Reconocida por sus obras en cecina que desbordan la realidad, las piezas inspiradas en los diseños de los azulejos portugueses, y, más recientemente, su serie de pinturas de saunas y piscinas, Adriana Varejão sorprendió a los espectadores con una pequeña y fresca exposición individual en la galería Fortes Vilaça, de São Paulo. Un total de cinco enormes platos hondos inspirados en la obra del siglo XIX de Bordal Pinheiro colgaban en las austeras paredes blancas de la galería, semejando una descomunal colección ornamental doméstica. A finales del siglo XIX, Pinheiro tenía una fábrica en Caldas da Rainha, Portugal, que todavía funciona, en la que se producían todos sus diseños de cerámica y gracias a la cual la región se hizo famosa. Retornando a su fuente de inspiración las cerámicas portuguesas, en lugar de ampliar los tradicionales diseños de azulejos blancos y azules, cada uno de estos platos de fibra de vidrio de 1.5 m de diámetro tenía un diseño diferente inspirado en la mitología y hacía alusión al icónico empleo de la ornamentación tridimensional de las cerámicas de Pinheiro. Varejão llenó sus platos de referencias orgánicas, entre las cuales había pequeñas porciones de fruta, moluscos, arena, y lo que parecía ser una enorme yema de huevo. Todos los motivos estaban meticulosamente pintados a mano, al óleo, lo que, en especial en el caso de la fruta, daba como resultado un erótico brillo refulgente. Desde la profundidad de un fondo marino azul pálido de uno de los platos, Drunken Mermaids, se elevaba una selección de suculentas tajadas de higo tridimensionales, inmóviles, rodeadas de imágenes de sirenas, mejillones y conchas pintadas sobre el interior del plato que daba al centro del salón. La parte de atrás de cada plato también estaba personalizada con motivos inspirados en diseños ming, song, catalanes, y de la cultura marajoara brasileña, que, aunque no eran visibles por completo debido a que los platos estaban colgados, hacían que los visitantes intrigados se aproximaran para espiar alrededor del espacio entre el borde y la pared para tratar de descifrar los diseños que estaban debajo. Detrás de las sirenas, sobre una brillante superficie blanca, había follaje y un diseño floral azul pálido.

Sobre otro plato, Water Deity, un profundo y tempestuoso fondo azul marino albergaba peces, una raya, anémonas y estrellas de mar ubicados hacia los bordes, mientras que el centro estaba ocupado por furiosas olas que parecían estar en proceso de sepultar a un chico de ascendencia africana cuyo cuerpo había perdido unos dos tercios de su coloración pigmentaria y cuyos penetrantes ojos miraban fijamente hacia arriba a otra figura que parecía surgir de la cresta de la ola y mirar directo hacia el horizonte. Las jaboticabas tridimensionales que se cernían sobre las olas, algunas exhibiendo su pulpa blanca pero aparentemente sin que estas las afectaran, revertían las imágenes a Brasil, quizás a Yemanyá, la diosa candomblé del mar reverenciada especialmente en Bahía. En la parte de atrás había un diseño primitivo en colores café y beige al estilo de las cerámicas marajoara. Un rocoso paisaje marino en el tercer plato, Birth of Ondine, con incrustaciones de moluscos, mostraba una sirena que sostenía a un niño humano mientras miraba sobre su hombro. Abajo, uno de los moluscos salientes estaba abierto, lo que revelaba un embrión anaranjado dentro de él, mientras que en la parte de atrás un delicado diseño floral de color azul pálido contrastaba con la salvaje iconografía que confrontaba al espectador. En The Imperfect Pearl, la brillante yema de huevo amarilla se robaba la atención del espectador hasta que los ojos se desviaban de la referencia central a la fertilidad para encontrarse con ninfas con los ojos vendados que flotaban alejándose de una enorme forma negra similar a un erizo de mar al que permanecían conectadas por cordones umbilicales. Con Little Castle los temas se apartaban de la sexualidad, la fertilidad, el nacimiento y la destrucción para pasar a una escena cuya tranquilidad desconcertaba: un castillo de arena sobre cuya frágil construcción se balanceaba en forma poética un solitario árbol negro desprovisto de hojas. Los bordes evocaban una mirilla de madera, agrandada, a través de la cual se revelaba la escena, y, en la parte de atrás, una superficie blanca craquelada. En esta serie, un tono de ensueño impregnaba todas las escenas iconográficas, lo que, visto como un conjunto de obras, parecía hacer alusión a una continua reinterpretación de las historias y culturas aplicadas a los agrandados utensilios domésticos, moldeados con sencillez y globalmente reconocidos, que, como cualquier otra pieza de arte o diseño, cuentan historias de su época y sus contextos.
CAMILA BELCHOIR
