Exposición Individualdic 2009 - feb 2010· Por Victoria Verlichak

Miguel Ángel Ríos

MALBA - Fundación Costantini

Miguel Ángel Ríos (Argentina, 1943) exhibe tres potentes videoinstalaciones que abordan cuestiones de identidad y territorio, poder y violencia, junto a cuatro grandes fotografías y 15 dibujos que revelan el proceso de producción de sus videos. Las obras Neither Color, Nor Height (Ni el color, ni la estatura, 2001), On the Edge (En el filo, 2005) y White Suit (Traje blanco, 2008) están desplegadas en el marco del programa Contemporáneo –dedicado al arte actual, local y regional–, en la sala del subsuelo de acceso gratuito de Malba-Fundación Costantini.

Con el advenimiento de la última dictadura militar en marzo de 1976, Ríos se exilió tras estar detenido en el siniestro centro de represión política denominado Coordinación Federal (en la calle Moreno de la Ciudad de Buenos Aires); de gran reconocimiento internacional, actualmente vive entre México y Nueva York. La curiosidad y los desplazamientos del artista por el continente agudizaron su interés y trabajo sobre juegos y costumbres de Latinoamérica, que inclusive remiten a la energía de Catamarca, su provincia natal al noreste del país.

Exposición Individual: Miguel Ángel Ríos — imagen 1
Miguel Ángel Ríos. Fotograma de traje blanco, 2008. Videoinstalación.

En dos pantallas enfrentadas, Neither Color, Nor Height (Ni el color, ni la estatura, 2001) muestra dos partidos de fútbol en los que el artista alteró digitalmente las imágenes de las filmaciones originales. Ríos intercambió tanto los colores de las camisetas de Maradona y Pelé, los mayores íconos del deporte de sus respectivos países, y el audio de sendos encuentros deportivos. El espectador se descoloca al ver al argentino ganador luciendo los colores brasileños en la semifinal entre Bélgica y Argentina en el Mundial de Fútbol 1986, relatada en portugués. Luego, es bien raro verlo a Pele con la casaca blanca y celeste, en la final de 1970 entre Brasil e Italia contada en porteño puro. El título sugiere que importa más la destreza para el juego que el tono de la piel, la estatura o el color de la camiseta de los jugadores. Las imágenes con las jugadas magistrales proyectadas simultáneamente también pueden ser vistas como un cuestionamiento a los nacionalismos estériles, a las fronteras políticas en tiempos en que los desplazados de sus lugares de origen son millones y miles las trabas para ingresar a los países más desarrollados.

De nuevo, el color es protagonista en On the Edge (En el filo, 2005), el díptico que se desarrolla a partir de la confrontación de un conjunto de trompos blancos y negros, cuyo antecedente es Till Death (A morir) el video presentado en galería Ruth Benzacar en 2005. Actividad humana universal, antiguo espacio de lo sagrado, el juego se pone serio en On the Edge, un combate de trompos que claramente disputan un territorio. Una junto a otra, las dos pantallas sincronizadas parecen arrastrar al espectador al centro de las proyecciones donde los trompos compiten violentamente por el espacio, se atacan, chocan, se caen, son eliminados. La acción transcurre persistente y apresuradamente, en medio del maravilloso concierto producido por el sonido del infernal baile de los trompos, tirados por más de cincuenta expertos muchachos, fuera de escena, del pueblo de Tepoztlán, México. Al final, se advierte la supremacía de los trompos blancos sobre los negros.

El protagonista de White Suit (Traje blanco, 2008) revolea sogas con carne cruda en sus extremos, a modo de boleadoras, al son de una mezcla de flamenco y malambo. El sonido y la violencia son nuevamente protagonistas en esta videoinstalación donde el hombre baila asediado por una jauría de perros que lucen feroces y ciertamente hambrientos. El hombre del traje blanco baila que te baila mientras los perros acechan, paralizados por sus seguros movimientos. La figura de pelo negro y de prendas blancas marca con su cadencia el espacio y mantiene a los animales a raya. Hasta que un perro salta, muerde y se prende de la manga del traje del bailarín -que no es herido, ya que la tela tiene una protección especial-, quien al ritmo de su taconeo zarandea al perro. En un momento, arbitrariamente, sin dejar de bailar el hombre del traje blanco decide tirar la carne y observa cómo los perros se pelean entre ellos por su limosna. Para la filmación del video, rodado en México con varias cámaras y en tiempo real, Ríos tuvo que acudir a entrenadores para cuidar de que nadie saliera gravemente lastimado por los canes, uno de ellos protagonista de la película Amores Perros.

Metáforas de lo que sobra y de lo que falta, los magnéticos videos insisten en temas políticos con consecuencias muy humanas, como la territorialidad y la presunta integración de los países latinoamericanos, que son desde hace años una constante preocupación plasmada por el artista en distintas series y soportes.

Con catálogo bilingüe español–inglés, con ensayos críticos de Guillermo Gasió, Paulo Herkenhoff y María Belén Saez de Ibarra.

VICTORIA VERLICHAK

Miguel Ángel Ríos, por Victoria Verlichak | artnexus