Las esculturas creadas por Alberto Cavalieri asocian su trabajo con el hacer tradicional de la disciplina, con las técnicas referidas al manejo y transformación del metal –fragua, fundición, soldadura–, tareas que, además de garantizar el resultado deseado de los objetos creados por el artista, les agregan el linaje de una experiencia milenaria, de una costumbre ligada a los forjadores del mundo y padres de la humanidad, a los dioses de la Antigüedad.
Crear obras tridimensionales impone una disciplina peculiar, exige voluntad y capacidad de concentración, habilidades necesarias para concebirlas y resolverlas estructuralmente, visión amplia para lograr el equilibrio entre la materialidad y la forma que las configura, al tiempo que le permitan al artista alcanzar el objetivo que tiene todo creador: una respuesta coherente con su noción de la estética. Esta afirmación, confrontada con la diversidad de tendencias presentes en el arte contemporáneo, y la variedad de materiales y técnicas que utilizan los artistas de la actualidad, podría estar referida a la escultura de cualquier otro tiempo. Sin embargo, sigue siendo válida para un sinnúmero de artistas que en este tiempo se ocupan de las formas volumétricas.

Esta breve referencia caracteriza el trabajo de Cavalieri, un joven escultor, un creador del presente que propone al espectador una obra dominante desde lo matérico y sugerente en su formalidad, con la fuerza creativa de los escultores del pasado. Su más reciente exposición, Hierros y epifanías –octubre-noviembre del pasado 2009, en la Galería Freites de Caracas, deja en evidencia esa potencialidad, voluntad creadora que transfigura la idea en objeto artístico.
No es ajeno, entonces, el título de la exposición al conjunto de piezas que nos muestra el artista, una intención que se revela en el diseño, en lo tangible. Sin embargo, más allá del oficio, del auxilio de la tradición, en su propuesta hay algo de la organicidad presente en las realizaciones de Jean Arp, también de los tridimensionales de Max Bill resueltos a manera de planos envolventes, de superficies de doble curvatura; pero, sobre todo, de la potencia actuante en las creaciones de Eduardo Chillida de la década del sesenta, de aquellas vigorosas curvaturas sometidas a la voluntad de un encuentro forzado que afloraba en sus retorcidos tubulares de hierro. No obstante, más que las referencias formales, lo asocia con el hacer de estos creadores un “tema”, una búsqueda que es propia del arte de la modernidad devenida en contemporaneidad, pero de particular interés para los creadores de las formas tridimensionales: la relación entre espacio y materia.
Desde esta perspectiva que proponemos, la obra de Cavalieri atiende a esa trilogía de nociones modeladoras del arte del siglo XX: la forma y su interrelación con el espacio como respuesta a un concepto, y la materia como soporte y recurso expresivo, tres factores esenciales en el discurso plástico a partir de las vanguardias, tres problemáticas vinculadas por la misma intención. Sus piezas en hierro asumen lo orgánico como identidad; a pesar de no ser figurativas, las define un punto de partida que pareciera simple, un nudo, dificultad formal que en la propuesta del artista se hace compleja. Desde esa articulación se configura un conjunto que irradia energía, un carácter que surge de la alianza entre espíritu y materia y de la manera como esa intencionalidad y esa realidad física se combinan, interactúan y armonizan para conformar la obra, en la que el valor espacial asume, igualmente, un rol protagónico en la configuración de los vacíos que la rodean y penetran modelando su tridimensionalidad.
Entre esos componentes se da una relación intensa en la cual cada uno de estos intenta alcanzar la supremacía, un encuentro que es casi un combate, del que surge una objetualidad autónoma, una solución totalizadora que concilia a sus integrantes. El resultado: un conjunto de objetos artísticos articulados por piezas de hierro fundido, precisas y de limpio acabado; los caracteriza su compleja formalidad de elaboradas curvaturas, tensas torceduras y retorcidos nudos, ensamblados hasta dar sentido a la escultura como fenómeno estético.
En la exposición, junto a los “indescifrables” nudos, se revelan al espectador otras piezas anudadas, figuras estáticas que, sin embargo, parecieran animadas por un impulso interior. Por momentos son primitivos reptiles arrastrando su pesado cuerpo con inusitada rapidez; otras parecieran alzarse con la esperanza de subir, de elevarse como gráciles aves, pero es sólo una intención. Sin embargo, este fallido albedrío no afecta su atractivo, orientado por el propósito ascendente que la concibe. En otros casos el diseño prefigura un desplazamiento, una creciente necesidad de espacio, una voluntad de acción que sin llegar a concretarse es percibida como tal por el espectador. La de Alberto Cavalieri es una obra significativa desde el concepto, poderosa pero amigable a la vez, estructurada y equilibrada como construcción escultórica, hermosa y plena de vitalidad como objeto plástico.
FREDDY CARREÑO
