Exposición Individualdic 2009 - feb 2010· Por Israel Castellanos

Douglas Pérez

Galería Galiano

La primera vez que reparé en la obra visual de Douglas Pérez fue en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, en La Habana Vieja. Era mayo de 1994, y ese artista cubano exponía algunas pinturas en Los dados de medianoche, muestra colectiva paralela a la Quinta Bienal de La Habana. Era tremendo lugar y momento para quien sólo tenía veintidós años y aún estudiaba en el Instituto Superior de Arte (ISA), donde llegaría a ocupar otro espacio: el de profesor.

Recuerdo el emplazamiento de aquellas pinturas. Sus escalas físicas se avenían bastante con la grandilocuencia alegórica, discursiva; con los suplementos verbales de las obras, diría acaso McEvilley. Recuerdo la buena impresión que me causó el dominio de ciertos recursos formales, referidos incluso en algunos títulos de obras; la resignificación histórica y carnavalesca de mitos universalizados; la parodia posmoderna a la retórica, también visual. Pero no recuerdo lo que escribí en aquella ocasión. No publiqué los apuntes sobre la exposición, y acabé por extraviarlos.

Exposición Individual: Douglas Pérez — imagen 1
Douglas Pérez. Aduana, serie Pictopia, 2008, Óleo sobre tela. 143 x 118 cm. (56 1/5 X 46 ½ pulgadas).

Afortunadamente, el archivo gráfico de la muestra me permite refrescar aquellas imágenes. Y confirmar que, ya en el díptico Nacimiento en falso soporte de la República, estaba la serpiente: una de las figuraciones simbólicas más recurrentes en la poética de Douglas. Esa representación atávica, que emergía en aquella pintura como una larga sierpe marina, me hizo evocar, inclusive, una canción de Silvio Rodríguez: Sueños con serpientes...con cierto mar de serpientes sueño yo…

De presencias puntuales en exhibiciones del pintor, ellas pasaron a formar legión en su más reciente muestra. Reverenciadas en algunas civilizaciones, temidas o satanizadas en otras, se reprodujeron por obra y gracia del pincel y el imaginario de Douglas. Él las magnificó. Igualmente las pluralizó, en cuanto a potenciales expresivos.

Doblez, traición, hostilidad, poder, maleficio, veneno, muerte; pero también agua, fuego, hogar, curación, fecundidad y sabiduría, son ideas que se asocian a esos reptiles, en diversos modelos mitopoéticos del mundo. Y aunque no han de ceñirse a esas connotaciones, los ofidios pintados por Douglas sí portan el simbolismo cultural inmanente, en una dimensión de máxima generalidad: la antropológica.

Como en la Génesis bíblica, el artista coloca a la serpiente en relación intrínseca con el ser humano. Pero las implicaciones simbólicas son otras. Douglas la representa, muchas veces, en su morfología animal. Y alude, en ocasiones, a sus impulsos antropófagos. Puede convertir su «boca» en entrada al engranaje de la producción fabril (“esta al fin me engulle”), o transfigurar su cuerpo en autopistas y circunvalaciones por donde transitar a un ritmo maquinizado… (“y mientras por su esófago paseo / voy pensando en qué vendrá”, prosigue la canción del trovador cubano).

El característico movimiento de la serpiente, sinuoso, engendra una intrincada sintaxis pictórica: una estructura de serpentina, sugeridora de entropía. Un espectador que me vio tomar notas sobre algunos de los óleos que informaron la muestra Por amor a las moscas, me comentó: “Esto es el caos, el acabóse”. Estábamos rodeados por una veintena de cuadros con proyecciones apocalípticas. Cuadros asumidos no solo en la acepción de pinturas enmarcadas; sino también de espectáculos vívidos, sintomáticos de estados anómalos.

Y aunque Douglas apeló a la narratividad y al subjetivismo, no hizo propiamente crónicas sociales. Hibridó realidad y ficción, de manera prospectiva y con una soltura de trazos que tomó distancia del verismo documental. Diferentes planos temporales confluyeron en visiones urbanizadas, donde pintura y topos se integraron en un neologismo: Pictopías, para dar nombre y sentidos a una serie.

Utopía no es solamente la quimera, lo irrealizable: es también el no-lugar, el espacio que se globaliza y pierde su identidad primigenia. No obstante, Douglas hizo reconocibles algunos hitos, nodos y sendas de la ciudad donde crea y tiene su techo: La Habana. Arribó a una personal interpretación de lo glocal. Espacio físico y tiempo histórico no desaparecieron: se amalgamaron, acaso, en el cronotopo.

Pictopías no es una serie nueva. Empecé a verla en Cosmos, una exposición colectiva del año 2007. Con mayor amplitud, la aprecié luego en la Décima Bienal de La Habana (2009) y, más recientemente, en la galería Galiano. Es una serie que se renueva, como la piel de la serpiente, sin perder caracterización ni esencias. También se retoma, como la serpiente que emblematiza el carácter cíclico de la historia.

En Pictopías, su autor recicla, hasta cierto punto, casi veinte años de trayectoria artística. El homenaje a la historia del arte y al comic, el sentido cáustico del humor, el trabajo humano, el ingenio como fábrica de azúcar y de ideas, la cuestión de la raza, el campo y la ciudad, la componente lúdicra del arte, la fauna con implicaciones antropológicas… son algunos tópicos y concepciones que Douglas revisita. De tal manera, parece morderse la cola, como la no bastante ponderada serpiente. La del eterno retorno, ya se sabe.

ISRAEL CASTELLANOS LEÓN

Douglas Pérez, por Israel Castellanos | artnexus