Exposición Individualdic 2009 - feb 2010· Por Susana Benko

Marylee Coll

Galería La Cuadra

Desde mediados de la década de los ochenta, Marylee Coll se ha destacado con sus propuestas artísticas. Su proceso creativo se ha ido depurando gracias a la madurez propia de los años. Su última muestra individual la hizo en Maracaibo, en la Galería Moro, en 2001, y, desde entonces, bastante ha sido el camino recorrido, en el que la artista ha ampliado y experimentado con y desde la pintura, hasta llegar a realizar obras concebidas pictóricamente sin utilizar este medio expresivo.

Exposición Individual: Marylee Coll — imagen 1
Marylee Coll. Intervención en piscina, 2009. Cintas de nylon (para sillas de playa), cintas plásticas, tubos de aluminio y nylon. 12x4 metros. Foto: Marylee Coll.

Hay “un antes y un después” en el trabajo de Marylee Coll. Es un proceso lento, mesurado, que va, como decíamos, de la pintura a lo no pictórico. Esto incluye sus intervenciones en el espacio. Vale la pena hacer un breve recuento de este proceso, pues las resultantes actuales no están deslindadas de este pasado pictórico. En sus inicios, la artista crece como pintora logrando condensar una energía interior dada la resonancia de contrastes de formas y color. En aquellos momentos se trataba de una geometría “informal” hecha sobre una superficie monocroma que tenía asimismo un valor específico. En otros momentos, trabajó contrastes de color entre un fondo monocromo y siluetas de igual característica. Posteriormente, introduce la palabra conformando con ella la imagen pictórica en sí dejando que nuestro pensamiento discursivo resuelva incógnitas o ideas sugerentes. Pintura y concepto van integrados, pretexto de la artista para cuestionar aspectos sobre la realidad y su representación. Con ello, paralelamente, fue vulnerando el formato tradicional de la pintura, pues desde el mismo soporte bidimensional creó volúmenes. Ello se debía, dice la artista, al deseo de querer traspasar la bidimensionalidad sin dejar de ser una obra bidimensional. En otros momentos, integró abstracción y figuración usando calcomanías con motivos figurativos sobre un fondo neutro, abstracto. Con ello, desafiaba –en palabras de Ruth Auerbach– “lo pictórico como un elemento impuro y bizarro”, buscando un repertorio de figuras que recuerdan “las baldosas de cocinas decoradas de otros tiempos, el kitsch de la iconografía doméstica, la remembranza de épocas de bonanza”. Estas indagaciones, que viene realizando desde hace más de 10 años, es importante conocerlas para entender lo que acaba de exponer en la Galería La Cuadra, en Caracas.

En esta muestra, Coll hace “pinturas” sin el recurso técnico de la pintura. Con ello investiga y reinterpreta la tradición geométrica del siglo XX, concibiendo piezas con un estricto sentido de organización de las formas en el que es imprescindible el comportamiento del color. Esto da lugar a imágenes absolutamente brillantes, contrastantes, que de algún modo configuran una nueva relectura de esta tradición. Hay, también, una intención lúdica en cada una de estas piezas, pues producen efectos visuales, casi cinéticos, dada la sinuosidad de la imagen resultante, hecha con cintas adhesivas de colores. El material, por cierto, define el título de la exposición: Plástica. Los formatos, planos y a la vez volumétricos, dan cuenta de la permanente voluntad experimental que ha caracterizado el trabajo de esta artista.

En Plástica, Marylee Coll volvió a sorprender con una obra que desafió la escala: la intervención de la piscina que se encuentra a un costado de la galería. En esta pieza, la artista utilizó cintas que se usan para sillas de playa, creando un “techo” tejido sobre la piscina. De este modo, se produjo una mímesis o un juego de equivalencias entre la obra y el agua a través del color, una dicotomía entre lo natural (el agua) y lo industrial (el plástico), y la idea o concepto de silla de extensión con la creación de una “silla” cuya área era casi equivalente a la piscina. El material extendido en sentido horizontal, el paso de luz por los huecos del tejido, el movimiento del agua y la luz son una reinterpretación del efecto cinético visto en una instalación.

El dominio espacial y de las escalas, considero que es otro de los aspectos más relevantes del proceso creativo de Coll. En 1997 una tira de recortes de tela pintados recorrió la iglesia de Santa Ana, en Ciudad Bolívar; en 2000 intervino todas las paredes de la iglesia de Tácata, estado Miranda, con “bordados a máquina y apliques” que –dice la artista– “salían” de la herida del corazón de Cristo y bañaban las paredes”. Luego están las múltiples intervenciones en fachadas de casas en la Velada de Santa Lucía, evento que se realiza anualmente en Maracaibo, organizado por la artista Clemencia Labin, y por último, la instalación que hizo para la muestra El hilo de Ariadna, cuando elaboró una metáfora de la fachada de vidrio del Museo Alejandro Otero con cintas plásticas de rodapié y una luz de color. Estas experiencias la han fortalecido al punto que hoy puede intervenir espacios urbanos y arquitectónicos, producto de su voluntad de trascender aquellas primeras piezas bidimensionales, logrando obras espaciales que son un desafío tanto por sus dimensiones como por su capacidad de integración a una nueva escala.

Sin duda en Plástica, Coll mostró un nuevo discurso a partir de una reflexión o revalorización de una tradición abstracto-geométrica que ha persistido en el arte venezolano, creando una otra geometría que amplía fronteras técnicas, materiales y espaciales.

SUSANA BENKO

Marylee Coll, por Susana Benko | artnexus