Del 28 de octubre de 2009 al 31 enero de 2010 tuvo lugar en Corp. Banca Centro Cultural, Caracas, la exposición La noche, del artista venezolano, nacido en Palma de Mallorca (1948), Adrián Pujol. La muestra, curada por Lorena González, está conformada por 16 piezas gráficas y 35 pinturas producidas entre 1987 y 2009: en este sentido, va conformando sobre más de 20 años una especie de antología de un pintor que, a lo largo de su reconocida carrera como paisajista de una naturaleza tropical y luminosa, ha abordado asimismo lo que él llama “la otra cara del día”, y que es también otra cara de la pintura, colmada de nuevos matices y revelaciones.
El paisaje ha sido, sin duda, un género privilegiado en la pintura venezolana, mediante el cual afirmó su primera modernidad a principios del siglo XX y reveló el genio de Armando Reverón (autor, por cierto, de la primera pintura nocturna en el arte nacional: Procesión de la Virgen en El Valle, 1920). Hoy día, el paisajismo suele ser leído como un baluarte de la tradición, y tal vez el significado de una obra como la de Pujol, y el lugar prominente y singular que ocupa en la plástica venezolana actual, estén precisamente relacionados con su capacidad de hacer perdurar esta tradición mientras la vuelve contemporánea.

La tradición (no sólo en el arte venezolano, sino dentro de la historia del arte occidental) se reafirma en este artista al asumir el paisaje como fragmento elegido entre la naturaleza y, de ahí, al aceptar las convenciones de su representación –encuadre, línea de horizonte, sucesión de planos–, así como al expresar una apropiación del lugar, una relación íntima con el tema, aquello que Lorena González describe como “la comprensión de la pintura desde un gesto dialogante, como un conjunto de intercambios con lo otro, más que como una representación lineal del afuera”. Y la genuina contemporaneidad de su propuesta se revela (además de su despreocupación por aparecer, a ojos de algunos dogmáticos, como un artista “tradicional”) en dejar de lado cualquier dinámica de vanguardia para sumar de modo ecléctico ecos románticos (una cierta exaltación y febrilidad frente a la grandeza natural y a la kantiana terribilità de la noche), una sensibilidad cercana al impresionismo en la captación del carácter cambiante, inestable y subjetivo del motivo, y el reciclaje de técnicas pictóricas expresionistas abstractas, con su gestualidad, chorreado y materismo, a lo que podemos agregar una actitud performancista en el pintar a ciegas en la oscuridad, y hasta un guiño al surrealismo en la parte dejada al azar que tal intuitivo quehacer implica: premisas estas que pueden resumirse como el uso instrumental y adaptación de las posibilidades puestas a disposición del artista en la historia de arte pasado y presente, más allá de cualquier afán de “originalidad”. Pero también es posible que la contemporaneidad de la pintura de Pujol sea transmitida por su total aceptación, no sólo de una expresión sentimental sino de una carga narrativa de sugerentes atmósferas que transforma el paisaje en escenografía de vivencias y pasiones propias u ofrecidas a la imaginación y al universo de referencias (incluso literarias) de quien lo contempla. En este sentido, la pintura de Pujol, sensitiva y sensual, es también una pintura culta.
Para Pujol, la noche abarca también el ocaso y el amanecer, y es así como su paleta se tiñe de blancos, grises y verdosos, se difumina decontruyendo los elementos sólidos hasta el límite de lo reconocible, atrapa un destello de luz o una transparencia que se asoma en la opacidad de las tinieblas. En las vistas urbanas (Caracas, Venecia, Estambul) la lucha cromática entre la oscuridad natural y la luz artificial provoca efectos fantasmagóricos.
Todas las variaciones producidas por el peculiar acercamiento del artista a la “oscura claridad” de la noche, se ven dramatizadas por la atención prestada a las incidencias climáticas sobre el paisaje, plasmadas y hasta vividas, como en Cape Cod Light, Boston, obra que ha sufrido los embates de la tempestad.
Al permitir descubrir otra faceta del arte de Adrián Pujol, esta exposición confirma al mismo tiempo que su lugar está entre los maestros del arte venezolano contemporáneo, pues del conjunto expuesto se desprende que su dominio de medios técnicos está superado por su don para envolvernos en sus atmósferas, hacernos partícipes de su mundo y lograr una y otra vez conmovernos frente a la belleza de la naturaleza y al poder de metamorfosis del arte.
FEDERICA PALOMERO
