Un mural locamente imaginativo apareció en una legendaria esquina neoyorquina como el póster central de un libro de cuentos. La épica pintura está en el sitio en el que Keith Haring hizo su famoso mural en 1982, y, al igual que su predecesor, es un deleite para la mayoría de los transeúntes. La gente a menudo se detiene para reflexionar o para introducirse en la miríada de escenas de este cautivador tapiz de los hermanos gemelos brasileños Otavio y Gustavo Pandolfo, conocidos como Os Gemeos (gemelos, en portugués).
Con 51 pies de ancho y 17 de alto, tiene el tamaño de una pantalla de cine. Yellow Submarine podría ser su abuelo; sin embargo, la comparación con un atractivo libro para niños persiste. Incluso, una grieta divide en dos los paneles de concreto (donados por Goldman Properties, en colaboración con Deitch Projects).

El mural está dedicado al artista de multimedia Dash Snow, fallecido hace poco. Los referentes históricos incluyen la ingeniosa actividad general de Bosch, las distorsiones espaciales de Escher y los perturbadores escenarios de De Chirico y Dalí.
La pieza puede leerse como un día de la vida. Comenzando por la izquierda, una cápsula recortada muestra una figura en una ducha, bañada por una astilla de sol matutino. Fuera del capullo, una colección de anómalos personajes navega por un extraño mundo. En el extremo derecho se halla un caleidoscópico arco iris que evoca un estado onírico trascendente.
Las caricaturescas figuras son parte muñecos, parte marionetas. Una seca simplicidad fomenta una respuesta semiprimaria y nos hace retroceder en el tiempo. Esta mirada retrospectiva nos recuerda nuestra dependencia de otros y de fuerzas que no entendemos. El elenco de enigmática gente implica manos invisibles moviendo hilos detrás del panorama verde y dorado, orquestando sucesos que adquieren simbolismo fatalista.
Tres escenas de tótems insinúan problemas de sostenibilidad. En el cielo, cerca del centro, un tren N se dirige hacia nosotros sobre rieles que parecen cuerdas. Un chico se asoma por la ventana y en su cara amarilla y redonda como una luna se refleja el círculo amarillo fuerte del logotipo de la línea N. Encima del tren, un enorme bufón está sentado a horcajadas sobre el vagón. Un montón de cabezas separadas de los cuerpos cuelgan alrededor de su cintura. Su mano extendida desaparece dentro de la boca de un pez.
Sobre su gorra se posa un diminuto galeón de cuyas bocas de artillería sobresalen cañones. Como espectador, uno transfiere circunstancias personales, con el fin de interpretar el significado. El bufón se convierte en un viajero abonado que se dirige al trabajo. ¿Coleccionar cabezas? En este contexto, la palabra “cazador de cabezas” tiene doble significado, asociaciones primitivas y capitalistas.
Extendidas hacia arriba desde la cubierta del barco, las vigas cruzadas del mástil principal se convierten en brazos extendidos. Esta figura, que lleva puesto un tabardo multicolor, ha cogido un pez que cuelga de su vara. Sobre el mástil, una cabeza hecha con una caja se abre como un reloj de cucú para revelar otra cara dentro de ella. Esta persona situada en el punto más elevado parece una icónica veleta del arte folk. Bien podríamos preguntarle en qué dirección está soplando el viento.
Las referencias náuticas abundan por todas partes, y las posibilidades metafóricas son exponenciales. ¿Estamos profundamente involucrados? ¿Nos estamos convirtiendo en un pez fuera del agua en un holocausto medioambiental? Rebatir una gran metáfora de fatalidad es una metáfora de esperanza más grande, con un tono de superioridad exagerado.
Gran parte del fondo representa una catarata inexorable. Caras flotantes en forma de islas van a la deriva en forma peligrosamente cercana. Encima de un tótem de equilibrio inverosímil, una niña está desvaneciéndose convertida en burbujas. Está recostada sobre una ballena de retazos azules y morados, un tropo de la desordenada artificialidad de nuestra existencia. Un hombre, haciendo un gran esfuerzo, lleva la ballena sobre sus hombros mientras se balancea sobre un adolescente que, a su vez, está siendo llevado por un niño que cruza un puente en dirección al espectador.
Reclinado en la proa de un barco, otro personaje atrae nuestra atención. Una maravillosa odalisca nos traspasa con su mirada fija. Hace parte de la ESTACIÓN, donde los trenes no son lo único que cambia. La estación se desvanece en unos tableros de ajedrez estilo Vasarely, de suntuosas combinaciones de colores. Unos rayos brillantemente matizados se pierden hasta convertirse en un punto. Este psicodélico mandala se percibe como un enorme álter-espacio en el que las figuras emergen y se sumergen.
Un cargador de pantalones crema y azul estarcidos con un gusto exquisito camina metido hasta las rodillas entre el vórtice de colores mientras nos observa desde debajo del reloj de péndulo que lleva a sus espaldas. El sonriente reloj, cuya apariencia se hace más antropomorfa debido a los brazos que brotan de él sosteniendo unas velas, imita la cara del cargador. Este es un agregado final de espiritualidad, súplica y respaldo. Cerca, unas manos en actitud de oración salen de la pared.
En su libro The Mechanical Bride, Folklore of Industrial Man, Marshall McLuhan podría estar describiendo el enfoque de Los Gemelos cuando escribe acerca de una estrategia artística que “ignoraba todas las trampas del tiempo nacionales y locales de comodidad, moda, propiedad y utilidad para aprovechar las formas maestras de la responsabilidad y comunidad humanas”. Esta estrategia “requiere una extensión proporcional de rigurosa visión”.
En esta visión de la imaginación, Los Gemelos sellan nuestro pasaporte, dándonos la bienvenida a su país de realismo mágico.
JEFFREY CYPHERS WRIGHT
