Con su nueva exposición titulada Retorno, la artista Silvana Lacarra (Bragado, provincia de Buenos Aires, 1962) reorienta su camino habitualmente abstracto y se sumerge en una delicada atmósfera de evocación y homenaje a su lugar de origen. En esta exposición, la artista desplaza sus reconocidas esculturas de gran formato por lo general de madera calada y revestida en fórmica- para volcarse a un tamaño y una técnica decididamente intimistas. Siempre interesada por la gestación artesanal de sus piezas, Lacarra se concentra ahora en la marquetería, operando sobre finas placas de madera y culminando con el característico acabado en laminado plástico. Para poder realizar esta serie de trabajos, la artista aprendió el oficio y se contactó con una familia de marqueteros argentinos que continúan desarrollando esta antigua tradición.

La muestra se inicia conceptualmente con un sencillo recorrido en video: una imagen que reproduce el viaje que la artista emprende cada vez que visita la casa paterna en el pueblo de Carlos Naón, para ir a dejar flores en la tumba de su madre. Este acto pequeño, personal, se exhibe en el video sin golpes de efecto ni exabruptos emocionales; se trata apenas de compartir un rito privado. El video instala el clima de esa vida rural sesgada por colores, olores y texturas que naturalmente se convierten en la columna vertebral de la exposición. Lacarra desanda el rumbo de sus grandes esculturas de los últimos años para concentrarse en las vetas de los árboles de su infancia, esos que todavía circundan a sus seres queridos. El resultado es deslumbrante: cada pieza lleva consigo una carga de sentido tamizada por interesantes recursos visuales.
Este giro narrativo y figurativo de Lacarra es una agradable sorpresa que augura nuevos derroteros para su obra. La artista asume la figuración con una mente signada por el pensamiento abstracto, por la preeminencia de la forma y el color. Sus árboles son finos juegos de líneas que dibujan un contorno pero luego intentan —como siempre en su trabajo— dar todo el protagonismo al material, a la madera. Las vetas imponen su misterio, cargando de sentido esas formas simples. Organizado en varios conjuntos de obras pequeñísimas, el recorrido ofrece paisajes cercanos a las estampas japonesas; otros más ligados a una impronta gráfica; otros centrados en el dibujo que posa la mirada sobre el galpón o la cocina, espacios clave de ese entramado campestre al que la artista retorna.
A Lacarra siempre le interesó el interior de las cosas, el revés de los materiales. Su trabajo con la fórmica calada fue el resultado de largas investigaciones con las posibilidades de la madera, caladora en mano. En una escala casi microscópica en relación con sus obras anteriores, aquí también se verifica un proceso que va de adentro hacia afuera, un proceso que parte de los matices y las complejidades de un oficio manual para contar una historia. La elección no podía ser más acertada: el recogimiento que impone esta técnica nueva para Lacarra se anuda con el sentido explícito de su viaje de vuelta a casa.
EVA GRINSTEIN
