Exposición Individualdic 2009 - feb 2010· Por José Augusto Ribeiro

Leda Catunda

Estación Pinacoteca, Galería Fortes Vilaça

Desde hace dos años la Pinacoteca del Estado de São Paulo desarrolla, dentro del programa de exposiciones de su anexo, Estación Pinacoteca, una serie de retrospectivas con la obra de artistas brasileros cuya actividad se inicia en la década de 1980. El objetivo del ciclo es presentar visiones panorámicas de producciones en curso, tanto para revisar cada una de esas trayectorias desde los orígenes hasta el momento actual —y en la mayoría de los casos en condiciones inéditas—, como para medir de manera amplia los problemas que jalonan el desarrollo del arte contemporáneo en el país, por lo menos en los últimos treinta años. Este programa ya presentó exposiciones monográficas de Paulo Pasta, Iran do Espírito Santo, Beatriz Milhazes, Paulo Monteiro y Daniel Senise, entro otros.

Exposición Individual: Leda Catunda — imagen 1
Leda Catunda. Siameses, 1998. Acrílica sobre tejido. 165 x 180 cm y 167 x 180 cm. (65 x 70 ¾ x 65 ¾ x 70 ¾ pulgadas). Foto: Vicente de Mello.

De agosto a octubre pasado, la institución presentó Leda Catunda 1983-2008, con cerca de 70 obras de la artista, entre pinturas, collages, relieves y acuarelas. Paralelamente, otra muestra reunió tres trabajos de 2009 de Leda Catunda, en la galería Fortes Vilaça. Y las dos exposiciones, en conjunto, evidenciaron el proceso de formación y sedimentación de una poética singular, lograda por Leda Catunda entre avances y retrocesos en una investigación enfocada hacia la expansión de los límites de la pintura. En sentido paradójico, es verdad, al establecer simultáneamente relaciones afectivas y analíticas con el medio, como si quisiera investigar las posibilidades reales de actualidad de una actividad tantas veces calificada como obsoleta, y llevada, acá, a enfrentar la prueba de lo real en medio de un mundo de imágenes y objetos corrientes, disponibles y vulgares.

La formación de Leda Catunda ayuda a explicar, en parte, ese compromiso ambiguo con la pintura. Como alumna del curso de artes plásticas de la Fundación Armando Álvarez Penteado, en São Paulo, Leda Catunda frecuentó varios cursos de historiadores y artistas (Walter Zanini, Nelson Leirner, Regina Silveira, Julio Plaza), quienes, en sus trabajos, tuvieron o tienen interés en discutir la naturaleza de la institución Arte, desde su inscripción en la historia hasta su inserción en el mercado, siempre con un sesgo crítico. Esto, en el comienzo de los años ochenta, cuando el circuito internacional de arte difundía el fenómeno del llamado “regreso a la pintura”, ilustrado por telas de los neoexpresionistas de Estados Unidos, de los “nuevos salvajes” alemanes y de la Transvanguardia italiana, considerados como responsables de “recuperar el gusto y el placer de pintar”. En Brasil también surgió un eslogan correspondiente, el de “Generación 80”, para referirse a los pintores jóvenes dispuestos a “renovar” aspectos del medio pictórico, aunque aquí asistiésemos, desde antes de la década de 1970, a la potencial exteriorización de la pintura, sin precedentes en el país, con las obras de Iberê Camargo y Eduardo Sued, por ejemplo.

En este contexto, pero en contraste con el hedonismo o con el “drama” de los energéticos pintores europeos y norteamericanos, Leda Catunda apostaba, desde sus primeros trabajos, a una postura distanciada de la pintura, colocándola, literalmente, en segundo plano, casi como “fondo”, sea en el uso del pigmento para cubrir parcialmente figuras reproducidas industrialmente en cobertores, toallas y textiles que le servían de soporte, sea para aprovechar el estampado y la textura de esas superficies con la generación de formas arquetípicas de chaquetas, carteras y animales, hechas a pincel. De esa producción inicial, la muestra en la Estación Pinacoteca reúne Vedação em quadrinho, de 1983 y A vitrine (“La vitrina”), Onça pintada I y Onça pintada II (Pantera pintada I y II)  del año siguiente. Con estos tres últimos trabajos se inicia la curadoría de Ivo Mesquita, que, en la disposición espacial de la muestra, quiso destacar una especie de reminiscencia de los “géneros pictóricos tradicionales” en la obra de la artista: una primera sala dedicada a las piezas relacionadas con el retrato, un segundo módulo con pequeños relieves y collages de grandes dimensiones y, finalmente, una tercera sala que agrupa los trabajos con representaciones y sugerencias de paisaje.

De hecho, la producción de Leda Catunda se deleita en las alusiones figurativas, reiteradas incluso en el título de las obras, y con humor. Igualmente, no es casualidad que las piezas recientes de su individual en la Fortes Vilaça, tengan, todas, una alusión a la naturaleza: Paisagem com onça (Paisaje con pantera onza), Duas árvores (Dos árboles) y Rio comprido (Río largo). Por cierto, talvez “temas” y “motivos” preconcebidos constituyan una de las condiciones de su trabajo. Menos para ilustrar ideas y comentarios sobre la pintura, que sencillamente para ejercerla. La tarea es refractaria a los facilismos, y contraria a cualquier atisbo de pureza en las soluciones.

En la postura adoptada por Leda Catunda en el cambio hacia la década de los noventa, entran las costuras, el collage y toda suerte de enmiendas entre las partes heterogéneas de la pintura. La factura es tosca, sucia: ora empapada, embetunada en peluche, ora rala, diluida y rápida, en plásticos y textiles estampados. Pese al artificio que les es constitutivo, las formas inspiran algo orgánico, recuerdan gotas, células, lenguas, tripas y estómagos. Las estructuras sobresalen, blandas y suaves, con volúmenes que se proyectan hacia el campo tridimensional a la búsqueda de un mirar táctil, entrelazadas unas con otras, entre llenos y vacíos, dejando visibles la soltura de las conexiones y la unidad medio inestable, aunque compendiadora.

A las tantas sugerencias de confort —reforzadas por el reconocimiento de los materiales cotidianos en las superficies o por la tendencia figurativa de algunas piezas—, la artista parece contraponer una exhortación hacia actos cognitivos incansables, dislocados y disonantes, tal como es la organización de sus trabajos. A las sensaciones de bienestar correspondería, así, cierta agitación, una vitalidad informe, al fin de cuentas, propia de una pintura que no cabe en el “plano”, abierta al espacio común de la vida, para ser, en vez de “ventana”, una conciencia inmersa en su entorno sobrecargado.

JOSÉ AUGUSTO RIBEIRO

Leda Catunda, por José Augusto Ribeiro | artnexus