¿Quién se ocupa de las inversiones culturales y gratificantes, y de los hobbies de las dos generaciones siguientes a los baby boomers quienes recientemente llegaron a la edad de jubilarse? En Nueva York hay un fresco acercamiento a los placeres constructivos de la vida para la Generación X —entre 33 y 40 años—, también para su generación contigua, la Generación Y, en especial, otra manera de relación con la vida a través de las artes. Para ellos —que se comunican, deciden, híper-consumen información digital, formulan nuevas empresas (start-ups), cambian de residencia y profesión, se invitan a eventos a través de sitios como going.com e intercambian un inmenso caudal de fotografías con desconocidos y con amigos—, el otoño neoyorquino concretó nuevas experiencias.
En las dos generaciones mencionadas hay muchos integrantes que tienen altos puestos directivos y también son CFO y CEO bastante antes de cumplir los 40 años. Esto señala una diferencia con generaciones mayores que alcanzaban estas posiciones al final de sus carreras. Cada grupo requiere otras opciones y quiere ejercerlas en su ritmo y estilo. Al interesarse en saber acerca de los creadores de su tiempo, en coleccionar arte coetáneo, en convivir con exposiciones de gente que vive a sus mismas inquietudes y que les provee de experiencias de reflexión sigloveintiunescas, las generaciones del nuevo milenio requieren desarrollo visual, conocimientos y un vocabulario específico. Algunas instituciones vienen llevando a cabo programas dedicados a estos adultos jóvenes. El Museo Guggenheim creó hace años el Consejo de Jóvenes Coleccionistas con una serie de variadas actividades. Un porcentaje de dicha membresía anual se dedica a la adquisición de obra de artistas emergentes.

El Museo Metropolitano inició el programa Spectrum, con características similares y diferentes, con el objetivo de establecer una conexión duradera entre la audiencia más joven y las colecciones y exposiciones del museo. A tal efecto, proveen una programación que incluye video, música, nuevos medios, eventos sociales a través de interacción tecnológica y también en colaboración con otras instituciones. Por otra parte, no lo manejan con membresía anual sino con el pago de entrada por evento —a la mitad del costo de un boleto de teatro—, e incluyendo en esto, el acceso al Metropolitan. La primera actividad de Spectrum consistió en una entrevista a un artista antes de inaugurar en el Met: Pablo Bronstein —argentino radicado en Londres, también de la Generación X—; la llevó a cabo Ian Alteveer, investigador asociado del Departamento de Arte del Siglo XIX, Moderno y Contemporáneo. Un diálogo con certeras preguntas de los asistentes, luego una cerveza e informales conversaciones culminaron con la preinauguración de la exposición, que abría sus puertas tres días después. Los quince grabados Poodle Piranesi de Pablo Bronstein desordenan el brillante orden tradicional, lógico y ortogonal de cada impresión sobre el papel. Estos jóvenes artistas, que como él crean juegos no digitales, mueven el piso a las emblemáticas instituciones, a la par que las visitan con lujosos trazos de arquitectura e inflexiones, de exhibir casi mimetizando, a la par que alterando situaciones históricas, como al esconder deidades precolombinas entre los colosos y los period-rooms. Para el público en general, este ingreso antes de terminado el montaje entreteje experiencias de pertenencia o cercanía a la institución y al autor, o la sensación de tener acceso al Metropolitan un tanto tras bambalinas.

Una faceta diferente, con un acento aún más cosmopolita, lo constituye la primer subasta latinoamericana realizada en Nueva York, por la casa francesa de subastas Philip de Pury. Podría describirse como un símil de juego de billar digital a varias bandas ‘geográficas’. Indudablemente primó una gran incidencia de las telecomunicaciones, dado que la mayoría de las ventas se concretaron vía telefónica, y algunas por internet. El contenido, el catálogo, quienes allí trabajan y la ubicación ofrecían una experiencia Generación X. En esta actividad diurna, nada fue acartonado. Desde el gran ventanal de la sala de subastas que mira al río Hudson y la costa de Jersey (como se le dice en Nueva York al estado vecino), se creó una comunicación de transparencia. Por si esto fuera poco, entre el edificio y el río está el Highline —el nuevo espacio urbano— hacia el cual uno mira y desde el cual uno es mirado.

En esta comunicación del “mirar y ser mirado” que continúa definiendo a Nueva York, se extendió una espaciosa museografía del tipo millennial y hasta un bar siempre funcionando a lo largo de la subasta, que enmarcaron una actividad descontraída, elegante y concreta. Pensando en la Generación X, se amplió el espectro de técnicas y medios creativos, ofreciendo obra en cuatro áreas: “Prints” o ediciones originales numeradas en diferentes técnicas (grabado en metal, madera, serigrafía, litografía, linóleo, placa de acrílico, inkjet) hasta afiches, fotografía, diseño y arte contemporáneo. Monsieur Phillips de Pury viajó a subastar personalmente, y lo hizo con un estilo que aúna el ritmo de la bolsa neoyorquina con la elegancia europea.
Diversas conversaciones con algunos integrantes de Generación X, nos refieren el balance de pasión, inversión y ejercicio de un hobby. Algunas respuestas más racionales y atentas a la inversión, otras, enfatizando la convivencia estética, llenaron a quien suscribe de información acerca de retorno de capital y del placer de pensar frente a la obra de tal o cual artista: “…el dinero invertido en obra de arte está disponible con semiliquidez”.
Desde Nueva York, la ciudad que siempre se reinventa,
GRACIELA KARTOFEL

