contemplativa, se fusionan con impresiones botánicas y matrices geométricas para convertirse en animados portales que nos invitan a entrar.
El artista le dio a la exposición un espléndido aire con estilo propio, a la vez que hizo referencia a las últimas obras de De Kooning, Agnes Martin y Brice Marden. El famoso homenaje de este último a los poemas Cold Mountain del poeta chino Han Shan resonaba en la caligráfica danza de Corujeira titulada Aire de oriente.

Sobre un fondo amorfo de un gris opalino navegaban cintas de color que se convertían en sendas y demarcaban zonas o franjas. Esparcidas por debajo de la composición como piedras sumergidas en un arroyo o como huellas en la nieve, formas oblongas parecían fijas dentro de un marco de flujo.
Los dos niveles funcionaban en forma independiente uno de otro, lo que acentuaba la tensión ilusoria. Abundaban las asociaciones: topográficas, biológicas, oníricas; las marcas podían interpretarse como mapas topográficos, semillas o vibrantes rompecabezas. La estrategia del artista proponía un deliberado acertijo: un espacio contemplativo en el que no existe un lugar de descanso para el ojo.
Por ejemplo, la serpenteante línea verde parecía descansar sobre la superficie, mientras que las otras estaban empotradas a diversos grados. La interpolación simultánea de formas y pesos, de espacio positivo y negativo, hacía que la imagen en general oscilara un poco a medida que el primer plano y el fondo negociaban constantemente.
Había un efecto de vibrato retardado y apagado, por cuanto las incisivas líneas contrastaban con la franja de formas oscuras y diáfanas que surgían a medias en el espacio profundo. El diálogo subsiguiente que surgía de este código binario depositaba marcas autorreferenciales, a la vez que integraba borrados.
El paso del tiempo era evocado por el débil tinte que servía de base a cada pintura. Esta ligera tintura simulaba la concentración natural de partículas que podríamos encontrar en un lienzo envejecido o una ventana sucia. Complementando la sensación comprimida de tiempo transcurrido, los materiales permanecían suspendidos en un medio espacial, aunque potencialmente fluido y susceptible de transporte.
En Melodías inventadas, manchas imprecisas teñidas flotaban en un sustrato. Diferentes registros de gris las hacían retroceder o las halaban hacia adelante. Desprovistos de anclaje, los círculos simples insinuaban mutabilidad cinética. Sinuosas líneas entrelazadas que bisecaban estas formas conectaban los puntos, por así decirlo. Las líneas parecían amebas animadas o vacilantes aureolas que a la larga atraían nuestra mirada hacia un vacío en el centro del lienzo.
El artista, nacido en Argentina, reside ahora en Madrid y tiene cierta afinidad con el pintor español Luis Gordillo. Este último (que también expuso en Marlborough) es conocido por sus composiciones bifurcadas, celulares y viscosas. Además, el estudio de ilustraciones de plantas llevado a cabo por Corujeira es clave en el desarrollo de sus líneas resueltas, aunque de transición, y las formas subyacentes que crean su propio léxico exclusivo.
El título de la exposición (que incluyó 20 pinturas y nueve dibujos), The Accessible, Dressed in Salts, implicaba un subtexto marino. En este mundo de líneas flexibles, sinuosas, y objetos tentativos, translúcidos, el artista recreó su propia inspiración en imágenes que semejaban la respiración. Parecían elevarse y descender, expandirse y contraerse, en otras palabras, respirar.
Margarita era una imagen festiva, animada. Inquietas y vigorosas, las seis líneas verdaderamente palpitaban con vida; insinuaban movimiento y parecían inflarse y desinflarse como lenta medusa abriéndose paso hacia una superficie indeterminada.
Un conjunto de formas con apariencia de hojas y filas casuales de círculos se bamboleaba en la parte de atrás. Varios óvalos huecos contrarrestaban las sólidas hojas y frondas, a la vez que reflejaban los rasgos ondulantes de las líneas devanadas en madejas. También sugerían cabezas humanas, lo que le agregaba humor espectral y ligereza a la ecuación.
Los dibujos eran más directos. Agrupados bajo el nombre colectivo Suite, un jardín para Agnes, no tenían la exuberante atmósfera de los lienzos, por lo cual las formas eran más definitivas. Desguarnecidas, a veces parecían depósitos de flora fosilizados.
En una perspicaz y fascinante entrevista con Kevin Power para el catálogo de la exposición, Corujeira, en realidad, se refiere a sus imágenes como depósitos originados en el mundo exterior (antes que en el interior). Él está interesado en encontrar formas dormidas y ver cómo se manifiestan cuando se les despierta. Todo lo que “me deleita o me molesta parece almacenarse en la parte profunda detrás de mis ojos, de donde, en algún momento posterior, las imágenes son rescatadas”.
La filósofa Martha Nussbaum escribió acerca de “una racionalidad cuya naturaleza no es intentar aprovechar, poseer, atrapar y controlar, y en cuyos valores la transparencia, la receptividad y el asombro juegan un papel importante”. Las pinturas de Corujeira incorporan esta ventaja de manera satisfactoria.
Determinado y receptivo, él está creando pinturas abstractas que siguen siendo vitales. Pinturas en las que la información es incierta, los límites, esquivos. En las que el impulso está ligado al gesto en una rigurosa compresión.
A primer vistazo, las obras de Corujeira pueden parecer arrulladoras, como si nos invitaran a un anticipado reposo en su aparentemente pasiva atracción. Pero no hay calma en la actividad contenida en cada pieza. Las obras de arte dinámicas son como interminables máquinas en movimiento continuo. Queda advertido: alquimia trabajando.
JEFFREY CYPHERS WRIGHT
