En el contexto de las celebraciones por la candidatura de la Ciudad de Córdoba a la Capital Europea de la Cultura, La Fundación Córdoba Ciudad de Cultura ha promovido 16 actividades culturales de diferente registro, organizadas a lo largo de año 2009 por las cuatro instituciones públicas cordobesas que integran la Fundación: Ayuntamiento, Diputación de Córdoba, Junta de Andalucía y Universidad de Córdoba. Con esta programación, aglutinada bajo el epígrafe Córdova en clave 16: El futuro tiene raíces, se pretende situar la oferta cultural cordobesa en el panorama español e internacional, promoviendo aquellos valores que hacen la suerte de seña de identidad y orquestan un patrimonio increíblemente rico y solvente en su propia narrativa cultural e histórica.

Es en este marco propositito y de gestión de la cultura y el arte, que se inauguró la muestra de arte contemporáneo El patio de mi casa, comisariada por el prestigioso crítico y curador cubano Gerardo Mosquera, a partir de una idea original de Carlota Álvarez-Basso, gerente de la Fundación 2016 Córdoba Ciudad Cultural. La muestra, sin ningún género de dudas, escapa a toda pretensión clasificatoria al uso convirtiéndose en un relato de indagación en la intimidad del otro. Indagación promiscua, con cierta cuota de voyeurismo, que sustenta los valores de la complicidad cuando esta se establece sobre los asideros loables del diálogo y el entendimiento mutuo. Más que una exposición en términos tradicionales resulta, por tanto, un homenaje no sólo a las posibilidades de adaptación y de camuflaje del arte contemporáneo y sus disímiles lenguajes, sino a la extraordinaria belleza de un patrimonio cultural portentoso como el que reside y se resguarda a la sombra de los patios cordobeses atravesados por el peso de una memoria histórica que sabe de exclusiones y vasallajes tanto como de reconciliación y diálogo transversal. Cada escenario es, a fuerza de tanta belleza, y a propósito de esa relación deductilidadcon la propuesta estética de cada artista, un ejercicio de exorcismos, de entrega, de conspiración para los sentidos. El resultado último ha sido el concierto de una cópula perfecta, la gimnasia bien orquestada entre verbo y forma, la saturación de un placer que –a ratos– se escamotea y escora en el cinismo de la pose.

En pocas ocasiones he tenido la suerte de disfrutar de modo tan intenso un recorrido curatorial que basa su estructura narrativa en la intervención de la obra de arte contemporáneo es espacios tradicionales o en contexto escogidos para tales propósitos. En este sentido, una de sus más destacadas virtudes, reside en el hecho de abrir la ciudad, proponer un diálogo distinto con sus espacios más íntimos: los patios. Sitios en los que, por otra parte, se corrobora un intensísimo cruce cultural. Ellos son el soporte de una memoria cultural que sabe de voces cruzadas, de gritos de angustias y redención, de momentos de expansión y de placer, de alegoría de libertad. No perder de vista que, tal y como se afirma en la publicación Los patios cordobeses (publicación de Obra Social y Cultural de Caja Sur, 2001) “…Romanos, musulmanes y cristianos identificaron la cultura de los patios como una particular forma de pensar, ver, vivir y sentir la vida. A su modo y estilo, cada una de estas culturas convirtió los patios en puntos cardinales a los que, como brújula precisa, se orientaba toda la vida del hogar. Una philosophia vital que se ha prolongado en el espacio y el tiempo hasta nuestros días, especialmente en los patios de las casas de vecinos, epifenómenos de una época que ya toca a su fin”.

Otra de las grandes virtudes de este proyecto ha sido el modo como se ha establecido el diálogo estrecho de compromiso y de respeto entre artistas y propietarios. De ahí que en su mayoría todas las propuestas lo externalizan, hacen evidente esa relación de manera visceral. Tradición y modernidad, privado y público, social e íntimo, arte culto y cultura popular, son tan solo algunas de las polaridades sobre las que actúa esta propuesta y lo hace de un modo espléndido.
Otro elemento a destacar, a modo de consideración genérica, es el hecho de que a pesar de ser un comisariado por encargo, donde a cada artista se le asignó un espacio y se le pidió una propuesta, todos –sin excepción-, han concebido una intervención en la que se reconoce el perfil de su obra, sus señas de identidad más relevantes. En ninguno de los casos se advierte un abandono de las coordenadas enfáticas de sus poéticas habituales y, otra virtud destacable, existen algunos casos donde incluso la necesidad de articulación y de diálogo con el nuevo escenario ayudó a resarcir, aún más si cabe, indicios de identidad y elementos emblemáticos que hacen reconocible cada poética.

Así, la muestra ocupa una doble esfera de actuación: por una parte ofrece una propuesta dialógica con la creación contemporánea; mientras que por otra parte, se deja al descubierto la belleza espectacular y la generosidad (cruce mayúsculo de luces y sombras donde los haya) de los tradicionales patios cordobeses. Ello hace de esta exhibición una puesta en escena, le otorga el rango de acontecimiento estético, de “situación de lugar”, dado que su lógica expositiva e intervencionista acontece en ese umbral de tensión que se dibuja entre lo privado y lo público. Espacio, por demás, en el que cada familia continúa inmersa en los quehaceres de su cotidiano. Justo esta constricción ha sido una de las premisas del proyecto. Algo que lejos de redundar en un defecto e improcedencia, alcanzó altos índices de seducción estética y de rentabilidad y eficacia en las soluciones. Ello –como afirma el comisario- “no por el desafío de lograr un balance productivo sino porque permitirá pulsar e investigar la relación entre los ámbitos privado y público, entre arte y vida diaria. Podría incluso constituir un motivo de trabajo para algunos artistas participantes. Lo anterior me lleva a pensar en una muestra suave, sutil, que origine una conversación en voz baja entre arte y patio. Prevalecerá un espíritu delicado, tranquilo, refinado tanto en los aspectos formales como conceptuales de la exhibición.”

Tal afirmación se corrobora en el recorrido por esta cartografía enfática en la que cada intervención es un gesto delicado de integración y de diálogo oportuno y eficaz, de síntesis absolutamente correcta y de restitución de las posibilidades de adaptabilidad y pregnancia de la práctica contemporánea del arte.
Una de las piezas más hermosas es la de la chilena Magdalena Atria El espejo de tinta. Se trata de una especie de mosaico de plastilina adosado a las paredes interiores del patio en el que el artista recrea un mundo de efectos cromáticos fascinantes que recuerdan el virtuosismo ilusionista de toda la magia de la cultura Al Andalus, es un vistoso mural de inspiración orgánica que serpentea los accidentes del muro y trepa por todos sus ángulos más rectos. En esta misma línea, de sutilezas y tonos delicados, destaca la obra de la artista cubana Glenda León Jardín Interior quien crea, a modo de escritura feminista, un jardín inesperado con elementos de la ropa interior femenina. La pieza, en su totalidad, es una escritura de sintaxis sofisticada y sutil, un modo de tejer lo real y lo ficticio en un mismo manto de narraciones proclives a la sensibilidad que habita en los intersticios de la subjetividad más culta. La pieza juega con su misma polisemia nominativa para esbozar una noción un tanto más difusa de las relaciones de antagonismo cultural entre lo público y lo íntimo. Cristina Lucas (España) con su excelente obra escultórica perfectamente integrada al espacio y bajo el título Alicia de Córdoba, continúa con su línea de investigación respecto de los conflictivos discursos falocentristas que confinan la identidad femenina y sus retóricas a unos ámbitos muy específicos. Espacios que asfixian a la mujer y le convierten en una víctima ponderada del prejuicio desfavorable. La pieza, sin bien, se distancia del resto en cuanto a escala y modo de solución, es una de las mejores adaptaciones de cuantas aporta esta cartografía de formas y conceptos. Córdoba 2016 Caracoles de Fernando Baena, es uno de las soluciones más ingeniosas de este proyecto, dado que el artistas involucra al propietario del patio (Rafael Barón), haciendo uso de sus habilidades profesionales y de su oficio de artesano, para dorar 2016 caracoles vivos que habitan el patio de este. La puesta en escena advierte de una obra en proceso, siempre en movimiento vertiginoso y antojadizo que escapa a toda previsión siendo, de este modo, una sofisticada y sutil escritura sobre el destino del arte, sus mecanismos de edulcoración y falacias pertinaces.

Una relación potente, casi inquietante, entre el interior y el exterior, la consigue la pieza francamente maravillosa del brasileño Rubens Mano. En ella se propone un dispositivo de pantallas y audífonos en circuito cerrado que problematiza la relación entre el adentro y el afuera en una clara alusión a los mecanismos de vigilancia y control que estimulan los sistemas paranoicos de la cultura contemporánea. La pieza, junto a la obra de Carlos Garaicoa, es de los gestos más sofisticados –en términos conceptuales- de este recorrido. Principios básicos para destruir de Garaicoa es una rigurosa alegoría del comportamiento social contemporáneo en las urbes modernas. Una ciudad construida de azúcar bajo el asedio caníbal de un ejército de hormigas hacen la suerte de robusta metáfora que, con diferentes grados de complejidad lingüística y cultural, relatan el estado esquizoide la cultura del espectáculo y el consumo, los vicios de la seducción y las ansias hiperbólicas por la transformación en un gesto demencial-instrumental que invalida al sujeto de todo opción analítica y reflexiva. No de balde la pieza se haya emplazada en el patio de la Facultad de Filosofía y Letras, lo que potencia más aún su sentido e inaugura múltiples cadenas de derivaciones conceptuales que rebasan el umbral propositito de la obra. En dirección parecida actúa la obra del español Federico Guzmán, la inglesa Mona Hatoum, la joven artista china Kan Xuan y la costarricense Priscilla Monge. La obra de esta última es una intervención mínima pero hermosa en la fuente de un patio que queda teñida de rojo. Un modo de advertir sobre los estados contrapuestos de la vida y la muerte, los flujos como vías de la conservación y la destrucción, los principios reactivos de Eros y Tánatos. En su integridad la pieza señala esos instantes de crueldad que a ratos se cruzan y coquetean con los ámbitos del placer, el amor y la ternura.

Esquemas de interpretación diferentes devienen de las propuestas de la mexicana Mariana Castillo, el libanés Mounira Al Solh y el búlgaro Nedko Solakov con su obra Una Visita. En esta pieza la conversación en torno al patio es el centro de atención del relato estableciéndose una sinergia particular entre pieza y demanda curatorial de la misma. Solo que en esta oportunidad el artista realiza un ejercicio de complacencia y satisfacción del deseo del otro, cumple las expectativas e ilusiones de la persona que cede el espacio del patio para su obra al traer a su actor favorito de quien se declara una fans incondicional. El resultado de este encuentro que resuelve las distancias entre el arte y la vida, es un video que relata el diálogo cruzado entre la propietaria, su ídolo y el patio como escenario y testigo de este encuentro.
Ese, creo, ha sido el acierto mayor de este proyecto: hacer de los patios y del arte una arquitectura de fuertes sentidos, un articulado discursos de alegorías y de viajes, un canto a la belleza allí donde la bestia contemporánea mata lo que aún no ha nacido.
ANDRÉS ISAAC SANTANA

